Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
Hace un año, no sé si en un despejado sueño o en la bruma de una realidad, Julia Martínez E. me dijo en un momento de charla que 'en el fondo un precipicio es la superficie', pero también me pudo decir, 'en el fondo, un precipicio es la superficie'. Tampoco estaba yo para que me aclarase si concebía la frase con la ','. Ya es cada uno como quiera analizarla. Detrás de la valla hay un precipicio, justo en la parte de Priego de Córdoba que da a las huertas que allí siembran. Y es que una frase de esas tiene su miga y sus asideros, aunque nos hable de un precipicio, que no nos lo define sino que nos lo equipara. ¿Me querría decir Julia que tan precipicio es la superficie que pisamos como el fondo que vemos, o que sólo cuando estamos abajo, en su fondo, ya dentro de él, es como estar en la superficie? Porque el mérito de un precipicio no es mirarlo, ni estar en él, en su fondo, su mérito es que te puedas caer. Pero, tal como me lo describió, ¿podría considerarse a la superficie el mismo mérito, el de poderte caer? Quizás lo dijese a modo de metáfora, pero cuando te dicen eso dentro de una conversación es que la superficie que pisa quien te lo dice es muy movediza. Pero yo no me fio, porque a veces sueño que me caigo y lo cierto es que ni me he movido del suelo. Ha pasado un año y Julia se ha esfumado. Supongo que lleva un buen trecho de superficie andado.
SOLEÁ cantada por Rubito hijo en su disco "De tomillo y romero"
El tiempo pone remedio y a los daños más sentidos que no hay más sabio que el tiempo, su remedio es el olvido.
Dejar de mirarme así que son tus ojos candelas y no respondo de mí.
Yo te miro, tú me miras. Yo te hablo, tú me hablas, este querer no es mentira, pero hubo secas palabras.
Con que me mires me sobra, ya ves con qué limosnita mi corazón se conforma.
Que siendo hermosa, ¡ay!, hondas espinas clavan las rosas.
Entro directamente en Ramiro Fonte y su poema acogedor del libro 'A ROCHA DOS PROSCRITOS':
AS FLORES CIDADÁS
As flores cidadás son compañeiras, Teñen nome de parvas margaridas Que medran nos camiños portuarios, Entre vellos raís, mercadorías,
Asombradas polas xigantes grúas Que estiban con destreza as horas mortas, E así as van desprazando polo ceo Como se fosen deusas mitolóxicas.
As flores cidadás son esa rosa De ninguén, de ningures, sempre libre: Caeu nos parques longos e nas rúas Que nos viron pasar, sendo infelices,
Flotou nas augas mortas dos estanques Como cabelos de afogada noiva, E arde como coitelos de mariños, Pelexando, fatais, por esa rosa.
Tamén son semellantes ás camelias Porque desfollan días dun inverno, E xiran nas esquinas eses días, E son vagos papeis, cosas sen prezo.
Descoñocidas flores cidadás, Que amoucan no sombrizo corredor, Na man secreta dos traidores murchan, E morren de saudade nos xarróns,
Na pátina lustrosa dos pianos Como morre sen ceo algunha estrela, Nas coroas dos mortos paseantes, Pero tamén nos versos dos poetas.
Sobreviven nas páxinas dun libro, Na fiestra dunha casa ruínosa, Pero de daren sombra a algún camiño Prefieren os sendeiros das aforas.
As flores cidadás son verdadeiras, E alíanse connosco doadamente, E son leais incluso cando saben Que nós xa as traizoamos moitas veces,
Que deixamos a vida e renunciamos Ós poderes do mundo, a tanta cousa A cambio dunha rosa de papel, Todo a cambio daquela falsa rosa.
Ahora me toca verterlo al castellano, aunque se entienda bastante bien:
LAS FLORES CIUDADANAS
Las flores ciudadanas son compañeras, Tienen nombre de tontas margaritas Que crecen en los caminos portuarios, Entre viejos raíles, mercancías,
Asombradas por las gigantes grúas Que estiban con destreza las horas muertas, Y así las van desplazando por el cielo Como si fuesen diosas mitológicas.
Las flores ciudadanas son esa rosa De nadie, de ningún lugar, siempre libre: Cayó en los parques largos y en las calles Que nos vieron pasar, siendo infelices,
Flotó en las aguas muertas de los estanques Como cabellos de ahogada novia, Y arde como cuchillos de marinos, peleando, fatales, por esa rosa.
También son semejantes a las camelias Porque deshojan días de un invierno, Y giran en las esquinas de esos días, Y son vagos papeles, cosas sin precio.
Desconocidas flores ciudadanas, Que se sienten apagar en un sombrío corredor, En la mano secreta de los traidores marchitan, Y mueren de soledad en los jarrones,
En la pátina lustrosa de los pianos Como muere sin cielo alguna estrella, En las coronas de los muertos paseantes, Pero también en los versos de los poetas.
Sobreviven en las páginas de un libro, En la ventana de una casa ruinosa, Pero de dar sombra a algún camino Prefieren los senderos de las afueras.
Las flores ciudadanas son verdaderas, Y fácilmete se alían con nosotros, Y son leales, incluso cuando saben Que ya nosotros muchas veces las traicionamos,
Que dejamos la vida y renunciamos A los poderes del mundo, a tanta cosa A cambio de una rosa de papel, Todo a cambio de aquella falsa rosa.
Imagino a esas margaritas de Ramiro Fonte en el Ferrol, cerca de su pueblo natal, Pontedeume. Y, sin irnos de La Coruña, dirigiéndonos hacia Porto do Son, es donde yo presento a mis flores ciudadanas: unas umbelas, unas gramíneas y unos dientes de león. Los dientes de león, esas flores que aceptan tantos deseos como ganas de soplar tenga uno, con su amarillo encendido. La fotografía está tomada en los primeros días de agosto de este año y, el lugar, la carretera que atraviesa el pueblo. Cualquier rincón aprovechan las flores ciudadanas, cualquier rincón para entregársenos. El bordillo amarillo de la foto: prohibido aparcar, pero para las flores nunca hay un prohibido salir. Luego vendrán con máquinas o con herbicidas, pero salir, saldrán. Saldo positivo es siempre la flor espontánea. Hasta se deja pisar y no se da por muy herida. No es esa flor de jardín salpicada de esmero que un pequeño roce podría lastimar.Las flores ciudadanas no entienden de riesgos, entienden de ímpetu y de oportunidad. Y para mí, hombre de campo que vive en la ciudad, las flores ciudadanas me salvan muchos instantes la mirada pura.
José Jiménez Lozano en su hermoso libro de poemas 'Elogios y celebraciones' acude a un mundo necesario como es el del pensamiento de lo cotidiano, por el que muchas veces pasamos y no nos detenemos. Y lo hace a través de unos poemas sencillos pero muy hondos en los que se abre ese frescor del pensamiento tan necesario. El mundo de los pájaros y el de las plantas posee en este poemario una decicación muy especial. Recojo tres muestras:
PÁJARO SOLITARIO
Cinco pájaros en el tejado.
Solitarios.
Luego dos, luego ninguno.
Hoy no hay meditación de pájaro
solitario en el tejado.
Sólo tejado solitario.
LA HUELLA
¡Oh Dios, un nido devastado
Por mano de hombre!
¡Qué huella tan clara
de razón práctica!
DESTRUCCIÓN
Un nido devastado, el mundo
ya no estará completo
nunca.
Y yo recojo aquí dos nidos. Dos nidos que a su vez debieron acoger a las crías de diferentes pájaros. El primer nido es urbano, hecho en un olmo y aún sin terminar. El segundo se encaja en un ciruelo silvestre en el campo y está rematado.
Un nido es la ventaja de un pequeña rama que se coloca amorosamente. Un nido es puro reciclaje, como un ganchillo de elementos superfluos como trapitos, algodones, flores de chopo, donde el fin es esa taza vegetal en el trípode de un árbol. Un nido es un avance chiquito y necesario. Un nido siempre es significante y semioculto. Un nido es lo que brota de un árbol con ganas de reír. Un nido, y el mundo empieza a estar más completo.
Está claro que la primera foto no ofrece ninguna duda: una coliflor. De la segunda, si no estamos acostumbrados a ver el monte, puede que nuestro juicio sea el de simple paisaje de verde amenazador. ¿He dicho verde amenazador? Sí, lo has dicho. Ah, ya sé por qué lo dije. Volvamos a la segunda foto: si se la amplía mejor. El lugar corresponde a dos pequeñas aldeas del concejo de Noia: O Pereiro de Arriba y O Pereiro de Abaixo. Y la vegetación más cercana al pueblo, de tono algo más brillante y en forma de triángulo, no es otra cosa que un pequeño reducto de castaños, allí castiñeiros. El resto de vegetación es eucaliptos. Todo conforma una unidad verde, cierto, pero una unidad amenazante, pues a poco que se haya ido por la provincia de La Coruña verá como el eucalipto ha desplazado a toda la vegetación autóctona, sean robles, sean castaños, sean alcornoques. Sí, alcornoques también había en la sierra de Barbanza y así lo atestiguan escasos ejemplares bellísimos. Remedio para volver al origen, a la vegetación autóctona, escaso o nulo. Razón económica. Cuando hice la foto, desde el paseo marítimo de Noia, hable con una señora de la zona, Teresa Corrales Abeijón. Le comenté mi sentimiento hacia aquellos castaños de enfrente, digamos, mi solidaridad con ese reducto. Ella me habló tendido y corto sobre cuándo vinieron los primeros eucaliptos y y de su rápido crecimiento. Aquello marcó cambio y ahí lo tenemos. Cuando hay incendios, el rápido eucalipto vuelve a tomar posiciones de cabeza inmediatamente. Hermosa bisera la de aquellos dos pueblecitos. Teresa me dijo que aquellos castaños, todos juntos parecían una coliflor. ¡Ya me hubiera gustado ver esa sierra como una coliflor completa si no fuera por el verde amenazador del eucalipto!
Dejo un hermoso tema del grupo argentino Bersuit que espero que nos haga recapacitar sobre todo lo que estamos haciendo a la madre Tierra.Cuidémosnos.
"Hay momentos en que la huida parece la única solución. Marta no se mueve. Sebastian se vuelve y ve venir por la arena a la Condesa Descalza, con el abanico, el baston de ácana y el aire de reina en el exilio. Vivimos en una Isla, chérie, no debes espantarte, después de todo, ¿qué es una Isla?, ¿has leído el diccionario? La Condesa clava el bastón el la arena, se sienta junto a ellos. Como es hábito, tiene cara de burla. Según el Diccionario de la Academia, isla es 'porción de tierra rodeada enteramente de agua', ¡definición concisa, qué tono aséptico, qué precisión lingüística!, no puede ser tan simple, ¿verdad?, para el habitante de las islas se trata de algo profundo y patético. La condesa extiende el abanico sobre la arena y recorre su contorno con el dedo. La frase del diccionario utiliza palabras que nos llenan de pavor: 'porción', quiere decir algo menguado, algo breve, una cantidad arrebatada a otra mayor; 'rodeada', participio de un verbo de connotaciones guerreras, de resonancias carcelarias; 'enteramente', observen cómo la frase adverbial evoca la imposibilidad de escapatoria: el agua, símbolo del origen y la vida, lo es también de la muerte. Hace na pausa para suspirar y acariciar la cabeza de Sebastián. El diluvio ¿no fue castigo de Dios? Ríe brevemente. Hay que vivir en una isla, sí, es preciso despertar cada mañana, ver el mar, el muro del mar, el horizonte como amenaza y lugar de promisión para saber lo que es."
TUYO ES EL REINO, Abilio Estévez, Ed. Tusquets (Colección andanzas)
Sí, estamos en Cuba. Mejor, estuve. Sí, y concretamente la foto pertenece a Soledad Carrizo Morales, trabajadora en el taller de taxidermia de Puerto Esperanza. Puerto Esperanza: cualquiera que haya estado allí se dará cuenta de lo irónico del nombre. Acogía ese lugar no sólo una soledad de las más aplastantes sino la imposibilidad de salirse de la misma. Y allí estaba ese taller cuyo administrador, Gabriel González Pastor, estaba convencido de la hermandad de los pueblos y de la bendición de la revolución. Fue en 2001 cuando allí fotografié a Soledad. Tenía delante una mosquitera, lo que provoca cierta bruma a la foto. Trabajaba con ese material que adjunto a su fotografía: tejido de guano cana sacado de una especie de palma marítima con el que confeccionar sombreros. Una foto de la que ella jamás ha dado cuenta y de la que jamás supo y que, siempre que la miro, me produce tanta tranquilidad como desasosiego. Las mujeres que trabajaban allí estaban alegres, o alegres se me mostraron. Pero yo miraba alrededor y no veía nada, o sí, veía mar, un mar parado y nadie andaba por allí. Era una hora calurosa, la hora de los porches.
¿Qué puede pertenecer a mi rostro, cada año anotando las esquelas de mis hojas, cada año en ese paseo donde el hielo, el aire, la lluvia y el sol fermentan, qué puede pertenecer a mi rostro, el espejo de las manos múltiples que tambien viajaron conmigo, la poda, el arado, los sones de los vasos, qué puede pertenecer a mi rostro, aseado por la savia que se arranca sola, en un milagro de voces y gritos sedimentadas para camuflarme, qué puede pertenecer a mi rostro, tras tantos años encogidos aquí en esto que se circula como danza del tiempo?
"-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad...?La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad...Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años.Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Sólamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza. >>Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor...Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta de sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si se viviera siempre en la eternidad. Eso hacen aquí los viejos."
Luvina, El llano en llamas, JUAN RULFO.
Las manos que aparecen son manos de tierra. Rajadas igual que una tierra reseca y cuarteada. Vi manos, pero nunca unas tan miméticas con la tierra. Estamos en una zona donde la tierra es fértil si hay agua, si no la hay, ni la milpa encaña, aunque como muy bien dice Augusto Arturo García la tierra de aquí es delgada, que con poco agua se moja y puro se encañan los cultivos. El pueblo en el que mi amigo Antonio y yo atravesamos para dar con este hombre y su plática fue Santa Cruz Papalutla. Pueblo de adobe y calles llenas de arena fina. Pueblo de los que Juan Rulfo hubiera sacado el mismo jugo, como lo hizo con los de Jalisco. El nuestro está a unos 30 kilómetros de Oaxaca. Augusto volvía al pueblo con dos o tres mazorcas de rebusca y su machete. 'Siempre puede haber un colorín (serpierte extremadamente venenosa) cerca y ni te enteras. Son serpientes que desparecen rápidamente y que les gusntan mucho las arrieras (hormigas).' Desparecen, una palabra a la que le ha desaparecido la a, pero es la auténtica para Arturo. Dio para una plática remansada el encuentro con Arturo. Nos preguntó que de dónde éramos. De España. '¿Y a cuantos días de avión está éso?', menuda pregunta por lo que uno puede preguntarse a su vez. No sabía ni que existía España, y menos cuánto se podía tardar. Imagino que el se imaginaría destinos larguísimos. ¡Y qué más daba! En un tiempo tan calmo como el suyo el tiempo casi no contaba. '¿Le puedo fotografiar?'Bromeando me contestó, 'Si pudiera irme yo con la foto a su país.' Allá quedaron esas manos retorcidas, allá quedó Arturo el del tiempo sin tiempo, Arturo al que le encantaba la plática, un Arturo alegre, lleno de color.
Yo tuve el corazón capaz de lluvia. Ocurría febrero con sus alas y el tiempo digital nos puso juntas las manos y los ojos y los cuerpos: toda la tierra que el amor excusa.
Igual que el viento en las banderas altas se comportó en nosotros esta música.
Me fui quedando acompañado y cierto, entendido en los bosques de mi jungla, leñador orgulloso de raíces que no debieron nunca estar ocultas. Lo de siempre se puso a ser distinto: el mar entero cupo en una urna, el hielo de los vasos provenía de una lejana nieve, nuestra y única, mis manos migratorias se quedaron a vivir en tu tierra más profunda y en mi boca, de siempre descontenta, dimitían de pronto las preguntas.
Presenciadas por dos cambian las torres, la muerte aplaza sus gestiones últimas y estar vivo se agita y condecora. La muerte debe ser como un espejo donde uno mira y mira sin ver nunca. Ven cerca. Más. Que entre los dos no quepa ninguna muerte ni ninguna duda. Te hablo desde febrero y desde siempre: sabemos del amor por lo que alumbra, por lo que tuerce y acrecienta y rige, por su forma de andar en la penumbra... Y así, sobre semanas perseguidas izamos con esfuerzo nuestra alma.
El poema es del poeta malagueño Manuel Alcántara. Por un encargo de la bienal de Málaga Mayte Martín decide tomar su voz para enviárselos al público. Su voz y su guitarra que nunca ha usado en sus conciertos flamencos. En Madrid, un escaso público, como siempre en sus conciertos, por gran desconocida a pesar de sus buenas credenciales y de su excelente crítica, digo, en Madrid el 10 de junio nos trajo un variado repertorio de sus poemas. Este que ha servido como presentación lo abordó a modo de bolero y lo presentó como un gran poema de amor,'de amor de los de verdad'. Otross los interpretó a modo de tango. En otros se dejaban escapar ciertos resquicios flamencos. Pero Mayte es su voz, para el flamenco, para la canción, para los boleros. Es su voz que modula de forma sobrecogedora. No la compararé con ninguna otra voz, pero quien entra en ella no la abandona. Sus peteneras, la sombra de su vidalita que la acompaña.
Mayte nos trajo a Manuel Alcántará, mas conocido últimamente como columnista que como poeta. Merece acercarse la pena a él. Entrar en 'Manera de silencio' es entrar en su niñez olvidada en la memoria, es entrar en el mundo de Dios al que tanto interpela en un claro sentido de existencia y de reclamo como aguien que nos ha abandonado. Dice en un poema titulado 'Palabra de Dios': 'Dios sigue estando claro, pero arriba.' Y sobre la soledad en un soneto magistral de su libro 'El embarcadero' nos dice: 'Si ella me tiene es porque yo me falto'.
Mayte con su hermoso grupo nos dio poesía, en verso y en voz. Gracias.
Esa mujer mulata es Caridad Hernández. En el año 2001 es cuando la conocí. Fue a través de José, un amigo de Viñales, Cuba. José, el médico del Jeep, o 'yipe', como decía él, de los años 50. Conocer a alguien tan singular como Caridad fue como quebrar las dudas de todas las personas con malas intenciones. Caridad, bondad de gigantes con caricia de mujer sencilla y amable. Caridad es 'La negra china', buena combinación de su padre cubano con una china. De los chinos que llegaron como mano de obra en el siglo XIX a la isla desciende esta mujer que sostiene en la mano una rodaja seca de toronja. Sus abuelos sembraron ya el jardín al que alude esta historia. No es turístico su peculiar jardín. Muchos autobuses pasan de largo y se dirigen a que los turistas vean cómo se elabora el tabaco y luego compren. No aparece en ninguna guía este jardín, a él te llevan los amigos o el azar. Y a mí me llevó José. Caridad tenía colgadas cientos de cajetillas de tabaco encima de las entradas a su casa de adentro del jardín. Cajas que le iban dando quien por allí iba y fumase. Le hacía mucha ilusión coleccionarlas. Fumaba mucho. Empezó fumando siendo pequeña. Su padre le mandaba encender los puros y ya se los llevaba encendidos. Una forma tonta de comenzar a fumar. Pero es su jardín lo más admirable. Ceibas, palmas, framboyanes, caobas, taparos y muchas orquídeas es lo que allí vi. Ella me dijo que 'este jardín está medio loco'. y es la mejor expresión para sentir libre un jardín que no ocupa mas de dos hectáreas. Pero le faltaba un árbol que ella quería: un pino. Viñales tiene bastantes pinos sembrados a los lados de la carretera. La especie de pino que allí crece esta muy bien adaptada al clima tropical. Pues Caridad no conseguía que le prendiera su pino. 'No consigo que me prenda, con la ilusión que me haría para ponerle luces de Navidad'. Para eso quería el pino. Pero su jardín, como verde guerrero, parecía negar al pino. También hablamos de Cuba, del callado decir de su gente. Le dije que al menos sus árboles no se quejaban. 'Porque no hablan', me dijo.