Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
Admito paz. No pregunto 'quién no' por temor a obtener más de una respuesta. Pero yo sí la admito, me adhiero a ella. Paz, por ejemplo, anillada de barro y de golondrinas que vendrán, paz revuelta de insectos preparados para hacer el boca a boca a unas crías, paz de un cielo lleno de sables, sus alas que saldrán a cortar lo único que no sangra: aire.
Mientras leía el periódico el otro día en la casa del pueblo, en plena hora de la siesta, escuché un vibrar menudo justo sobre mi cabeza. La golondrina adulta entró con el pico lleno hacia el nido. Las crías callaron al instante.
Peace piece (Niño Josele, de su disco 'Paz', tributo a Bill Evans)
Amarillo pujante. Morado pleno. No hay detención posible. A la savia le han dado su exclusividad. Las esclusas florales, nuestro miedo al frío ya desperdigado.
Ay, moraítas las flores de la jacarandá. Ay, moraítas las horas del árbol de la soledad.
Se que el tren va lento, aún no ha llegado a Hundual. Puede que este demasiado mecido entre los albatros. Pero continua, traviesa a traviesa.
La escultura que presento tiene un autor: Gerardo Estévez. Lo conocí en el año 2001, en Viñales, Cuba. Pero esta entrada tampoco es sobre dicha escultura, simplemente la coloco como excusa. Esta es la entrada de Gregorio, la de brujones. Dejé dicho que me regaló esa palabra cuando me habló del careo de las piedras. Y el mulo tiene la culpa. De haber tenido un burro no sé si hubiera hecho la misma manifestación. Pero en el caso del mulo, sí. Mientras estaba arando se paró y, orgulloso, acarició con leve palmada al músculo más prominente y atrevido de la pata trasera del animal diciendo: '¡Vaya brujones que tiene, tira como una caballería!' Me quedé con la copla, vamos con la palabreja, como dirían por la zona de Cuenca. Nada dije porque entendí que se refería al músculo del mulo. Heraclio, un amigo, me acompañaba en ese momento y cuando nos fuimos le pregunte por 'brujones'. No la había oído pero medio la pista de 'burujos'. Y ahí ya me cuadraba pues había visto de pequeño esas pellas de lana cuando vareaban los colchones en los corrales: tenían la forma de un pequeño músculo desarrollado. ¿Brujones como distorsión de burujos? No sé, pero sigo. Cuatro años más tarde, en Cuba fui a dar con Gerardo, un negro alto, estilizado y con un elevado desarrollo en la musculatura de los brazos. Yo le ví que estaba trabajando sobre esa escultura en una madera casi inencontrable ya: roble caimán. Te la compro, si aún no está terminada, es igual, me la llevo así, vale. Acordamos el precio y no pude resistirme en manifestarle lo fuerte que estaba, igual que admiro una escultura de Miguel Ángel me gusta admirar un cuerpo bello. Ojo, los de gimnasio no me gustan. Gerardo, ya entrado en conversación me dijo: porque no conoces a mi padre, es mucho más fuerte que yo, tiene unos múculos de hierro, le llaman 'brujones'. Click, conexión instantánea: Gregorio, mulo, padre de Gerardo y palabreja. Ya no decidí indagar más: para mí brujones es una palabra que tiene músculo, que arrea mucho, que me provoca sonrisa, que me trae recuerdos y que es capaz de cruzar el Atlántico a nado.
Esto es todo. Ahora, refrescaros con la aguadora y su perfilada figura vista en sus trescientos sesenta grados. La tengo un inmenso cariño, aunque su base esté sin terminar. Algunas veces la miro y digo por lo bajini: brujones. Entonces me parece que del brazo que tiene la mano en la falda le sale un pequeño bultito.
Peter Matthiessen recorrió la Montaña de Cristal del Tibet para estudiar los hábitos del cordero azul himalayo. Pero lo que realmente deseaba admirar era el más escurridizo, hermoso y raro de los felinos: el leopardo de las nieves. Reflejada en el libro con título homónimo de dicho felino, su expedición naturalista se convertiría en una constante reflexión de la vida, un despojarse de las ventajas y ataduras de la civilización, un convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza. Bien lo diría con esta frase: "Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa".
Reproduzco un tramo de su libro:
La senda sigue descendiendo entre los robles. Trescientos metros más abajo hay un prado de montaña y, aquí, junto al cobertizo de piedra de un pastor, esperamos a Jang-bu. Me siento sobre paja y tibio estiercol contra las piedras soleadas. Aparecen un brillante escarabajo negro y rojo y un fornido saltamontes que se frota las briosas patas. Un grajo se deja caer sobre un cedro junto al río y también sus alas recogen la dura luz plateada del Himalaya. "Donde quiera que vayas, antes o después, aparece algún córvido", señala George Schaller, "y de todos los córvidos el que más me gusta es el cuervo. En Alaska, a 40º bajo cero, no hay señales de vida, ¡si exceptuamos al cuervo!"
Y ahora me toca a mí:
Aunque viva en esta ciudad, en esta capital del asfalto, aunque tenga la posibilidad de un campo al lado, prefiero un campo alado, el campo de al lado te lanza una correa muy visible y te dice, vuelve, que ya has terminado de visitarme, soy escaso, te entretengo, ves en mí tramos con ocasión de sueño, padeces hasta cierta nostalgia, pero tiene razón, tienes que volver a la ciudad, a la categoría de los pisos, de las vallas publicitarias, al excremento del dióxido de carbono, por éso, si tengo ocasión escojo el campo alado, que te lanza una correa invisible, que te fluye, te engloba, te planea, te fascina, te colorea, te sienta, te sientes que a él perteneces, que redundas en su idea, en su concepto, en su ser, ser en el campo alado es ser uno más, no eres exclusivo, es más, respecto a su entorno serías el de menos, porque sabes que todo lo que te rodea, circunda, absorbe, es parido para allí, y tú, al final, con todos tus libros en la cabeza, con toda tu poética, frenarás en un momento toda la tierra que te entra para sentarte cómodamente y pedir una cerveza, un café, o para hacer el amor en una cama, que aquí no, que sólo tendrías el agua, si es que hay, que comer sería sobre lo que conozcas, si es que conoces, que al principio tendrías que arriesgarte, que hacer el amor tendría un sentido animal, todo por tu campo alado, ése que está enfrente, alrededor de la mano que apenas destruye.
Se que por mi casa R.L. Stevenson tiene mucha aceptación. Ya a Sofía le salió el diablo con José, en aquella magnífica entrada suya titulada 'Microscópica'. Ahora me toca a mí dicho escritor y no porque se me aparezca el diablo en la botella sino porque me aparece el veneno en toda su sutileza. Y me aparece por la raíz de una palabra que escuché el otro día en un pueblo manchego donde mantenía una conversación sobre vinos. Hablaba con el dueño de una bodega sobre los avances en la calidad de los vinos conseguidos en los últimos años en la Mancha y del problema de la comercialización. Alfredo, dueño de la bodega, me reconoció lo difícil de abordar una bodega con productos de calidad, superables en muchos casos a los afamados vino de Rioja y Ribera, por citar sólo dos denominaciones de origen. Y me dio su razón: el problema radica en la gente, aquí, de siempre, a la gente, lo único que le gusta es el baladre. Ya apareció la palabra: BALADRE. Yo le pregunté, ¿qué has dicho?, no porque no lo hubiera entendido sino por la repetición de la palabra que me había dicho. Baladre, vino malo. Inmediatamente busqué en diccionario. Baladre: adelfa, sobre todo en el arco mediterráneo de Murcia, Alicante, Castellón, Valencia. Pero volví a insistir con un señor mayor del pueblo, ya fuera de contexto, preguntándole directamente sobre el significado de baladre. No sólo no me confirmó su uso para el vino de batalla sino su utilización para fijar la maldad de las personas. Así, si se refieren a uno como que es más malo que el baladre, ya nos podemos hacer cuenta de lo intenso de su maldad.
Y busqué en el libro de botánica de Sofía, una guía de Incafo donde la información es muy exhaustiva. Y....tachán....encuentro que Teofrasto le atribuye a la adelfa una raíz roja y grande que cuando está seca despide olor de vino, produce una exhalación que posee la energía del vino y administrada con vino haría el carácter más dulce y jovial. Pero sólo lo haría y posiblemente sería un remedio para individuos de carácter desagradable pues la jovialidad prometida más se parecería a la frialdad de la muerte. La culpa: un silencioso veneno, un heterósido carditónico, vamos que traducido nos llevaría a taquicardias, arritmias y a palmarla seguro.
Y por éso aludí al comienzo a Stevenson, al veneno, al diablo. La palabra surgida en una conversación normal me lleva a pensar que existe una dulce mirada, una flor, una atracción conmovedora en la palabra adelfa. Hasta una profesora de Historia tuve llamada así. Adelfa sería el doctor Jekyll. Y baladre más me lleva, por su sonoridad, a pensar en esa poción del doctor derivándolo en mister Hyde. Baladre sería Hyde.
Despues de todo, la adelfas o baladres, son unas plantas muy generosas en nuestros campos, aportan luminosidad y fijan muy bien el terreno, aprovechando hasta la última gota de agua.
Esta entrada es urgente, un breve relato sobre el idioma:
Antonio y yo íbamos corriendo como lo solemos hacer muchos días. Tranquilos, hablando, comentando, viendo. Luego nos acabamos acelerando y la vista y el habla quedan relegados al reposo. Le pregunté sobre la reforma que le están haciendo en casa.
Son tres albañiles rumanos, llevan ya dieciocho años en España. ¿Y se nota que son rumanos en el habla? En absoluto, ni te enteras, hablan perfectamente el castellano y, además, entre ellos, también se hablan en nuestro idioma. Eso es lo que me dijeron, Manolo, y yo insistí, ¿pero no habláis nada en rumano entre vosotros? Sí, me dijeron, cuando discutimos.
No son tan sofisticados aquí los conejos como para llevar un pañuelo al cuello. Tampoco quiero mencionar la sofisticación en el mundo animal. Simplemente los animales mantienen su alerta y su ritmo cuando las condiciones son adversas. Nieva y los conejos despejan su entrada, respetan a las plantitas que rodean el casi interior de su conejera y a buscarse la hierba. Que nosotros a la hierba la llamamos vida. Nosotros sí somos sofisticados y torpes. Aliñamos las calles y las carreteras con sal para poder rugir más. Recuerdo en el pueblo cuandose hacía un camino con las palas en las casas y en las calles para despejar la nieve. Simplemente una cuestión práctica para avanzar. Ahora, mientras escribo esto no puedo obviar la nieve que está cayendo, es estupenda, para otros resultará estúpida. ¡Que se lo pregunten a los árboles y al campo! Siempre la asoció el refranero a los bienes, a los bienes del campo, sobre todo. Ahora tenemos el campo como refugio de la ciudad. Dicen los más sofisticados que el campo se desangra. No, el campo se sofistica y a la vez, donde no acude esta sofisticación, se muere. Pero mi intención era el detalle de la conejera despejada, buena consejera para hacernos pensar lo sofisticados que somos y lo inútiles que nos volvemos.
Esta mañana, después de la pródiga y prodigiosa nevada de ayer, era fría y heladora. El río Manzanares tenía la bruma usual en estas ocasiones de frío extremo en el exterior. Procede de la montaña, pero a su paso por Madrid se calienta por los vertidos múltiples.
Hace días estuve hablando con un hombre de Casarrubios del Monte, José Pasero. Estuve hablando del campo, de lo que se siembra por allí, de la caza. Y de las liebres. Hay muchas en ese término municipal. Yo le hablé de la liebre como animal que soporta muy bien las bajas temperaturas y de la afición que por allí hay de la caza con galgos. Hablamos de su cobijo, de su cama. Y hubo un momento que me dijo José, las liebres son unos animales muy listos, en épocas frías buscan el vaho de la tierra y ahí se instalan para dormir y estar encamadas. Lo decía por el vapor que sueltan las zonas más cálidas de los distintos terrenos. Pero él dijo VAHO. Sé que es una palabra sincera, una palabra más para mi afición oculta a ese lenguaje que forma parte de la erupción de quienes, a base de mucho pisar la tierra, las echan como magma singular en una conversación normal.
Pasada la malagueña, Mayte canta en la letra de Frasquito Yerbagüena,
A esa liebre no tirarle, cazadores de la sierra; a esa liebre no tirarle, porque está haciendo en la tierra madriguera pa ser madre, y es muy sagrao lo que encierra.
Como siempre, mi madrugar no varía. Me asomo a mi ventana tan privilegiada de este Madrid tan desordenado y no sólo aprecio la serenidad de un día que se acabará revolviendo en días posteriores. Es lo que tienen los barómetros. Y veo que lo que continúa fiel es el canto del mirlo pese a los insistentes petardazos de la noche. Ellos se preguntarán a qué ha sido debido tanto desbarajuste. Yo no me pregunto a qué ha sido debido su canto: al amanecer. Y mientras, en los pueblos, los gallos, si aún quedan.
Placas grandes en muchos pueblos de España:'Por Dios y por la Patria...' No hace falta más en este caso; sí, perdón, hace falta pensar que cualquier ideal es síntoma de vivo fuego, que cualquier ideal no tiene forma de iglesia, que cualquier ideal es necesario, que cualquier ideal puede ser triste.
Intentaré dibujarte el zorro plateado que se pasea por el campo y come de mi mano:
Expresaba su cuerpo con luces de miedo, meditaban su ojos un instante sobre los míos, su cola se servía de más aire para hacerse más voluminosa, para alterar más a mis ojos y, sus patas, constantemente, daban anchura a la cautela. Pero al final, acababa parándose ante mí. Un trozo de carne que de un bocado se hacía soluble en su boca. Me mira ese zorro plateado que come de mi mano.
Un día lo vi y una voz de llamada no hubiera hecho sino asustarlo. Giré mi cabeza para verlo de nuevo en su inesperado paso. También él la giró. Lo seguí viendo de esa forma muchos días. Brevemente se paró un día para olfatear el aire mientras me miraba. Conté hasta seis segundos ese momento sin tiempo.
Toda una noche se nevó para el placer de un día blanquísimo. Todo abrasaba quietud. Allí salí con un trozo de carne sobre mi mano. Miré y mi zorro plateado no venía. Una lengua minuciosa y segura lamió mi mano. Una lengua ampliada a mi mano. Era él. Lo tenía exclusivo ante mí, con toda su neutralidad animal. Retomé su camuflado viaje volviendo a mirarme sin tiempo. Apenas lo hizo di a mis ojos unas pupilas de nieve para seguirlo.
Te lo digo, intentaré dibujarte el zorro plateado que se pasea por el campo y come de mi mano.
Ir hacia una ventana es como ir hacia una esclusa de aire, qué mirar sin ser visto, qué mirar y verse, qué querer del aire, qué decir si te ven, qué callar, llamar sabiendo que nadie aún vive...
El mundo que yo no viva lo pensé como cosa extraña, como arca de maravilla. Ay de mi vida
Allí ¿sonará la lluvia junto al fuego las noches frías? ¿Tendrá Agosto en el río barcas? Y tú ¿la gentil sonrisa?
¿Brillará en el papel que siembro la negra flor de la tinta? Ay de mi vida
¿Será posible que vengan los amigos y que "Era" digan "un hombre, y te quiso mucho" y "Mucho" llorando digas?
Es el mundo que no conozco, Atlántida sumergida. Ay de mi vida.
Allí las palmeras echan esmeraldas. Allí las crías del delfín esmeraldas pacen. Allí no hay noche ni día: cuando ordeñan a los rebaños, de púrpura el mar se agría, Ay de mi vida.
Más limpio que agua de oro es el mundo que yo no viva: no hay naves de arar espumas ni arado para las viñas; el gran árbol le da su fruto al que el nombre del fruto diga. Ay de mi vida.
Ese mundo no es el mío: es el tuyo: el que en tus pupilas hundido está desde siempre y no lo alcanza mi vista. A ese mundo quisiera entrar, antes que suene la hora - ay - de mi vida.
No sé qué roza uno cuando ve ese erizo respirando tan puntiagudo. No sé a qué terciopelo ha usurpado su interior. Y el fruto, que ya es nuestro y que así lo percibo. Esa tenue apertura, sin avaricia, acercándonos sus pulmones. El color con que nos alimentaremos. O Tierra, háblame de ti, qué debo darte. Perfílame como tuyo si quieres.
Chegan, veladas chegan as desfiadas e escuras voces ó son da Terra que cuspe a dor e arreda a pena
Fía, amores fía e só namora a quen o quere. No máis fondo crávame as unllas nesta pel.
Fía e desfía, sí e volve a fiar envolve arredor esta voz, esta pel que non soubo voar Fía, amores, fía e sobre a fronte deseña estrelas, sofre a mágoa padece a pena que golpea
O Terra, fálame e di se vou onda ti devolver ou gardar o que non é so meu.
Ventana del castillo de Peñas Negras, Mora (Toledo)
'Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su desgracia, le trujo a la imaginación una de esas estrañas locuras que buenamente imaginarse pueden; y fue que el se imaginó haber llegado a un castillo -que como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas las ventas donde alojaba-, y que la hija del ventero lo era del señor del castillo, la cual, vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a furto de sus`padres, vendría a yacer con él una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver, y propuso en su corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la misma reina de Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.'
'De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba se castillo' El Quijote, 1ª parte, Miguel de Cervantes
Esa maravillosa quietud a la que uno pude acudir desde esta ventana. Ser caballero, ser andante, ser sosiego, ser olivo, ser su fruto, aceite. Ser cada olivo Ella, tenerse admitido por cada árbol, un sueño con el que no acabo. Sólo hurtar al tiempo la escalada a un lugar que venga a ser un castillo.
Cats and dogs are not our friends They just pretend They just pretend It's just emotions we invent Like photographs we put on shelves Cats and dogs are not our friends Scratch their ears they'll wave their tails And if it rains again next weekend It's all because of them Little doggy Come to mummy Cats and dogs are not our friends They just pretend They just pretend It's just emotions we invent So we forget we're by ourselves Little catty Come to daddy Miaou miaou Ouaf ouaf ouaf ouaf You feed your dog You feed your cat You feed your kids You feed your wife You feed your pets Aren't you fed up to feed the world around You feed the world around !
Camille, disco 'HOLE'
¿Son los gatos y los perros nuestros amigos? ¿Acaso siempre están fingiendo? ¿No seremos nosotros que nos inventamos las emociones con los animales? Una foto en una estantería, y se erige la compañía para siempre. Moverán sus rabos, rascarán sus orejas,... ven a mamá. Si nos inventamos emociones, ¿no olvidaremos que somos nosotros mismos? Alimentar a mascotas, alimentar, ¿no estás harto de alimentar?
El gato y el perro que muestro gozaban de libertad, no eran mascotas de nadie, ni fingían. ¿Qué cómo lo sé? Por cómo me ignoraban.
La energía como custodia clara de mi afluencia al suelo como custodia de la alerta llovida.
Vuelvo a las hojas como a ellas las vuelve el viento. De niño eran brazadas constantes las que nos lanzábamos incansablemente. El olor a hoja muerta me brota sólo en las choperas con alma de río. Un olor vivísimo, de genial juego, de pirueta sonámbula. Vieja canción a ritmo de bulería, cuantos recuerdos que no entornan la simple, mi simple pero sustanciosa infancia. Ahora, el liquidámbar de debajo de mi casa es un decir absoluto del color, entre él y yo no hay penumbra, ni si quiera la distancia de un quinto. Sólo el compromiso de verlo cada mañana, alternar su evolución cromática con mi paladar y sonreir ante algo de lo que soy un privilegiado.
Estamos en un lugar de la mancha, un lugar áspero y silencioso, pero no de gran extensión. Es como una pequeña isla entre viñedos y tierras de regadío. Pero ese lugar tiene el ejemplo de las piedras calizas multiplicadas y a flor de suelo. Desde hace años me siento atraído por esa casa de piedra en la que nadie habita y en la que ovejas se aprovechan de vez en cuando. Casa de piedra piedra, de una encima de otra, sin más miramiento. Un lugar sobre el que no han podido los agricultores, sólo las encinas y los tomillos. Junto a esa casa estaba ayer leyendo un libro que aún tengo entre manos como algo crucial: 'Mortal y rosa' de Francisco Umbral. El pasaje/paisaje que estaba leyendo en ese momento es el que hace referencia a la solemnidad de los escritores: '¿Y mi nombre, y mi aura, y lo que he creado en torno de mí? Un nombre de escritor. Todo el que vive confortablemente dentro de su renombre, debe salir al campo, a la naturaleza, y decirlo en voz alta:"Soy escritor, soy importante, soy...". No creo que pueda terminar. Eso no suena nada entre los montes, frente al mar. La gloria no va más allá del término municipal, la perdemos en el campo, de viaje.' Y mientras éso leía miraba a mi alrededor y me sentía mínimo, nada solemne, sin ser para nada un escritor, aunque ese pasaje vale para cualquiera. El campo, la grandeza de lo natural, abarca tanto que te hace presagiar lo que eres: tránsito. Allí dejé escrito esto:
Desafío podría llamarse este lugar. Sólo piedras y encinas paseando, riscos dice un señor que ha venido a ver qué hacía por aquí, al que le he dicho que me gustaba el lugar por su aspereza, porque nadie ha sido capaz de rentabilizarlo quitándole las piedras. ¿Quién se atreve con ellas? ¿Quién se demanda estando ellas? Haces una casa de piedra y es como si la piedra te hubiera envuelto, no es tu hogar. La casa es otra piedra descolocada, cierta. Es una piedra-casa que imaginamos para devolvernos, al cabo, el entusiasmo de su dominio.
Teatro de luz lívida y tiniebla, plata, en la noche lenta, de la luna, entre nubes de plomo prisionera, carruaje de nieve en ruta oscura; lejana levedad de roca blanca, moneda errante de valor incierto, diorama de bruma iluminada, fantasma en soledad del universo, tú, que has visto mi tiempo consumirse, el fluir de su agua temerosa por el cauce del sueño y del insomnio, revélame el secreto, por fin dime qué queda de la vida en la memoria, qué queda en la memoria de nosotros.
FELIPE BENÍTEZ REYES Interrogación a la luna (La misma luna, Visor)
Ante todo, la luna es fértil. Fértil de luz. La luna es gesto constante, ese monte de caras conversando sobre secretos y andanzas. Será la luna lo que uno quiera que sea, una moneda si está llena, un alfanje si vacía. Estrellas prensadas. Ojos enmarcados para mirar toda su lengua. La luna llena: una canasta de tres puntos. La menguante, un tobogán de gatos. La creciente, el sentir como alguien respira. La nueva, saber esperar. Ante todo, la luna es interrogación.
Esto no es un cartel anunciador de las diversas paradas que el autobús de Villarrobledo hace por sus calles, es una flauta.
"Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo,(...),haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso.
Ir con él por la calle, por el campo. Y nos da la medida de nuestro exilio, porque él sí prtenece a los cielos viajeros, a la luz del día, al estallido de la hora, y nosotros ya no. Nosotros nos hemos distanciado con el pensamiento, la reflexión, la impaciencia y el orden. El niño, que no tiene programas, se incorpora inmediatamente al clima, entra a formar parte de la metereología, es natural en la naturaleza, y todo le sonríe, como dijo el poeta que los líquidos sonríen a los niños.
El niño pasa del sueño a la vigilia dentro de una misma palabra, sin ruptura, sin trauma, y va por la casa despertando a lo que siempre estuvo dormido, hasta que el llegó: los picaportes, los cierres de los armarios, el fondo de las vasijas y el revés de los objetos."
Este texto no es mío. Es de Francisco Umbral. Es de su inmenso libro 'Mortal y Rosa', dedicado a su único hijo muerto. Sugiero su lectura íntegra donde la poesía y la prosa se mezclan constantemente, vertiginosamente, con una pausa y un ritmo acogedor.
Pero dije al principio que lo que mostraba la foto era una flauta. Y sí, es lo que vio Miguel,de dos años y medio, cuando lo llevaba agarrado de la mano y pasaba por allí. Eso es lo que vio y que yo no hubiera visto. Ahora, si se fija uno bien en las paradas, una de ellas es la Escuela de Música. A lo mejor Miguel vio esa parada antes que yo y de ahí que le sonara la flauta. A lo mejor: la niñez.
Entro directamente en Ramiro Fonte y su poema acogedor del libro 'A ROCHA DOS PROSCRITOS':
AS FLORES CIDADÁS
As flores cidadás son compañeiras, Teñen nome de parvas margaridas Que medran nos camiños portuarios, Entre vellos raís, mercadorías,
Asombradas polas xigantes grúas Que estiban con destreza as horas mortas, E así as van desprazando polo ceo Como se fosen deusas mitolóxicas.
As flores cidadás son esa rosa De ninguén, de ningures, sempre libre: Caeu nos parques longos e nas rúas Que nos viron pasar, sendo infelices,
Flotou nas augas mortas dos estanques Como cabelos de afogada noiva, E arde como coitelos de mariños, Pelexando, fatais, por esa rosa.
Tamén son semellantes ás camelias Porque desfollan días dun inverno, E xiran nas esquinas eses días, E son vagos papeis, cosas sen prezo.
Descoñocidas flores cidadás, Que amoucan no sombrizo corredor, Na man secreta dos traidores murchan, E morren de saudade nos xarróns,
Na pátina lustrosa dos pianos Como morre sen ceo algunha estrela, Nas coroas dos mortos paseantes, Pero tamén nos versos dos poetas.
Sobreviven nas páxinas dun libro, Na fiestra dunha casa ruínosa, Pero de daren sombra a algún camiño Prefieren os sendeiros das aforas.
As flores cidadás son verdadeiras, E alíanse connosco doadamente, E son leais incluso cando saben Que nós xa as traizoamos moitas veces,
Que deixamos a vida e renunciamos Ós poderes do mundo, a tanta cousa A cambio dunha rosa de papel, Todo a cambio daquela falsa rosa.
Ahora me toca verterlo al castellano, aunque se entienda bastante bien:
LAS FLORES CIUDADANAS
Las flores ciudadanas son compañeras, Tienen nombre de tontas margaritas Que crecen en los caminos portuarios, Entre viejos raíles, mercancías,
Asombradas por las gigantes grúas Que estiban con destreza las horas muertas, Y así las van desplazando por el cielo Como si fuesen diosas mitológicas.
Las flores ciudadanas son esa rosa De nadie, de ningún lugar, siempre libre: Cayó en los parques largos y en las calles Que nos vieron pasar, siendo infelices,
Flotó en las aguas muertas de los estanques Como cabellos de ahogada novia, Y arde como cuchillos de marinos, peleando, fatales, por esa rosa.
También son semejantes a las camelias Porque deshojan días de un invierno, Y giran en las esquinas de esos días, Y son vagos papeles, cosas sin precio.
Desconocidas flores ciudadanas, Que se sienten apagar en un sombrío corredor, En la mano secreta de los traidores marchitan, Y mueren de soledad en los jarrones,
En la pátina lustrosa de los pianos Como muere sin cielo alguna estrella, En las coronas de los muertos paseantes, Pero también en los versos de los poetas.
Sobreviven en las páginas de un libro, En la ventana de una casa ruinosa, Pero de dar sombra a algún camino Prefieren los senderos de las afueras.
Las flores ciudadanas son verdaderas, Y fácilmete se alían con nosotros, Y son leales, incluso cuando saben Que ya nosotros muchas veces las traicionamos,
Que dejamos la vida y renunciamos A los poderes del mundo, a tanta cosa A cambio de una rosa de papel, Todo a cambio de aquella falsa rosa.
Imagino a esas margaritas de Ramiro Fonte en el Ferrol, cerca de su pueblo natal, Pontedeume. Y, sin irnos de La Coruña, dirigiéndonos hacia Porto do Son, es donde yo presento a mis flores ciudadanas: unas umbelas, unas gramíneas y unos dientes de león. Los dientes de león, esas flores que aceptan tantos deseos como ganas de soplar tenga uno, con su amarillo encendido. La fotografía está tomada en los primeros días de agosto de este año y, el lugar, la carretera que atraviesa el pueblo. Cualquier rincón aprovechan las flores ciudadanas, cualquier rincón para entregársenos. El bordillo amarillo de la foto: prohibido aparcar, pero para las flores nunca hay un prohibido salir. Luego vendrán con máquinas o con herbicidas, pero salir, saldrán. Saldo positivo es siempre la flor espontánea. Hasta se deja pisar y no se da por muy herida. No es esa flor de jardín salpicada de esmero que un pequeño roce podría lastimar.Las flores ciudadanas no entienden de riesgos, entienden de ímpetu y de oportunidad. Y para mí, hombre de campo que vive en la ciudad, las flores ciudadanas me salvan muchos instantes la mirada pura.