Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
"Hago del silencio una cadencia sin rigor. Puedo sentirlo y apremiarme a hablar, a sonreír, a excitar la palabra. Quizás, por no sacudirme, me revelo en el silencio como un intento de fuga.
Así, alargado sobre la vía, me quedo. Así, silencioso. Sabía que me despedía de la ejecución de un sueño. El desconcierto de la ida, el posible retorno, la nada, la eternidad, el todo, la obsesión, el silencio, la cadencia.
La niebla, su fascinación para silenciar. Y yo en claro desmonte dispuesto a repoblarme. Un irse, mientras yo, anclado a la tierra, comienzo a desvelar las palabras que, de momento, acumulo en un saco."
El mar presume de hondura y el tiempo de su saber el mar presume de hondura el viento, de su poder la tierra de su estatura y el hombre, no sé de qué
Prepárate para morir me dice la voz del tiempo y es el martirio más lento que se puede recibir ¿por qué no existe el remedio?
Hervían las calles de Arenales. Los que entraban desde Fauces, por un costado del pueblo; por el otro, los que venían en barco desde el otro lado de la bahía. De Hundual, el resto. Herramientas y comida era la usual compra. Y las tabernas, para poder hacer el viaje de regreso que algunos retardaban por haberse anclado en exceso en las maderas somnolientas de los relatos de la noche. En cada mesa de cada taberna siempre había una historia, te sentabas un rato y siempre alguien acababa a tu lado diciéndote: 'Hermanos, dejé en Fauces, siete hijos doblando su suerte'. Y claro, dicho así, tú no puedes callar. Y eso es lo que nos dijo un señor que se sentó a nuestro lado mientras tomábamos una cerveza. Vine a comprar este saco de sogas/¿Y para qué las quiere Usted?/Para tener bien amarrada la suerte. Ya tenía unas cuantas copas el señor. Aun así, dimos plática durante dos horas. Bien nos dijo: 'El alcohol da humanidad y le da al día un perfume de noche fiera.'
Sabíamos que el tren continuaba a lo largo de toda la costa hacia Hundual, pueblo de pescadores. Cuando tomábamos el tren hacia allí, en sentido contrario partía otro hacia Fauces. Nuestro tren era resplandeciente, bajo el de Fauces gobernaba la sombra. Coincidimos en la mañana con Arcadio, justo antes de montar. Estuve allí toda la noche, ¿dormieron Ustedes?/ Sí, en una pensión cercana a la taberna./Les deseo buen viaje a Hundual, pueblo de redes, yo me voy con las maromas. Arcadio era pocero en Fauces, nos contó que el agua solo salía si la buscabas, que era pocero de profundidad porque no había otra, que el agua se sumía constantemente. 'No dejen de ver la Isla de los Albatros', nos dijo.
El tren arrancó hacia Hundual y ya el mar estaba lleno de siluetas aladas. Todo el mundo iba pegado a las ventanas. Ella, enfundada a mi oído me dijo:
Le Poète est semblable au prince des nuées Qui hante la tempête et se rit de l'archer; Exilé sur le sol au milieu des huées, Ses ailes de géant l'empêchent de marcher.
Yo, acordándome de Arcadio, le devolví:
Car j'éprouve une joie immense quand je tombe Dans le gosier d'un homme usé par ses travaux, Et sa chaude poitrine est une douce tombe Où je me plais bien mieux que dans mes froids caveaux.
El tren ya era mar. Nosotros sueños dentro de un poeta en el aire y Arcadio sueño del vino.
Antes de tomar el tren que nos llevaría Arenales tomamos unos cafés en la cantina. Buenos días, ¿qué va a ser?/Dos cafés/¿No son de aquí? Claro que no éramos, claro que se veía, claro que lo sabía. Siempre pensé que los taberneros de estaciones son el gesto del tiempo, nada mejor que verlos la cara para pensar 'aquí se resume este jodido pueblo' o 'aquí merece la pena retenerse' o '¿qué hacemos aquí?' Y nuestros cafés fueron servidos en vasos metálicos y vaciados con una pregunta: ¿van Ustedes a Arenales?/Sí/Tendrán muchas paradas, hoy hay movimiento. Al tren parecía no subir nada más que trabajadores de mina. Morrales atestados y una pala. Pero Arenales era como un oasís excesivo, monumental. Era el centro de comercio de toda la región, separado a cien millas de Fauces. Ningún pueblo intermedio, todo desierto. El tren arrancó con el mismo agotamiento con que llegó, con el mismo humo y con la misma forma de respirar. A unas diez millas hizo su primera parada. Confirmación: ninguna estación demandaba la parada. ¿Entonces? Un grupo de trabajadores se bajaba e iba desenredando la arena acumulada sobre la vía durante la noche de viento. Hicimos trenta y cinco paradas. Todas de arena. Observamos una cosa rara: nadie miraba por las ventanas. El paisaje era ondulado con mucha mata reseca y lo más perseverante: sombras como de águila, multitud de sombras durante todo el camino. Rodeando, bordeando la silueta del tren. Al vernos nos dijeron: dan mal augurio, no vive nadie por éso./Si lograsen ver el techo lo verían lleno de zopilotes reposados. Llegamos a Arenales y una gran manta negra partió desde lo alto del tren hacia Fauces por el cielo. Todo el mundo miraba al suelo.
Mientras oscurecía el tren seguía su pista perfectamente calibrada. Viajábamos en un tren de esos de traqueteo permeable, de los de humo abundante, de los de tiempo almacenado. Dijimos a modo de broma: viajaremos en un tren donde podamos contar las traviesas si nos aburrimos. Podíamos contarlas desde las ventanas laterales o desde el balcón trasero. Pero no hubo necesidad, como de dormir, que sólo a ojo abatido por el cansancio decidíamos recostarnos el uno junto al otro. Treinta y dos horas llevábamos desde nuestra salida en Ocal. El gesto del paisaje, más allá de parecernos anodino nos resultaba tan silencioso como efervescente: las hostiles estridencias de los descomunales cáctus predominaban. El interior del tren era como una aspersión de personajes, animales, cajas, sed y sueños. ¡Claro que éramos unos gringos para ellos! Pero nos veían tan descalzos que para nada ocultaban el riesgo de vaciarse. ¿Y adónde va Usted?/Sólo trato de llegar y nadita lo pise ire al arroyo a afeitarme estos caños que llevo de dos días. Pediré labor. Llevaba las uñas abatidas. ¿Y Ustedes, adónde van?/Sólo seguimos a este tren. Nos miraba las manos también, las teníamos agarradas. Ustedes trenzan felicidad, dijo./(Una leve sonrisa le apuntamos.) En Fauces se bajaría ese hombre, y nosotros. El río amplio se reinventaba todo el día allí, las nuevas empresas demandaban cada día más y más trabajadores. Todo se renovaba con velocidad exclusiva, excepto el tren, que seguía a carbón.