lunes, 19 de octubre de 2009

Estimar




Intento hoy
servirme
la justa porción de cal.
La misma de tierra, otra equivalente en sombra.
Apropiadas mezclas para decir
con silencio y
callar con voz la estimada vida,
los amables recuerdos.
Colocar frente al sol
a uno de Ellos
y distinguirlo, por un momento,
de la ventaja del tiempo.


viernes, 16 de octubre de 2009

Hasta los verbos sufren el cambio climático

Hace unos días Filomena me hablaba en el pueblo: el otro día refrescó bastante.
Ya, le dije, pero todavía no ha escarchado. Ya sabes lo endebles que son los tomates, en cuanto huelen el frío se echan a perder.
Sí, dijo Filomena, se amuelan enseguida.
(Afortunadamente, mis tomates a secano han sido muy generosos. Aún recojo.)


Hoy en Madrid, un abuelo a su nieta e hija antes de entrar en el colegio: parece que estáis arrecidas de frío.
Sí, papá, es que estos cambios de temperatura no son buenos.


Arrecirse, amolarse, dos verbos de otoño e invierno. Dos estaciones que lo que menos proporcionan es frío. Hasta los verbos sufren el cambio climático.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Silencio nuestro por voz de ellas





Ante la naturaleza no advierto desengaño.
Considero que lo que crece donde los humanos es la raíz usurpada.
Siempre usurpamos raíces.
En la ciudad ocurriría lo mismo. De una forma más lenta, quizás.
Lenta es la sabina, su proceder a largo plazo.
En una más que posible edificación de pastores las tenemos.
Silencio nuestro por voz de ellas.
Así es la naturaleza, sin alharacas.




Robo este tema a Sofía para ejercer mi derecho, no al desengaño, que bastante lo estoy, sino a la pasión por las cosas que emergen.

lunes, 12 de octubre de 2009

Raíz callada



Cuando florecen las encinas

Cuando florecen las encinas, decía, hay que temblar. Se anuda la delicia en la garganta. Pasa como cuando llora un hombre fuerte y maduro, cuando viene un estremecimiento a colmar una plenitud. Hay en ello algo humano, "sazón de todo". Igual con las encinas. Con las jóvenes y las viejas, que todas florecen. La hoja del chaparro es áspera, crujiente, graciosamente rizada en el contorno, verde el oscuro haz y gris el envés. El tronco áspero y duro se diría insensible. Se diría insensible el árbol entero, apenas conmovido por lluvia o viento, sol o hielo, un contemplativo, con mucho cilicio y poco halago. Y de pronto hay un estremecimiento y el árbol comienza a vestirse, y toda aquella dureza, aquella ascesis, se expresa en purísimo temblor, en goterones de ternura que la llenan toda, que la ponen como llovida de belleza, enmelada, soñadora, sauce sin río en el monte, con toda la fuerza de la encina y toda la melancolía del sauce.
Las encinas no se conocen a sí mismas cuando llega el florecimiento. Están tan enamoradas que casi componen una figura patética en el paisaje, y teme uno que ni los pájaros ni los viandantes las tomen en serio y les suceda como a los gigantes que pierden el tino y el peso.
Luego, quisiera uno guardar el momento, conservar el temblor, detener el fruto y quedarse para siempre bajo tanta gracia y brío. Pero las noches de primavera suelen destemplarse y no se suele prolongar el crepúsculo bajo una encina florecida. Vendrá el relente y nos herirá la espalda y habremos de abandonar tanta hermosura a la noche.

José Antonio Muñoz Rojas, 'Las cosas del campo'




¿Qué puedo decir yo de la encina? Esta encina que presento abajo como última foto está en el término de Hornachuelos, junto a la pedanía de San Calixto. Se la reconoce desde las vistas aéreas de los programas dedicados ello (Google earth, Visor SigPac). La razón no es otra que sus dimensiones y que ocupa ella sola una finca de pastos. La vi en su día y quedé señalado. ¡Cómo no iba a quedarme a sí con sus casi cuarenta metros de diámetro de copa! ¡Qué invitación a sombra! Recuerdo lo que nos dijo un hombre que tenía una casa en esa pedanía. "¿Y por qué vienen ustedes por aquí si no hay nada que ver?"

Hoy sé que con la madera de encina abro una puerta.
Abro parte de mucho de lo que fui.
La poda de las encinas, sus nidos, su copa imperial.
Los grajos como sus habitantes de luz.
El cereal como ropaje.
El frío como silencio.
Abro una puerta en invierno y arde el hogar.
El sentido de la leña, la raíz callada.



Vaya esta entrada como claro homenaje a un poeta grande:

Jose Antonio Muñoz Rojas.

jueves, 8 de octubre de 2009

Carta a mi mismo desde el páramo



TÚRBASE EL POETA DE VERSE FAVORECIDO

Dormido Manzanares discurría
en blanda cama de menuda arena,
coronado de juncia y de verbena,
que entre las verdes alamedas cría;

cuando la bella pastorcilla mía,
tan sirena de Amor como serena,
sentada y sola en la ribera amena,
tanto cuanto lavaba nieve hacía.

Pedíle yo que el cuello me lavase,
y ella sacando el rostro del cabello,
me dijo que uno de otro me quitase;

pero turbado de su rostro bello,
al pedirme que el cuello le arrojase,
así del alma, por asir del cuello.

Lope de Vega, soneto 13, de 'Rimas Humanas y Divinas del Licenciado Tomé de Burguillos'.

Este es un soneto para puro deleite y para nada mi 'Carta' quiere raspar sobre su contenido*.



CARTA

En tierra espero no volver a verla.
Mi padre me aficionó al buceo desde bien pequeño. El pequeño pueblo costero de Rocasira y sus zonas acantiladas eran propicias para que quien no temiese al mar se diese un baño de certezas y peces por su interior. Siempre traía un enorme pescado mi padre. ¡Vaya pescado que traes!, le decían las señoras del pueblo a mi padre. Pescado, pescado, y con pescado se quedó como apodo. El mismo que yo heredé cuando el desapareció en el mar. Para entonces ya tenía veintiocho años yo. A mi padre le habían recomendado que espaciase las inmersiones. No hizo caso. Hubiera sido infeliz de no haberse mojado y de haber reservado el aire sólo para la tierra. Me enseñó la pesca y los entresijos de los paisajes del mar. Nunca quise, en cambio, pescar. Disparar no era lo mío, observar y disfrutar con mis ojos espeleológicos sí. Pasé a inventariar y a pintar todas las oquedades que había bajo los acantilados. Todos los brillos, todos los movimientos de peces y crustáceos. Sumergirme era como para otros andar. Casi nunca utilicé oxígeno. Llegué a aguantar hasta cinco minutos. Técnica y entrenamiento y sentirte pez, sobre todo éso. Mi padre en la infancia me hablo de una sirena que rondaba por allí y que seducía a los mejores nadadores. Me la describía al detalle, y al mismo me la imaginaba yo agazapada, fulminando con sus ojos y sus cabellos a quien entrase por sus dominios. No exageraré si digo que cierto día noté una succión entre una zona oscura de rocas. Había estado por allí muchas veces. No vi ningún rostro pero sí me vi enredado en lo que primero creí algas finísimas y que después consideré cabellos. No quise asociarlo con la historia de la sirena. Me parecía absurdo. Hoy no tanto. Desde aquella primera succión se fueron repitiendo conforme me sumergía a las zonas de mayor complicación. Un día sé que perdí el sentido. Y lo sé porque me desvanecí sin motivo alguno. Aparecí quinientos metros más allá de donde había iniciado, sobre la oquedad de unas rocas. Aparecí sano excepto por la parte de la inserción de una de las costillas. Me noté más la forma de una espina que de una costilla: alguien me había mordido y por el pequeño hueco salía un humor claro y no sangre. No le di importancia. O sí. Me hizo más reservado en las siguientes inmersiones. Hasta que en una de ellas dos bancos de peces me rodearon con una única finalidad: conducirme a unos interminables giros y a una terrible absorción de la que pude tantear una boca como una emulsión de pianos y unos brazos sinfónicos. ¿El canto de las sirenas? Atrapado, esquivando, memorizando cada detalle, vapuleado, herido más si cabe logre salir y tomar aire.
En tierra espero no volver a verla. Me mudé al campo rudo, al campo con mi mismo apodo y con mis branquias ya llenas de piedras, retamas y encinas. Sólo ando sin apenas consumir aire. Casi nadie me conoce. Mi nueva casa esta muy alejada de Rocasira. Recibo pocas visitas y escaso correo. Una carta, hace dos días, sin remite, es la que me ha vuelto inquieto. No había letras. Al comenzar a abrirla me vino un hilo de agua. Noté su sabor a sal. Puse celofán en el pequeño pinchazo del sobre. La guardé en una caja. Algunas veces aparece en el suelo.


*Tampoco rivalizar -la carta- con la escucha propuesta:

miércoles, 7 de octubre de 2009

La raíz del vuelo





Esa pequeña higuera tiene claro una cosa: su persistencia. Todos los años la acaban arrancando. Ella vuelve a salir por el mismos sitio.


Tener ese gesto de raíz, hablo
de ello, permitidme, tenerlo,
ese gesto, redunda en vuelo,
y me es grato anunciarlo
sólo por el hecho de saber
más sobre suceso de la vida.



Profundidades es un tema de Rafael Riqueni que ya inserté en el cuaderno. Pero os aseguro que me ahonda siempre.

lunes, 5 de octubre de 2009

necesito algo mas implacable...





http://foroarchive.infojardin.com/hortalizas-huerto-macetas/t-51217.html
(Recomiendo la lectura de la respuesta de Canutitta a lo que necesita para acabar con las zarzas.)
Creo que Canutitta se refiere a que necesita una respuesta más severa para evitar la persistencia de las zarzas.



necesito algo mas implacable...

Amigo. Un hilo delicado, casi manso se advierte como principio.

Primero fingiste una huida de la casa de tus padres. Ellos sufrieron esa momentánea despedida. Luego te fuiste. Más allá de adonde pretendías. Por crecer, por no darte a las vueltas mortecinas de aquella casa que te ahogaba. Lo recuerdo bien. Me lo dijiste, necesito algo más implacable. Y te referías a expulsarte de ti mismo, a no tener que reventar por la autoridad de aquel padre que te tenía emparedado. Tus hermanos, el negocio familiar, tu resistencia. Y cuando te fuiste de verdad fue para no saber nada. Nada hasta que dieron contigo. Y te dijeron que hacían seis años del incendio en la casa de ellos, porque para ti eran ellos. Y que murieron todos. No se pudo hacer nada en aquella noche implacable. Viento y techo de madera. Y cientos de cobras como llamas. Y ahora vuelves y ves ese principio. No abro, dijiste. Ni siquiera había un agujero en la puerta para poder mirar el solar que dejo el incendio. Sólo la puerta se mantuvo. Cuando sacaron los cuerpos, tu tío cerro la puerta. Hasta ahora que tu tienes la llave. La zarza ha abierto su principio. No la arrancas. Simplemente te vas.

viernes, 2 de octubre de 2009

La pintura se iba a desconchar




Voy por la senda del morir más clara
y de toda esperanza me retiro;
que sólo atiendo y miro
adonde todo para,
pues nunca he visto que después viviese
quien no murió primero que muriese.

Lope de Vega (Égogla a Claudio-EL DESENGAÑO)



No, no llamen si creen que es la puerta del cielo.
San Pedro no os atendería. Pedro existió, fue mi amo.
Murió hace muchos años. Yo también, pero aún hice por mi cuenta cinco años.
Yo soy Bernardo. Me llevaron a un herrero en mi edad madura, a los diez años. Pedro le dijo a Paco, el herrador, mírale la cara, mírasela bien y hazme un llamador con su rostro.
Yo venía de las piernas de Ella, cuando aún era plumón.
La casa donde vivíamos ya está cerrada. El desconche de la pintura es el gesto más inoportuno de lo que se barrunta. Allí hubo vida, generosidad y estímulo. En la casa, en su patio, alrededor de sus kentias luminosas.
Yo ladraba maduro. Viene el juez, decía Pedro. Ladraba redondo, viene Ella. Ladraba descolocado, y pasaban chicos por la calle. Ladraba y quedaba quieto, llegaba Mauricio y metía las cartas por la ranura de la puerta.
Mauricio me toco cuando era plumón porque era vecino de Ella. Mauricio me sentía quieto y decía desde la calle, hay una de Ella.
Le daba las gracias como quien ladra.
Pedro la creía muerta hasta que llegaba una carta.
Vino Ella conmigo a la casa. Unos meses y se fue. Entonces Pedro me llevó al herrero. Y Ella, ... no sé. No sé adonde se fue.
Ella me rascaba, siempre.
Pedro metía sus cartas entre maderas olorosas. Mis ojos eran tristes.
Bernardo, vendrá, me dijo un día con la convicción de un ladrido. Pero Él no era perro y yo olía de largo las cartas.
No vino. Murió mi amo, Pedro. Y yo supe que la pintura se iba a desconchar.





Iré con el viento (Tangos)


Sé que existe la tormenta
y sé que llega la calma.(Bis)
Y estoy loco por saber
si esa gitana me ama,
estoy loco por sentir
su pecho junto a mi pecho...
mi pecho junto a su espalda...(bis)

Lereireireire....

Qué larga es la distancia que presiento
larga es la distancia, puro el sentimiento.
Profundidad que veo yo en tus ojos,
o es que te miro desde tan dentro...
iré, iré, iré a por agua en el desierto
iré con el viento (bis).

Lereireireire....

Estoy cansado de cantar
a las estrellas y la luna,
a los mares y a los ojos de ella.
Quiero cantar a lo que nunca he cantado,
a ese niño aventurero que es mi pasado.
Voy a llorar, voy a reír, voy a volar...
soñando la buena voluntad,
y no habrá tempestad...

Lereireireire....

lunes, 28 de septiembre de 2009

Árbol genealógico de la escritura




¡Ay, la escritura!, nuestro andar más torpe de lo andado, de lo que otros han andado, de lo que andarán. Andaba ayer por una chopera y de pronto me puse a escribir a la par de mis pasos, era andar y bajar los ojos a las hojas, ahora que tiemblan las hojas de color, ahora que despiden su última clorofila, ahora que todo el cartonaje de sombra comienza a despedirse, y yo hablándome, escribiéndome, reescribiéndome, facilitando la entrada de un beso, encogiendo lo más posible la muerte
de a quién he querido tanto, abriendo las compuertas -quizás esta palabra ya la han utilizado mucho- del tiempo, denunciando el exceso de silencio y la falta de canto, y si me paraba iba más ligera la escritura, y si escarbaba, ahondaba a mis diez años fugándonos constantemente en el juego, y sí, al final, el paseo, el entorno, el retorno. ¿Y si escribo de verdad? Pues a ello, aunque sea nuestro andar más torpe, nuestro tropiezo asegurado con lo que otros hayan dicho o sentido de forma similar.


jueves, 24 de septiembre de 2009

Estamos suspensos





No había antes camino por el que acceder a las fincas de muchas de las zonas de España, ante todo en La Mancha, que no estuviese flanqueado por almendros. Muchas fincas han recibido el olvido, las casas se han ido deteriorando, las palomas han usurpado todos los rincones de las mismas. ¿Y los almendros? Olvido similar. Éstos aguantan, soportan sequías y, aún así, dan frutos. Muchos se han secado. De otros ya secos han brotado chupones debajo del injerto, cosa que lleva a dar almendras amargas, nada recomendables para la salud y el paladar. Los hay que han muerto bien fallecidos. Pero todos saben, que para éso son sabios, que su savia está cerca de una parada. Saben que el mimo que recibían no volverá, saben que hay alimento de más para el invierno, saben que las almendras las retendrá el suelo. Muerte y tiempo nos califica. Sé que suena duro o a sermón esta frase. Pero desde luego hace tiempo que estamos suspensos.




Duquende canta en el minuto 3'30" ésto:

Ay arbolillo de almendras,
ay arbolito de almendras
que yo por ti planté
y yo soñando con sus frutos me regalé.