Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
El sábado 14 acudí a un concierto -Centro Cultural Francisco Rabal, de Madrid- en el que un gran guitarrista, Óscar Herrero nos ofreció a escasísimos espectadores, por seis euros, un concierto homenaje a Albéniz y su tiempo, al compositor y su obra, al hombre que supo percibir la grandeza y la trascendencia de la música popular y el flamenco. Calidad inapelable la de este guitarrista, ejemplo también dentro del ámbito de la didáctica musical. Soberbio concierto.
Y el sábado 7 estuve en La Coruña, frente al Atlántico, frente a esa ventana granítica e inmensa que mira al océano. Sensación de viento y yodo. Sensación de apertura, sensación de espera. Alegría y satisfacción.
Vayan estas dos experiencias entreveradas con este tema de Óscar titulado 'MIRAGUA', similar a mirada de agua. Bailen si les apetece.
Sé que el optimismo gime, como sé que gimen mis paredes mientras las blanqueo, las paredes y su sinfonía de cal, y gimen porque saben que alguien preparado con un aerosol va a arrancar una frase, sí, una frase, aunque tenga la letra desfigurada, aunque llore su exceso de pintura, una frase atrevida, me cago en el fascismo, y resulta que el fascismo ya murió, pero alguien, el que ha pintado, el escritor, ha sentido de nuevo el hilo demacrado del ahogo.
Me rebelo contra ti, boca, que activas lo que yo quemo. Tú, boca, fertilidad de nicotina y cuantía sobrada de placer. Y yo, que mi desnudada llama se interrumpe por tú solicitarlo. No invertiría sino gas hueco si mi orgasmo no dependiese de una chispa. Pero tú, boca, elucubra volutas que yo habré padecido el efímero instinto de quemarme.
¿Por qué sin ser yo dos vengo y me desplazo, me resbalo hacia ellos? Uno me dice, el otro no reprime, uno calla, el otro enerva al silencio, uno me grita, el otro excluye la moderación, uno me intenta escribir poemas, el otro disuade a la mayoría de palabras que no soporta, el uno que yo me creo ama, el otro se desagua con los labios. El uno me está cerca, el otro se refugia en mi médula.
Estábamos en la Praza de Azcárraga. Algo debió de darle al viento para pronunciarse así. Miramos hacia arriba para transitar por esos breves segundos que van de la quietud al disloque. Las copas de los plátanos que allí habían haciendo corro nos recobraron el presagio de la certera lluvia. Me dijiste: '¿te acuerdas?' Y yo te amanecí a Pucho rastreando tu talle.
Me llamo Rosario. Mi vida es homónima, llevo las cuentas con el rigor que exige la espera. Decir que mi matrimonio es un puto fracaso no lo puedo decir porque ya estaría separada. No, mi vida conyugal quebró, quiebra. A los tres meses de casarme planteé la fuga. Mi marido se acababa de convertir en un metrónomo. A los tres años me dije que qué hacía yo dentro de esa situación (en realidad, para mí, me decía que qué coños hacía yo aguantando a ese tío que quería en exceso). Llevo treinta años casada y el metrónomo sigue, con oscilaciones de celos. Trescientos son demasiados, pero espero.
Unha vez tiven un cravo
Unha vez tiven un cravo cravado no corazón, i eu non me acordo xa se era aquel cravo de ouro, de ferro ou de amor. Soio sei que me fixo un mal tan fondo, que tanto me atormentóu, que eu día e noite sin cesar choraba cal choróu Madalena na Pasión. “Señor, que todo o podedes -pedínlle unha vez a Dios-, dáime valor para arrincar dun golpe cravo de tal condición”. E doumo Dios, arrinquéino. Mais…¿quén pensara…? Despois xa non sentín máis tormentos nin soupen qué era delor; soupen só que non sei qué me faltaba en donde o cravo faltóu, e seica..., seica tiven soidades daquela pena…¡Bon Dios! Este barro mortal que envolve o esprito ¡quén o entenderá, Señor!…
Poema de 'A las Orillas del Sar' Rosalía de Castro
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros: lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso de mí murmuran y exclaman: -Ahí va la loca, soñando con la eterna primavera de la vida y de los campos, y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos, y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha; mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula, con la eterna primavera de la vida que se apaga y la perenne frescura de los campos y las almas, aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños; sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?
Dicen que el suelo se acaba cerrando. Lo vi abrirse bajo los gritos de los manzanos. Dicen que el suelo es una gran cicatriz constante. Lo vi curarse de inmediato cuando la liebre no paró de correr. Dicen que es viejo. Enhebra viento bajo las piedras que codician su peso. Dicen de su rendición. Las banderas que llevan los lagartos recorren el sol que arde al movimiento. Hablan de su escaso color. Notorio es el permiso de los camaleones para enrojecer los horizontes. Alguien escucha la ceniza acumulada. Los árboles viejos hacen recuento de los metros hallados donde vocear su clorofila. Dicen de la tierra hallada de ciudad. Sí, un cerrojo abatido tras una vida es un hábil adelanto en la dentadura de la ciudad, de tierra en espera. Dicen de la tierra del campo. Basta con cruzarla abierta, de lado a lado.
Con ese título, a principios del año 98 hice una serie de ¿poemas? Lo cierto es que en la vertical ya tenía una médula que ansiaba indagar en los hechos que más se pronunciaban en mí. Ya dije en otra entrada de su ingenuidad, que reconozco, pero ciertos ¿poemas? aún me regatean. Este, por ejemplo:
Indaga si los sonidos que te cruzan son voces de tu tiempo, o transcurso de algún río; son densidad de gorriones, o la aldaba de tu vieja puerta; son las sirenas que siempre han raptado la salud del silencio, o la tos de alguna fachada o rincón, son los saltos de tu teléfono, o la llama que se alimenta de leña; son las piruetas de un cohete nervioso, o la agonía de aquel jergón; son tus voces, coladas a tus sueños, a tus paseos, a tus labios, o es una noche de grillos; son tus voces que no se miden en la salida, para seguir en ti, o el violín que liba en la orquesta; son las gárgolas que en el agua presienten una parábola, o es la punta de cien grullas que van; son los cabeceos de un ciprés, o el vapor que espera a la leche de un café; son infinitos sonidos.
Cada sonido asiste a tus pasos, éstos que hacen de cada camino una escucha, un catálogo de líneas cruzadas. Pero indaga, en la intersección, el silencio.
El entorno donde crece ese incipiente castaño no es el más propicio. Y no por la voluntad de la tierra que, si puede, da. El problema entre las plantas surge del abuso que algunas ya desarrolladas hacen de la luz. Nada más ver ese castaño me pregunté cómo había llegado allí: ¡en pleno pinar de Valsaín! ¿Alguien soltó alguna castaña? Pero lo que me fascinó fue su voluntad de permanecer, su tesitura ante el medio. Un castaño a luz abierta tendría las hojas apuntando al suelo. En este caso, su propósito de distinguirse le llevaba a tener las hojas absolutamente paralelas al suelo. No tengo nada más que decir, ni poético ni literario, ante el asunto. Sólo que, una vez más, simples detalles de la naturaleza nos inscriben dentro de nuestra propia debilidad ante lo adverso: ¿cómo habríamos reaccionado nosotros?
Pensad la posible respuesta tras Amancio Prada y San Juan de la Cruz.
Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura y, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de su hermosura.
¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del amado! ¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado, decid si por vosotros ha pasado!
'...,la parra otoñece cada octubre, octubrece todos los años, y uno quisiera, como ella, crecer en soledad, tener una apoteosis anual que nadie mira y volver luego a la paz, el silencio de los vientos , la minuciosa vida de los pájaros, mientras el vino de la herida se va cayendo en hojas, decolorando en llamas, empalideciendo como la vieja prima donna (María Callas),...'
Francisco Umbral, Un ser de lejanías.
Otra versión de 'Otoñecer' la encontrarán en Sofía.
Intuyo el invierno cuando me distraigo en el otoño. Y, así sucesivamente, con el resto de las estaciones. Intuyo árboles a la deriva de la quietud. Intuyo el roce del silencio en savia detenida. Otoñece por donde miramos, se vierte el único idioma de las hojas en rojo, traducción simultánea al amarillo, quedarse en ocre y no estallar. Otoñece sin filtro, intuyo el ramaje desnudo, el fundamento desnutrido del árbol, su esqueleto vivo. Son intuiciones mi otoño. Al cabo mi yo se intuye como invierno también.