martes, 27 de octubre de 2009

Desubicados





Olivos centenarios en venta en la localidad de ESTEPA (Sevilla)



Años de vida, años de llanto son a los que yo me encamino.
Esos olivos no son de ahí, fueron arrancados. Un árbol no tiene venta.
Un árbol tiene lugar y disposición.
Desubicado, de un árbol nos quedará su incesante rumor sonoro.
Un no se qué lacerante se me instala en esa parcela tan atroz que los dedicamos.
Si un árbol gime, es para no parar.



lunes, 26 de octubre de 2009

Koroneiki



Fervor por los olivos.
Algun@s ya lo saben de mí.
Mi infancia transcurrió entre chaparros y retamas.
Mi adicción a los olivos es reciente. Media vida llevo tras de ellos.
¡Cómo resurgen, cómo resultan agredidos, cómo son trasplantados! Y ellos dan.
Ya sabéis lo que dan. Otra cosa es estar vinculado al zumo de la aceituna, sí zumo, porque éso es el líquido. No descubro nada pero sí derroto la idea de grasa, que también lo es.
Fue probar hace años una variedad de Creta llamada 'Koroneiki' y sentir algo sensacional.
Probad.

Antonio Machado

¡Viejos olivos sedientos
bajo el claro sol del día,
olivares polvorientos
del campo de Andalucía!
¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar y de olivar!


Y, ahora, quien quiera que baile. Y quien diga que el olivito es mala leña se las tendrá que ver conmigo:

sábado, 24 de octubre de 2009

Te distingo por decirme




Pasa. Puedo decir que entras y te distingo por tu forma de hablar, esa que habla por dentro. Pasa, puedo decir que deambulas por lo caído y te distingo por como te paras. Pasa, mira desde dentro lo de afuera, te distingo tu forma de bascularla, la mirada que me cae, ya ves, yo caída, tu que la caes y la rozas y te la entiendo. Pasa, sube, verás el cielo, éste no tiene derrota, sí mi techo, pasa y sube, te distingo como quien baja a lo más callado. Pasa, te cuento, te distingo por decirme.





Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso;
mas, en llegando al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento,
que la vida se esfuerza y no le paso.
Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída,
la que conmigo muerte y vida trata!

Miguel de Cervantes, 'El Quijote', capítulo 68, 2ª Parte.

viernes, 23 de octubre de 2009

Mayte Martín




Acudir a un concierto de Mayte Martín es asegurarse intimismo, buen hacer y delicadeza. Cante flamenco o cante a poetas. Ella reconoció que en este último disco suyo están todas las Maytes. Mezcla estilos, deja entrever acordes flamencos, derrocha conmoción. Y a los que la venimos siguiendo desde hace mucho tiempo nos hace temblar. Dicho así, temblor líquido en un silencio radical. Agradeció la gran complicidad de sus músicos sin los cuales estos proyectos no saldrían adelante. Olvido Lanza cimbreando sobre su violín, haciendo las mismas sílabas ensimismada cuando le tocaba silencio; Chico Fargas vaciando sus manos en la percusión; Guillermo Prats haciéndose pulgares en el contrabajo de fondo; y José Luis Montón elevando la segunda guitarra constantemente.

El concierto siguió fielmente su disco último: 'Al cantar a Manuel'

El poema que presento a continuación es uno de los que más me gustó. Me toca fibra.
El campo descampado. La mano que tanto ha intervenido en el campo muere, se esconde.
El poeta recuerda su campo interior de Málaga. Mayte aludió a la forma que tiene el poeta de tratar la muerte: 'de una manera dulce y nada dramática'.
Os dejo el poema de Manuel Alcántara y su música doble, la intrínseca y la que nos bendice Mayte.

al sur de los limones

el campo esconde manos, las entierra
al sur de los limones, tierra adentro
vivir se queda huérfano de manos
del nativo decálogo del cuerpo.

tantas utilidades escondidas
residen para siempre en el silencio...

un haz de manos quietas es la muerte
yacimiento de manos es el tiempo
debajo de la tierra no hay saludos
los muertos no conocen a los muertos.

Manos migratorias




Glup 2.0 es un blog en el que el electrocardiograma literario jamás es plano. Cierto es que la mujer tiene una preponderancia en ellos, en el blog y en Pedro, su domador único y absoluto. Siempre hablando de palabras y emociones, claro esta. Nada de circo. Allí me presentó esta entrada que hoy reproduzco aquí para quien quiera, la conozca ya o no: http://glup2.blogspot.com/2009/10/tempero.html



Voy por la senda del morir más clara
y de toda esperanza me retiro;
que sólo atiendo y miro
adonde todo para,
pues nunca he visto que después viviese
quien no murió primero que muriese.

Lope de Vega

(Égogla a Claudio-EL DESENGAÑO)



La pintura se iba a desconchar

No, no llamen si creen que es la puerta del cielo.
San Pedro no os atendería. Pedro existió, fue mi amo.
Murió hace muchos años. Yo también, pero aún hice por mi cuenta cinco años.
Yo soy Bernardo. Me llevaron a un herrero en mi edad madura, a los diez años. Pedro le dijo a Paco, el herrador, mírale la cara, mírasela bien y hazme un llamador con su rostro.
Yo venía de las piernas de Ella, cuando aún era plumón.
La casa donde vivíamos ya está cerrada. El desconche de la pintura es el gesto más inoportuno de lo que se barrunta. Allí hubo vida, generosidad y estímulo. En la casa, en su patio, alrededor de sus kentias luminosas.
Yo ladraba maduro. Viene el juez, decía Pedro. Ladraba redondo, viene Ella. Ladraba descolocado, y pasaban chicos por la calle. Ladraba y quedaba quieto, llegaba Mauricio y metía las cartas por la ranura de la puerta.
Mauricio me toco cuando era plumón porque era vecino de Ella. Mauricio me sentía quieto y decía desde la calle, hay una de Ella.
Le daba las gracias como quien ladra.
Pedro la creía muerta hasta que llegaba una carta.
Vino Ella conmigo a la casa. Unos meses y se fue. Entonces Pedro me llevó al herrero. Y Ella, ... no sé. No sé adónde se fue.
Ella me rascaba, siempre.
Pedro metía sus cartas entre maderas olorosas. Mis ojos eran tristes.
Bernardo, vendrá, me dijo un día con la convicción de un ladrido. Pero Él no era perro y yo olía de largo las cartas.
No vino. Murió mi amo, Pedro. Y yo supe que la pintura se iba a desconchar.





Luego, si me atengo al ocio de la escucha y del escribir, os vincularé al concierto al que asistimos anoche en Madrid de Mayte Martín. Vaya uno de sus mejores temas (definida por Mayte como una grandísima carta de amor: En aquel tiempo



Manuel Alcántara

En aquel tiempo

Yo tuve el corazón capaz de lluvia.
Ocurría febrero con sus alas
y el tiempo digital nos puso juntas
las manos y los ojos y los cuerpos:
toda la tierra que el amor excusa.

Igual que el viento en las banderas altas
se comportó en nosotros esta música.

Me fui quedando acompañado y cierto,
entendido en los bosques de mi jungla,
leñador orgulloso de raíces
que no debieron nunca estar ocultas.
Lo de siempre se puso a ser distinto:
el mar entero cupo en una urna,
el hielo de los vasos provenía
de una lejana nieve, nuestra y única,
mis manos migratorias se quedaron
a vivir en tu tierra más profunda
y en mi boca, de siempre descontenta,
dimitían de pronto las preguntas.

Presenciadas por dos cambian las torres,
la muerte aplaza sus gestiones últimas
y estar vivo se agita y condecora.
La muerte debe ser como un espejo
donde uno mira y mira sin ver nunca.
Ven cerca. Más. Que entre los dos no quepa
ninguna muerte ni ninguna duda.
Te hablo desde febrero y desde siempre:
sabemos del amor por lo que alumbra,
por lo que tuerce y acrecienta y rige,
por su forma de andar en la penumbra...
Y así, sobre semanas perseguidas
izamos con esfuerzo nuestra alma.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Sollozo



Como entrado en tierra estoy
es por lo que voy hacia esos años blancos
en los que el agua pertenecía a la sed.
Pozos por testigos, muchos mermados ya.
Debería, me pregunto, transigir
ante el olvido un elemento
tan relevante como lo es un manantial,
un pozo, criterios ambos de frescura.
Sólo lo pregunto, sintiéndome
como me siento en tierra.
Sólo el desplegar sin sentido
al agua tiene una respuesta,
y no lo digo yo, lo dice
el seco sollozo desde dentro.


lunes, 19 de octubre de 2009

Estimar




Intento hoy
servirme
la justa porción de cal.
La misma de tierra, otra equivalente en sombra.
Apropiadas mezclas para decir
con silencio y
callar con voz la estimada vida,
los amables recuerdos.
Colocar frente al sol
a uno de Ellos
y distinguirlo, por un momento,
de la ventaja del tiempo.


viernes, 16 de octubre de 2009

Hasta los verbos sufren el cambio climático

Hace unos días Filomena me hablaba en el pueblo: el otro día refrescó bastante.
Ya, le dije, pero todavía no ha escarchado. Ya sabes lo endebles que son los tomates, en cuanto huelen el frío se echan a perder.
Sí, dijo Filomena, se amuelan enseguida.
(Afortunadamente, mis tomates a secano han sido muy generosos. Aún recojo.)


Hoy en Madrid, un abuelo a su nieta e hija antes de entrar en el colegio: parece que estáis arrecidas de frío.
Sí, papá, es que estos cambios de temperatura no son buenos.


Arrecirse, amolarse, dos verbos de otoño e invierno. Dos estaciones que lo que menos proporcionan es frío. Hasta los verbos sufren el cambio climático.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Silencio nuestro por voz de ellas





Ante la naturaleza no advierto desengaño.
Considero que lo que crece donde los humanos es la raíz usurpada.
Siempre usurpamos raíces.
En la ciudad ocurriría lo mismo. De una forma más lenta, quizás.
Lenta es la sabina, su proceder a largo plazo.
En una más que posible edificación de pastores las tenemos.
Silencio nuestro por voz de ellas.
Así es la naturaleza, sin alharacas.




Robo este tema a Sofía para ejercer mi derecho, no al desengaño, que bastante lo estoy, sino a la pasión por las cosas que emergen.

lunes, 12 de octubre de 2009

Raíz callada



Cuando florecen las encinas

Cuando florecen las encinas, decía, hay que temblar. Se anuda la delicia en la garganta. Pasa como cuando llora un hombre fuerte y maduro, cuando viene un estremecimiento a colmar una plenitud. Hay en ello algo humano, "sazón de todo". Igual con las encinas. Con las jóvenes y las viejas, que todas florecen. La hoja del chaparro es áspera, crujiente, graciosamente rizada en el contorno, verde el oscuro haz y gris el envés. El tronco áspero y duro se diría insensible. Se diría insensible el árbol entero, apenas conmovido por lluvia o viento, sol o hielo, un contemplativo, con mucho cilicio y poco halago. Y de pronto hay un estremecimiento y el árbol comienza a vestirse, y toda aquella dureza, aquella ascesis, se expresa en purísimo temblor, en goterones de ternura que la llenan toda, que la ponen como llovida de belleza, enmelada, soñadora, sauce sin río en el monte, con toda la fuerza de la encina y toda la melancolía del sauce.
Las encinas no se conocen a sí mismas cuando llega el florecimiento. Están tan enamoradas que casi componen una figura patética en el paisaje, y teme uno que ni los pájaros ni los viandantes las tomen en serio y les suceda como a los gigantes que pierden el tino y el peso.
Luego, quisiera uno guardar el momento, conservar el temblor, detener el fruto y quedarse para siempre bajo tanta gracia y brío. Pero las noches de primavera suelen destemplarse y no se suele prolongar el crepúsculo bajo una encina florecida. Vendrá el relente y nos herirá la espalda y habremos de abandonar tanta hermosura a la noche.

José Antonio Muñoz Rojas, 'Las cosas del campo'




¿Qué puedo decir yo de la encina? Esta encina que presento abajo como última foto está en el término de Hornachuelos, junto a la pedanía de San Calixto. Se la reconoce desde las vistas aéreas de los programas dedicados ello (Google earth, Visor SigPac). La razón no es otra que sus dimensiones y que ocupa ella sola una finca de pastos. La vi en su día y quedé señalado. ¡Cómo no iba a quedarme a sí con sus casi cuarenta metros de diámetro de copa! ¡Qué invitación a sombra! Recuerdo lo que nos dijo un hombre que tenía una casa en esa pedanía. "¿Y por qué vienen ustedes por aquí si no hay nada que ver?"

Hoy sé que con la madera de encina abro una puerta.
Abro parte de mucho de lo que fui.
La poda de las encinas, sus nidos, su copa imperial.
Los grajos como sus habitantes de luz.
El cereal como ropaje.
El frío como silencio.
Abro una puerta en invierno y arde el hogar.
El sentido de la leña, la raíz callada.



Vaya esta entrada como claro homenaje a un poeta grande:

Jose Antonio Muñoz Rojas.