Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
Mi amiga Inés tiene hecho un pacto con el lenguaje. Me río siempre que abre la boca para describir lo que mira. Simplemente -y mira que se lo he dicho veces- tiene una agudeza literaria y asociativa tremenda. Mientras nos fumábamos un cigarro en una placita cercana a la calle de la Montera salió esa pareja. Sin dudar un segundo me dijo: 'Mirá Manuel ese pantalón intravenoso de la niña'. Dio en el clavo. Reí.
Todas estas fotos pertenecen a una fiesta celebrada en el municipio tinerfeño de Icod el Alto el 8 de agosto de 2010. Fiesta de la siega. Una fiesta reivindicativa de la siembra y siega del trigo en la isla. Un trigo que siempre se empleó, junto con el maíz, en la elaboración de un sustento alimenticio importantísimo llamado gofio. Pero el trigo allí ya tiene una representación residual: la mano de obra requerida y la posibilidad de conseguir trigo con mucho menos esfuerzo son dos de las causas que acabarán con la siembra de este cereal, a pesar de los esfuerzos pintorescos. Pero a mí, ahora, lo que me interesa es el lenguaje y, sobre todo, una palabra que pronunció Carmelo Romero Alonso (foto) al preguntarle por qué no ataban los haces (allí los llaman mollos) con un atillo. Carmelo me contesto que así se hacía si estaba el trigo muy seco pero que cuando estaba amorosito se utilizaba el mismo trigo para atar pues no se rompían las cañas.
Pues ya ven, sin quererlo me llevé la cuarta acepción de la palabra amoroso. Amorosito, amoroso, palabras para trenzarse sin más.
Gracias, Carmelo.
Trigo verde (Una canción popular en los Trasomontes portugueses. Una canción picarona y metafórica)
Nao segueis o trigo verde déixao a madurare déixao a madurare. E nas ondas do mar anda quen o ha de vir segare quen o ha de vir segare.
Anda i que non andais nada No andar sois un ninguén No andar sois un ninguén Nen sois para ter amores Nen amar nen querer ben Nen amar ne querer A modiña das segadas Ela é muito alegre Ela é muito alegre Ela mesma vai diçendo quenta ramo que te segue.
Trigo Verde (Versión de Pepa Barrios)
No seguéis el trigo verde dejadlo madurar dejadlo madurar
En las olas del mar anda quien lo vendrá a segar quien lo vendrá a segar
Anda que no andas nada En el andar no sois nadie En el andar no sois nadie Ni sois para tener amores Ni amar ni querer bien ni amar ni querer bien
En la canción (modinha) de la siega ella es muy alegre ella es muy alegre Ella misma va diciendo madura ramo que te siegue
(El último verso es una interpretación personal. La traducción literal seria: Calienta ramo que te siegue)
La clorofila está teñida de verde y, además, es sensible al frío. Si alguien piensa en el otoño es por la caída de las hojas. Hojas muertas al fin y al cabo. Y cambio de color. Al deslucirse el verde de las hojas lo que aflorarán son los carotenos de las mismas que, entre otros, adoptan tonos ocres, amarillos, anaranjados. Hasta aquí la versión oficial. Pero hay una versión emocional del otoño. Para mí este año lo constituirá una expresión escuchada a un señor mayor en un parque a propósito de las lluvias últimas. En la fresca y maravillosa mañana de hoy se intercambiaban este diálogo dos personas mayores:
-Ya va haciendo fresco. -Sí, sí, ya no se puede salir sin chaquetilla. -Se notan las últimas lluvias; ha refrescado el ambiente. -Es que con la lluvia gorda del otro día es como si se hubiese biselado el verano. -¿Y qué tal por el pueblo el verano? . . .
Hay otra versión emocional que es la relacionada con el sutil zizzagueo del olor. Pero de esa ya hablaré.
When the leaves come falling down (Van Morrrison)
I saw you standing with the wind and the rain in your face And you were thinking bout the wisdom of the leaves and their grace When the leaves come falling down In september when the leaves, come falling down
And at night the moon is shining on a clear, cloudless sky And when the evening shadows fall Ill be there by your side When the leaves come falling down In september when the leaves, come falling down
Follow me down, follow me down, follow me down To the place beside the garden and the wall Follow me down, follow me down To the space before the twilight and the dawn
Oh, the last time I saw paris in the streets, in the rain And as I walk along the boulevards with you, once again And the leaves come falling down In september, when the leaves come falling down
Follow me down, follow me down, follow me down To the place between the garden and the wall Follow me down, follow me down To the space between the twilight and the dawn
And as Im looking at the colour of the leaves, in your hand As were listening to chet baker on the beach, in the sand When the leaves come falling down, Woe in september, when the leaves come falling down Oh when the leaves come falling down Yeah in september when the leaves come falling down
When the leaves come falling down In september, when the leaves come falling down
When the leaves come falling down in september, in the rain When the leaves come falling down
When the leaves come falting down in september, in the rain When the leaves come falling down
Mai no preguntis qui ets. A cada moment canviaries dins el mirall. Defuig els ulls que saben.
Salvador Espriu
Tuve la ocasión de meterme en el tren. Bajo el espejo de su chapa. Fue hace más de un año aquello. Ahora me meto en Ovidi Montllor y en Salvador Espriu. El tren siempre fluye, siempre despierta destinos. La imagen del tren juega a amagarme. En una de esas me confío y me da. El porcentaje de lo que huye, la escasa pero ferrea esperanza, la raíz a la que poco a poco nos vamos destinando: quizás sean estos los puntales de mi santísima trinidad.
Formes i paraules (VI-XI) (Salvador Espriu - Ovidi Montllor - Toti Soler)
VI
Mai no preguntis qui ets. A cada moment canviaries dins el mirall. Defuig els ulls que saben.
VII
Des de quin dubte, en quin moment les formes son canviades? L'aire del vespre calma el nou dolor dels arbres.
VIII
Càlides aigües a mars de noms exòtics. Entre la pedra i l'arbre, m'ets un vague concepte, remor suau, paraula
que seguim per països distants. I mai no diuen ençà d'enlloc.
IX
Si vols, si penses la guanyada riquesa de les imatges, duràs sense recança als llavis un somriure.
X
Estiu. La dansa de joves dones nues parada dintre la quietud que vinclen, pontant al sol, rams d'arços.
XI
El prat, les herbes s'oferien a l'ample repàs de nues formes de dones joves al bat del sol esteses.
No hubo ninguna guerra este invierno en Uclés. Si hubo agua y nieve como hacía tiempo. Mercedes es la dueña de la casa que hay tras esas portadas azules y que cierra ese muro blanco algo descascarillado. Era justo hace una semana cuando estuve en Uclés. Pueblo de grato silencio y monasterio imponente. Del silencio siempre sospecharé porque sé que siempre hay alguien que te escucha y ve cuando te crees solo. Y qué casualidad. Fotografiar esas puertas cerúleas y aparecer Mercedes.
Buenos días. Buenos días. Me gustan esas puertas, su color. Son mías. Lo malo es que este año la pared ha terminado derrotada.
Derrotada. Volvemos a la adicción por las palabras dichas, Manuel. Y es que me extraña que en ese contexto tan sencillo, de tan mañana, una señora de unos 73 años no me dijese que su pared estaba hecha una pena por las lluvias y nevadas del invierno. No, derrotada. Derrota implica contundencia en el trato, cierto. Y seguro que a esa pared le queda más vida que a mí. Seguro. Pero, ¿será el amor por lo propio lo que le llevó a Mercedes a sentir por su pared ligeramente descascarillada de cal una derrota? Yo, a esas palabras, las denomino 'apuntes literarios salidos del fondo de una conversación normal'. Y bellos que són esos apuntes que grata guerra me dan.
O quizás fue el oleaje lo que atacó a la pared por haber dedicado la casa a la proa.
Por una tortilla. Es de agradecer que por una tortilla mal hecha nos venga una palabra. Un señor a mi lado pide un pincho de tortilla en un bar de barrio. No sé si lo conocían al señor pero éste se expresó con naturalidad ante una tortilla que, a la vista, saltaba con dureza y sequedad.
Háblame para dejarme un cerco. Allí estábamos cuando sobre el cuello nos urgía el suelo. Querías palabras ejecutadas más allá de las manos. Las caricias las siento, las palabras me ahondan. Me agaché y con las manos toqué esa raíz que nos temblaba. Te señale lo que no se veía de ella. No sé si me dijiste te quiero. Fue la tuya una voz leve. Aún quiero preservarte, regirme por lo que nos dimos tras aquella raíz. Hondura. Sí, éso fue lo último que me indicaste.
Ubaldo Rojo Barrero, natural de Martín Muñoz de las Posadas (Segovia) acudirá con rostro a este rincón mío que avento cadenciosamente para darnos unas lecciones de restauración de fuentes. Al tiempo. Pero ahora viene sólo parte de la conversación que tuvimos con él en la que hubo una palabra sincera que se derramó en la conversación a raíz de explicarnos la existencia de un pozo artesiano -sí, artesiano y no artesano como yo creí en un principio- en las cercanías del lugar. Pulso fue la palabra. 'La tierra tiene su pulso y donde menos te lo imaginas revienta', éso me dijo Ubaldo. Y magnífico era ese reventar de agua natural que yo desconocía a 5 kilómetros de mi pueblo (Hoyuelos). Y ayer fue cuando desde un alto observamos esas sombras de unos cortados a las que asigné de inmediato la idea de electrocardiograma. Si la tierra tiene su pulso, me dije, tiene también electrocardiograma. Plano sería mál síntoma. Pero escarpado el electro también podría significar sufrimiento.
Creo que ya incorporé esta deliciosa taranta al piano de Sergio Monroy. Cavar en los adentros es una forma de de comprender el pulso de las cosas.
Cuando sólo vemos madera en una puerta salimos a flote. ¡La densidad de la madera! ¿Quién no vio un tronco flotar? La puerta de madera vieja encarna vidas. Encarna. Pudo ser ella. Ya sé, verbo encarnar, pero también podría haber dicho encara vidas. Pero digo encarna, algo más relacionado con lo que tenemos debajo de la piel. Ya veis, el lenguaje y sus ringorrangos. Ringorrango, una palabra utilizada por mi padre cuando para acceder a algo costaba lo suyo debido sus laberínticas muestras, sus intríngulis. Pues, retomo, la puerta vieja encarna vidas. ¡Pero ay de la puerta si tiene gateras y otros agujeros! Entonces si que dejamos de nadar, la misma puerta nos agujerea y nos hace, no hundirnos, sí, en cambio, bucear. Cada agujero es oxígeno, es maullido, es una mano que abría sin llave, era una mirada para ver pasar, era entrada de viento. Tantas cosas encarna una puerta así.
El relato que tenéis seguido es de David Valdés Barrios. Amigo de jazz a quien le dedico el tema de Cannonball cuya traducción (me atrevo) sería 'No puedo comenzar'. Para disfrute de los que aquí venís:
Las puertas crean esa triste ilusión de hacernos creer que hay algo al otro lado. Las puertas son nuestros ojos, que violan el mundo, como repleto de cajitas selladas. No hay otro lado, todo el tiempo es otro lado, todo bajo una misma tela. Ver es disparar contra las cosas, la visión es algo que participa, que construye el mundo, un mundo que es el único de muchos posibles, todos y ninguno me pertenecen. Como conformarse con mirar pudiendo ver.
El polvo de estrella escapa a tu retina, y entonces es el caleidoscopio de impresiones por segundo, el cine de sombras danzando por la esquina, la flor de la luz desnuda de cáscara de nuez. Ver es empezar a no entender, el camino sin camino, el camino que siempre vuelve.
Radiografía de luciérnagas sobre el agua sangrando azul y amarillo, elementos entendidos separados que aparecen fundidos ante la retina como una fiesta de color; del color, a la palabra, de la palabra a la idea y de ahí a la muerte, que es el volver a empezar.
El rumor de sus calles y callejuelas. Callizos: el hecho sustancial del lenguaje. La señora baja por la calle principal. A izquierda y derecha están los callizos. Una manera de nutrirse, los nombres. La emoción de descuidarse de una gran avenida, la sugerencia de un tal Pedro. El hechizo de la piedra, la calle en miniatura. Todo tan relevante.
Llega uno desde Castellón a Puertomingalvo y ya advierte la sensatez de un pueblo bien instalado. Tiene un hermoso castillo y unas hermosas vistas hacia Penyagolosa. Un pueblo acogedor en el que una rehabilitación bien llevada lo ha conducido a una hermosa identidad fuera del desastre y la herrumbre que predominan hoy en muchos pueblos castellanos. El olvido y la decadencia para mí son muy difíciles de digerir. Entrar en Puertomingalvo por la muralla y pasar por debajo del arco ya constituye una experiencia lúcida y hermosa. Una pequeña cuesta te lleva hacia el arco. El día que entraba junto a mis hijos sobrepase a un hombre, Domingo, que también se dirigía hacia el interior del pueblo. Me paré a su altura como quien intuye una nueva palabra. Dicho y hecho. 'Esta cuesta hincha.' No es que conozca todas las acepciones de 'hinchar' y hoy que las he mirado veo que la expresión de Domingo en la que más encaja es en la cuarta acepción. Pero yo, como tonto y que bien lo había entendido le pregunté: ¿Qué quiere decir con que 'hincha'? 'Pues éso, que hincha.' ¡Toma ya!, bien contestado. Pienso y le doy vueltas. Ya sé que me quiso decir que la cuesta era jodida y que cansaba subirla a sus noventa y dos años, edad que me reveló tras su reiterada respuesta a mis ganas de aclaración. Desde luego no quise yo hincharle más, tan sólo le solicité una foto que nos negó. Pero Sofía, descarada y audaz, mientras se detenía en un puesto de una feria medieval, se las hizo. De haberse dado cuenta seguro que se le hubiesen hinchado.
Encallar. Dígasenlo a un barco. A un barco grande mejor. ¡Ni mencionar ese verbo, esa palabra tan inamovible! Pero yo la traigo aquí, bajo mi caja torácica que es como un diccionario escaso pero con huellas indelebles. Cada palabra es una situación, una correspondencia, un saber escuchar. Rubielos de Mora, Teruel, pueblo señorial, perfecto, asequible, acogedor, silencioso (salvo si hay disco-móviles). Aunque suene a tópico: pueblo algo detenido. Los ingleses le concedieron la clasificación de 'slow city'. De regreso de una marcha discreta a dos de sus muchas ermitas nos encajamos en el pueblo Eliane, Luis Vicente y yo. Ya hacia casa saboreamos el compendio de huertas chicas. Pregunté a un señor por cierta verdura que no reconocía. Me dijo que tampoco sabía, que no era de allí, que era de Valencia pero que se había comprado allí una casa. Luis Vicente, dueño de la casa rural en la que estaba le dijo: pues para ser usted valenciano (él también lo es) no se le nota mucho el acento. Contestó el señor: '¿No se me nota? Porque no se encalla nadie a hablar conmigo de allí, sino ya vería.
Y apareció el verbo, verbo lento, verbo derivado de 'calle', verbo necesario para restringirse a un lugar, verbo necesario para hablar y condicionar un poco al tiempo.
Van por el aire, ahora, las hojas, fuera de su otoño, caen al suelo, gestan ocres.
Reconozco que me entiendo mejor con el invierno que con el verano. En esta estación calurosa las palabras suben con dificultad a mis manos. No se si es pereza o soy yo. Me pido disculpas y decido restringir mi savia hasta que el frescor me acomode. Y sí, aun contradictorio, la savia me es más fluida a partir del otoño. Al álamo blanco que tenemos enfrente de nuestra ventana le ha ocurrido algo similar. Señal de las altas temperaturas hace a ciertos árboles perder sus hojas de modo anticipado. Una defensa inteligente de su propia vida el perder para mantenerse. El ejemplar de hoja que muestro es de ahora, de hace un día; el punto de luz de los álamos revela esa pérdida en amarillo. Gratos los ocres que difunde esa hoja. Como grato fue el anticipo de otoño que sirvió para ilustrar la noción de lo que es poesía en el cuaderno de nuestro hijo. Poema de Antonio García Teijeiro.
A la espera de las hojas de otoño, a la espera de vientos frescos, añado estas seguidillas de Eliseo Parra que van por el aire:
Se que el tren va lento, aún no ha llegado a Hundual. Puede que este demasiado mecido entre los albatros. Pero continua, traviesa a traviesa.
La escultura que presento tiene un autor: Gerardo Estévez. Lo conocí en el año 2001, en Viñales, Cuba. Pero esta entrada tampoco es sobre dicha escultura, simplemente la coloco como excusa. Esta es la entrada de Gregorio, la de brujones. Dejé dicho que me regaló esa palabra cuando me habló del careo de las piedras. Y el mulo tiene la culpa. De haber tenido un burro no sé si hubiera hecho la misma manifestación. Pero en el caso del mulo, sí. Mientras estaba arando se paró y, orgulloso, acarició con leve palmada al músculo más prominente y atrevido de la pata trasera del animal diciendo: '¡Vaya brujones que tiene, tira como una caballería!' Me quedé con la copla, vamos con la palabreja, como dirían por la zona de Cuenca. Nada dije porque entendí que se refería al músculo del mulo. Heraclio, un amigo, me acompañaba en ese momento y cuando nos fuimos le pregunte por 'brujones'. No la había oído pero medio la pista de 'burujos'. Y ahí ya me cuadraba pues había visto de pequeño esas pellas de lana cuando vareaban los colchones en los corrales: tenían la forma de un pequeño músculo desarrollado. ¿Brujones como distorsión de burujos? No sé, pero sigo. Cuatro años más tarde, en Cuba fui a dar con Gerardo, un negro alto, estilizado y con un elevado desarrollo en la musculatura de los brazos. Yo le ví que estaba trabajando sobre esa escultura en una madera casi inencontrable ya: roble caimán. Te la compro, si aún no está terminada, es igual, me la llevo así, vale. Acordamos el precio y no pude resistirme en manifestarle lo fuerte que estaba, igual que admiro una escultura de Miguel Ángel me gusta admirar un cuerpo bello. Ojo, los de gimnasio no me gustan. Gerardo, ya entrado en conversación me dijo: porque no conoces a mi padre, es mucho más fuerte que yo, tiene unos múculos de hierro, le llaman 'brujones'. Click, conexión instantánea: Gregorio, mulo, padre de Gerardo y palabreja. Ya no decidí indagar más: para mí brujones es una palabra que tiene músculo, que arrea mucho, que me provoca sonrisa, que me trae recuerdos y que es capaz de cruzar el Atlántico a nado.
Esto es todo. Ahora, refrescaros con la aguadora y su perfilada figura vista en sus trescientos sesenta grados. La tengo un inmenso cariño, aunque su base esté sin terminar. Algunas veces la miro y digo por lo bajini: brujones. Entonces me parece que del brazo que tiene la mano en la falda le sale un pequeño bultito.
Siempre he vivido con la obsesión del agua. Nunca me ha parecido excesiva su caída. Quizás la desproporción de un agua torrencial me hiciese repensar por un momento este amor por el agua. Pero sólo por un momento, mientras me llevase la corriente. Fue agricultor mi padre y, ahora, también yo lo soy y sé que nuestra relación con el agua es caótica, extrema, abusiva, interesada. Pero deliciosa, sin duda. Sólo recuerdo un año en el que el cereal se tuvo que volver a arar en febrero. Fue en el año 92, un invierno seco, caluroso. Ni siquiera ahijaron las plantas. Entonces imaginé una expresión más para mis gamas de verde: un verde afónico. Ahora, siempre que voy por el campo pienso que no quiero que se repita ese verde que en primavera sería cuando menos triste. Días como hoy miro cualquier rincón inculto de mi ciudad y expulsa verde, trina verde. Y sobre el campo no digamos. Es una como una forma de entender lo sublime cada año. Vendrá el verano y se cerrará ese ciclo del verde para el cereal: para entonces espero haberme calado de color.
Se que por mi casa R.L. Stevenson tiene mucha aceptación. Ya a Sofía le salió el diablo con José, en aquella magnífica entrada suya titulada 'Microscópica'. Ahora me toca a mí dicho escritor y no porque se me aparezca el diablo en la botella sino porque me aparece el veneno en toda su sutileza. Y me aparece por la raíz de una palabra que escuché el otro día en un pueblo manchego donde mantenía una conversación sobre vinos. Hablaba con el dueño de una bodega sobre los avances en la calidad de los vinos conseguidos en los últimos años en la Mancha y del problema de la comercialización. Alfredo, dueño de la bodega, me reconoció lo difícil de abordar una bodega con productos de calidad, superables en muchos casos a los afamados vino de Rioja y Ribera, por citar sólo dos denominaciones de origen. Y me dio su razón: el problema radica en la gente, aquí, de siempre, a la gente, lo único que le gusta es el baladre. Ya apareció la palabra: BALADRE. Yo le pregunté, ¿qué has dicho?, no porque no lo hubiera entendido sino por la repetición de la palabra que me había dicho. Baladre, vino malo. Inmediatamente busqué en diccionario. Baladre: adelfa, sobre todo en el arco mediterráneo de Murcia, Alicante, Castellón, Valencia. Pero volví a insistir con un señor mayor del pueblo, ya fuera de contexto, preguntándole directamente sobre el significado de baladre. No sólo no me confirmó su uso para el vino de batalla sino su utilización para fijar la maldad de las personas. Así, si se refieren a uno como que es más malo que el baladre, ya nos podemos hacer cuenta de lo intenso de su maldad.
Y busqué en el libro de botánica de Sofía, una guía de Incafo donde la información es muy exhaustiva. Y....tachán....encuentro que Teofrasto le atribuye a la adelfa una raíz roja y grande que cuando está seca despide olor de vino, produce una exhalación que posee la energía del vino y administrada con vino haría el carácter más dulce y jovial. Pero sólo lo haría y posiblemente sería un remedio para individuos de carácter desagradable pues la jovialidad prometida más se parecería a la frialdad de la muerte. La culpa: un silencioso veneno, un heterósido carditónico, vamos que traducido nos llevaría a taquicardias, arritmias y a palmarla seguro.
Y por éso aludí al comienzo a Stevenson, al veneno, al diablo. La palabra surgida en una conversación normal me lleva a pensar que existe una dulce mirada, una flor, una atracción conmovedora en la palabra adelfa. Hasta una profesora de Historia tuve llamada así. Adelfa sería el doctor Jekyll. Y baladre más me lleva, por su sonoridad, a pensar en esa poción del doctor derivándolo en mister Hyde. Baladre sería Hyde.
Despues de todo, la adelfas o baladres, son unas plantas muy generosas en nuestros campos, aportan luminosidad y fijan muy bien el terreno, aprovechando hasta la última gota de agua.
Hilario, tendrás que esperar a que haga la entrada tuya sobre aquella hermosa palabra que me dijiste 'Brujones' y que años mas tarde atravesaría el Atlántico para brotar de nuevo en Pinar del Río, Cuba. Ahora, si me lo permites, vamos a carear en ese hermoso pastizal de las palabras en el que revolcarse es un lujo, y también lo vamos a hacer sobre nuestro interior, sobre la música. Hilario, haré un cocktail de entrada, un popurrí mejor que es palabra, aunque francesa, que más se acerca a la mezcla de la suculenta olla podrida. Cocktail suena a pijo y a pajarita. Y careo:
Cuando ya las huertas tienen la temperatura y el buen tempero para plantar todo lo semillado dulcemente es cuando se acude a los viveros y tiendas a por la plantitas menudas. Ni que decir tiene que son muy sensibles al frío, no digamos a la helada. Pero mejor acudir a un hortelano, más sabio y más astuto que los abastecedores de los viveros. A mediados de Abril del año pasado y en el mismo mercado de los bolsos de limitación de piel (sic, auditiva) es cuando escuché la palabra por la que enhebro esta entrada. Quizás de las plantas más sensibles esté la del pepino. La mañana de mediados de Abril era fresca, siete u ocho grados. '¿Oye?, dirigiéndose un señor a un hortelano, ¿has traído plantas de pepino?' 'No, porque las tengo que tener aquí toda la mañana y con el viento y el frío que hace se me estremecen.' O se le echan a perder o se resienten, o se le fastidian. Señor, se quedó usted sin plantas de pepino ese día y yo me quedé con la copla de una palabra ululante de significado. ¡Lo que conlleva la palabra 'estremecer', lo que significó en ese momento, el fervor con que la acune/acuñe a mi vicio nada oculto del paladeo del idioma espontáneo que poco a poco se degrada!
Este es el careo sobre la avena loca y el vallico que es el sabio idioma y como la coctelera está reventona es por lo que le meto ahora esa taranta que ya apareció con calma en este cuaderno ( http://tempero-koroneiki.blogspot.com/2008/09/la-calma.html) y que ahora incorporo por las circunstancias que me atraviesan y que no dejan de estremecerme. La música nos es dada y con ella nos saturamos como nos convenga. La música que aquí traigo siempre me agranda, me satura de alegría, de emoción, rara vez se conjuga lo anterior con el estremecimiento. Ahora sí.
Cavarse
Cavarse es libre, que nadie me mida por ello, ajusto el piano a mi área y con ello invierto mi descanso, me digo tenue, me relajo armado de oquedades, me finjo laberinto, hilvano emociones, desencuentros, deseos, amor, suturas.
Cavarse es libre, sí, tú, piano acordado por esas manos que ni tan siquiera conozco pero que tan livianas me vienen en sus martillos. Hondura, lógica de mi discurso, esclusa por donde salir, gimiendo mis retamas por yo haber dado fuego y ellas haberlo desecho.
Cavarse es libre, piano, estremecerse es libre, piano.
Dejamos Córdoba, sus ríos y sus poemas para entrar en la escucha de las palabras. ¡Y qué mejor sitio que un mercado en la calle para ello! Uno despliega el oído y se encuentra con un sinfín de palabras y expresiones que se ajustarían como un guante a una prosa de lo más seductora. Os propongo: si os digo 'precios de cartera' probablemente así, en seco podéis pensar que se trata de lo que valen las carteras. O cualquier otra cosa. Pero uno va por el mercadillo y oye a la señora que aparece en la foto decir: 'Bolsos de l-imitación de piel a precios de cartera'. ¡Cómo no me voy a detener a captar ese instante tan literario! Sí, así lo considero. Y os juro que mi oído aún da para mucho. Seguro que en su mente tenía el concepto de 'imitación' de piel, oye que la señora era honrada, que no mentía, que no nos engañaba, que eran bolsos de imitación, que serían de piel sintética y mala, de esa que se despelleja al hacerle una mínima caricia. Pero repitió hasta la saciedad 'limitación de piel'. Estaba siendo doblemente sincera con una sola expresión: bolsos malutos con la piel limitada. Pero ¿y lo de a precios de cartera? ¡Señores de la Academia!, los tiempos de crisis son cruciales para ajustarnos las carteras, para no dejar volar los billetes, y los precios de cartera son los que son y nunca serán lo que no querríamos pagar. Porque en la cartera de un comprador/a que acude a los mercadillos ya hay una condición y es la de ser escasa o, al menos, parecerlo. Y si no fíjense en el marido, no lleva cartera y tan repleto. Así que cuando queráis preguntar por el valor de una cosa no os cortéis en decir si tiene precio de cartera. Y, hala, hala, a contárselo a los de la Academia.
No me fatigaré jamás viendo tanto olivo. Amo al olivo, al olivar, siento su fruto. Mando, elevo, siento mis piernas entre sus dominios. Eligo que me rodeen, que me emprendan. Se que soportan frío y calor, también participo. Su disposición, si anárquica, mejor. Si los hallo llenos de tierra férrea, no los suelto. Voy a ellos como ellos a mí: con torsión sangrante. La mímesis me enreda, agiliza mi postura. Si puedo, mi aire sentido engloba a la palabra.
Cayó al suelo una paloma que le partieron las alas, parece que convenía que el vuelo no levantara.
Ramita de oliva, del pico cayo ay rama del limonero, ramita de oliva, limonero no, cerca del limón el aire, los dos cerquita de tí, y limón,y aire y las hojas, verde y pintao, ramita de perejil.
Farruca inmensa. Letra de Francisco Moreno Galván interpretada en la voz comprometida de José Menese. Todo un clásico
Sí, Mérida tiene un fantástico acueducto, un teatro y anfiteatro envidiables. Un museo y restos arqueológicos por doquier. Escueto resumen porque me voy corriendo a esa tienda para el que no quiera aburrirse en la cocina. 'Tracamundeau'. Y no es que yo necesitase un exprimidor en mi visita a esa bella ciudad del teatro clásico. No. Como zumo de mi infancia vino una palabra que mi madre usaba continuamente cada vez que enredábamos sobre cualquier cosa a la que, seguro, practicábamos el inminente desorden. 'Iros de aquí que lo tracamundeáis todo.' Entonces yo no sabía ni lo que era un diccionario ni falta que me hacía. Sabía el significado y me bastaba. Ahora, unos treinta y cinco años más tarde, es cuando me he puesto a buscar el verbo. Nada. Lo más cercano es 'tracamundana' que se le parece bastante. Efectivamente, alboroto, trueque de cosas. Interesante eso que hoy he dado en llamar traqueteo de las palabras, como un viejo carro que viajara con muchas y a las que se les descuelga alguna letra, alguna sílaba. No hay prisa, ya se le añadirá lo que falte a esa palabra, que no se trata de una restauración fiel de una fachada. Sé que la infancia te viene de donde menos te lo esperas, desde una magdalena, un trineo o una tienda de electrodomésticos.