Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
El rumor de sus calles y callejuelas. Callizos: el hecho sustancial del lenguaje. La señora baja por la calle principal. A izquierda y derecha están los callizos. Una manera de nutrirse, los nombres. La emoción de descuidarse de una gran avenida, la sugerencia de un tal Pedro. El hechizo de la piedra, la calle en miniatura. Todo tan relevante.
Llega uno desde Castellón a Puertomingalvo y ya advierte la sensatez de un pueblo bien instalado. Tiene un hermoso castillo y unas hermosas vistas hacia Penyagolosa. Un pueblo acogedor en el que una rehabilitación bien llevada lo ha conducido a una hermosa identidad fuera del desastre y la herrumbre que predominan hoy en muchos pueblos castellanos. El olvido y la decadencia para mí son muy difíciles de digerir. Entrar en Puertomingalvo por la muralla y pasar por debajo del arco ya constituye una experiencia lúcida y hermosa. Una pequeña cuesta te lleva hacia el arco. El día que entraba junto a mis hijos sobrepase a un hombre, Domingo, que también se dirigía hacia el interior del pueblo. Me paré a su altura como quien intuye una nueva palabra. Dicho y hecho. 'Esta cuesta hincha.' No es que conozca todas las acepciones de 'hinchar' y hoy que las he mirado veo que la expresión de Domingo en la que más encaja es en la cuarta acepción. Pero yo, como tonto y que bien lo había entendido le pregunté: ¿Qué quiere decir con que 'hincha'? 'Pues éso, que hincha.' ¡Toma ya!, bien contestado. Pienso y le doy vueltas. Ya sé que me quiso decir que la cuesta era jodida y que cansaba subirla a sus noventa y dos años, edad que me reveló tras su reiterada respuesta a mis ganas de aclaración. Desde luego no quise yo hincharle más, tan sólo le solicité una foto que nos negó. Pero Sofía, descarada y audaz, mientras se detenía en un puesto de una feria medieval, se las hizo. De haberse dado cuenta seguro que se le hubiesen hinchado.
Encallar. Dígasenlo a un barco. A un barco grande mejor. ¡Ni mencionar ese verbo, esa palabra tan inamovible! Pero yo la traigo aquí, bajo mi caja torácica que es como un diccionario escaso pero con huellas indelebles. Cada palabra es una situación, una correspondencia, un saber escuchar. Rubielos de Mora, Teruel, pueblo señorial, perfecto, asequible, acogedor, silencioso (salvo si hay disco-móviles). Aunque suene a tópico: pueblo algo detenido. Los ingleses le concedieron la clasificación de 'slow city'. De regreso de una marcha discreta a dos de sus muchas ermitas nos encajamos en el pueblo Eliane, Luis Vicente y yo. Ya hacia casa saboreamos el compendio de huertas chicas. Pregunté a un señor por cierta verdura que no reconocía. Me dijo que tampoco sabía, que no era de allí, que era de Valencia pero que se había comprado allí una casa. Luis Vicente, dueño de la casa rural en la que estaba le dijo: pues para ser usted valenciano (él también lo es) no se le nota mucho el acento. Contestó el señor: '¿No se me nota? Porque no se encalla nadie a hablar conmigo de allí, sino ya vería.
Y apareció el verbo, verbo lento, verbo derivado de 'calle', verbo necesario para restringirse a un lugar, verbo necesario para hablar y condicionar un poco al tiempo.
Las ventanas son refugios hacia afuera, la permanente vista del horizonte, sus gestos de altas habitaciones, hacia adentro es como decir la almohada sobre la que reposo, las cortinas que nunca existieron, las baldosas que tantas veces pisamos, la lámpara sujetando tantas lecturas, hacia afuera se respira, hacia adentro se inspira, inspirar, respirar, la duda de la vida, el recuento de los átomos que nos aúnan, el código que nos hace fuertes por un instante, hacia afuera el resquicio, la posibilidad de una nube, la compleja cotidianeidad, la realidad de nadie exclusiva, el fugitivo que no sabe llorar, mi realidad, la suya, el acero templado.
De muchas clases los fuegos. El de la canción se refiere a otro. Una bella soleá. Pero otro es el triste:
Entrando de lleno en la ceniza cala en ancho su resultado. ¡Ved el velo de la tierra! ¡Ved que tiene la palabra negra, totalmente esparcida! ¡Ved, ved que tiene el aire limitado por el luto! ¡Ved un corazón enmarcado de adioses y largas esperas! Veo esa tierra quemada, me restriego los ojos con mis pezuñas de llorar.
Vemos claro. Vemos borroso. Vemos la profundidad que se nos abre.
Preferiría no hablar de sueños. Sé que al hablar de ellos una parte del, digamos, alma está resquebrajada. Pero mi sueño es que esa puerta tuviese uso. Mi sueño es que al mirar por la cerradura pudiese ver a Catalina. Catalina era soltera, guapa y más guapa cuando tendía la ropa en ese corral. Catalina sabía de nuestros ojos y de su cerradura y por éso cantaba más. 'Pasad', y lo decía de espaldas. Pasábamos. En un largo tronco cabíamos los cinco de la pandilla y ella. En verano sacaba una jarra de agua y un vaso. Íbamos bebiendo y nos contaba. Catalina en la escuela era algo más seria.
O'Carolan es un espléndido grupo de folk aragonés que recomiendo con fervor.
Van por el aire, ahora, las hojas, fuera de su otoño, caen al suelo, gestan ocres.
Reconozco que me entiendo mejor con el invierno que con el verano. En esta estación calurosa las palabras suben con dificultad a mis manos. No se si es pereza o soy yo. Me pido disculpas y decido restringir mi savia hasta que el frescor me acomode. Y sí, aun contradictorio, la savia me es más fluida a partir del otoño. Al álamo blanco que tenemos enfrente de nuestra ventana le ha ocurrido algo similar. Señal de las altas temperaturas hace a ciertos árboles perder sus hojas de modo anticipado. Una defensa inteligente de su propia vida el perder para mantenerse. El ejemplar de hoja que muestro es de ahora, de hace un día; el punto de luz de los álamos revela esa pérdida en amarillo. Gratos los ocres que difunde esa hoja. Como grato fue el anticipo de otoño que sirvió para ilustrar la noción de lo que es poesía en el cuaderno de nuestro hijo. Poema de Antonio García Teijeiro.
A la espera de las hojas de otoño, a la espera de vientos frescos, añado estas seguidillas de Eliseo Parra que van por el aire:
Estabamos paseando por las calles del pueblo hace unos días y Sofía fotografió ese saúco desde distintos sitios. Me interesa la última foto por la metáfora que entraña esa rama saliendo por entre las grandes puertas de una casa en la que hace años no vive nadie. Antonino, un personaje peculiar, pastor durante toda su vida y jubilado ahora, mientras nos deteníamos ante esa portada me dijo: 'Manuel, hay que ver lo que da de sí el abandono'. Abandono, soledad, silencio, satélites permanentes en muchos pueblos castellanos.
Hace tiempo que mi amigo Pepe me contó la historia de una señora de su pueblo cordobés, La Rambla. No me acuerdo del nombre de la señora, sí del hecho. Fue que ella tenía un jardín mimado, exento de hierbas, en perfecto orden. Cuando ella murió, aquel jardín derivó en selva. Le comenté a Pepe la facilidad que tienen las plantas para recuperar su lugar de origen. Y el me contestó con una frase que me enorgullece como ser vivo que soy y que ama la vegetación autóctona y espontánea: 'Manuel, cuando abandonamos la tierra, ésta nos muestra sus escrituras.' Efectivamente, lento, pero todo se recupera y cada planta vuelve a ocupar su lugar.
Según me contaron, en mi pueblo nadie recordaba ese árbol, el saúco. Ahora hay tres, en los corrales de tres casas abandonadas. Lo más seguro: semillas transportadas por algún pájaro: escrituras aéreas.
Una palabra como brindis. Soy adicto a las palabras y al vino (al bueno, que el rondar de los buitres merece serenidad). Hoy se despedía un compañero no de viaje, sí de trabajo. Se organizaba una comida en Alcorcón, en el Charrito. Uno bebe igual que conduce, con prudencia. Pero el octanaje activa y el vino asesora: '¿Qué quiere usted, blandirse contra sí mismo?' 'Pues sí.' 'Pues adelante, indujo.' Y es cuando divierto mi copa y mis labios, mi paladar registra el beneficio de la duda que no es otra cosa que es no dudar bajo ningún pretexto, que es el recoger lo que entiendes por esencia: Viña Sastre, Crianza, 2005, 15º. 6 copas. Ojo, esto no es apología del alcoholismo, es acogida del placer. Pero os dije palabra como brindis para reanudar. Mi compañero Gaspar en un momento avanzado-final de la comida me dijo: 'Manolo, ¿qué tal vas?' Le conteste: 'Rasado.' Él lo entendió a la primera como buen etnógrafo y salmantino que es. Sabía del uso de las fanegas (medidas antiguas) de trigo, o de cebada. Sabía que se rasaban las medidas cuando se llenaban los sacos de rafia con un fanega y media, unos ochenta y tantos kilos. Y a mi 'rasado' me contestó: 'Ten cuidado con el cogüelmo.'
Hala, a buscar 'cogüelmo' y a adivinar cómo acabé la jornada.
Uno prefiere derivarse a la deriva, entrar en una botella y darse a la mar. Podría darme a la bebida. Pero no. Me daré al mar, al gran sol, al oleaje, al temblor de la sal, pero, sin duda, a la deriva. En tierra sería devorado por los de arriba y tragarme la misma sería algo así como pudrirme. O sea, a la mar y en botella.
Hasta pronto y agradecido a tod@s.
Amor, cuando yo pienso en el mal que me das, terrible y fuerte, voy corriendo a la muerte, pensando así acabar mi mal inmenso.
Mas, en llegando al paso que es puerto en este mar de mi tormento, tanta alegría siento, que la vida se esfuerza, y no le paso.
Así el vivir me mata, que la muerte me torna a dar la vida. ¡Oh condición no oída la que conmigo muerte y vida trata!