martes, 10 de febrero de 2009

En la naturaleza nada hay superfluo



Averroes, con el título que encabeza esta entrada, me da paso a un tímido encuentro con ese olivo.


Patio de los naranjos

Mezquita, simbiosis de silencio
y alta costura de naranjos,
bosque de columnas en su interior,
en azahar vuela el mármol.
Convivencia late aquí,
donde hubo -hay- rezo secreto,
donde a mí más me yace este olivo,
abierto, casi descompuesto,
con vida plena junto a su fuente.




Esta soleá, menos obsesiva que la otra, es como si fuera su hija. Se notan, desde la entrada en ella, las mismas manos. Manos sutiles que alargan ya más las notas que la confieren. Al final, la soleá se emboca en rapidez, en cambio, pero es lo mismo sólo que en bulería.

sábado, 7 de febrero de 2009

Sé meticuloso



Me quedé mirando el interior de aquel espacio tan vivo. Ya sin ti.
De cuando estuvimos en Córdoba paseando por sus calles, por sus casas color albero. Tú ya la conocías, englobabas sus espacios como una luz insinuante. Me hablaste de allí, ese sencillo patio donde te confundías con el mar, donde los helechos podían asumir el exceso de pasión, donde cada paso, al entrar, sería un velado gemido por venir.

Me viste en el parque de Colón. Allí habíamos quedado. Aludí a las enormes palmeras de ese bello rincón. Tú aludiste a tu isla, como llamabas a ese espacio, rincón, mar retumbante. Me diste la mano que yo tensaba a la vez que te daba la vuelta con un beso. Vamos allá, al espacio acordado, me dijiste. Y fuimos allá. Entonces el invierno estaba madurando, terminaba. Las mimosas eran plenitud, todo pujaba. Llovía y no llevabamos paraguas, yo te rodeaba con mi abrigo. Nada más entrar vi que eras como la dueña de ese lugar. Todo tan sencillo, ocupando el lugar que nos merecíamos. Sé meticuloso, me dijiste levemente, pero no hacía falta esa mención. Sabías que te dedicaría una cadencia como la de la lluvia.

El interior de aquel espacio tan vivo donde ya sin ti.



Esta soleá de Vicente Amigo es la que me inspiró este relato o lo que sea. Su delicadeza es tal que me ha llevado a escucharla de un modo obsesivo, a intentar reponer esos dos toques fuertes y secos que se desmarcan de la suavidad del conjunto. Intentaba asemejar relato y memoria de soleá. Pero sólo era un intento.

viernes, 6 de febrero de 2009

La palabra a través de sus rumbos



Lo que traigo a este espacio no es sino parte de la nostalgia poética acumulada a mediados de los 90 y materializada en unas hojas de lo que di en llamar 'La palabra a través de sus rumbos'. Se que es un material que contiene mucha ingenuidad, pero también mucho impulso y mucha pureza. Ahora uno se plantea, se enrevesa, se pule, se bifurca y, aun así, acaba por no conformarse. Fue una época especialmente dura para el campo la de esos años. E incluso uno de ellos no se segó la cosecha por secarse anticipadamente en febrero. La sierra no cogió nieve, las fuentes apenas corrieron en invierno y los ríos anunciaban ya su languidez.
El inicio del poemario fue un poema dedicado a una zona de la sierra de Guadarrama que llaman la 'Mujer muerta':

Una, dos, tres,
mil, un millón,
son las lágrimas que el luto
no expulsa.


Dividí el poemario en secciones. Una de ellas fue la de 'Naturaleza inmensa'. Este poema ahí pertenecía:

Pienso de qué nos avisa el agua
cuando arremete con su caudal.
O cuando encije su postura
para ser hilo de voz o,
simplemente, nada.

El agua sin reflejos es poder,
es asalto a su doma,
es tierra violada a su quietud.
Es hambre y capricho. También belleza.

Su ausencia es memoria,
es riego de una agonía,
es tierra olvidada,
es huida, es tiempo de espera,
espejismos de reflejos.

¿De qué nos avisa?
De nuestro alarde,
de nuestra soberanía.
Si el agua se encalma,
o se sucede con justeza,
su reflejo nos avisa
de lo escasos que somos.


Y el último poema que muestro lo incluí en una serie titulada 'Recovecos', palabra que me evoca mucho. Lo dediqué a un pinar cercano al pueblo donde me crié:

Todavía se da el bosque al relato de sus sombras,
ése que nos cuenta la destreza del sol
en maniobrar el sentido de los árboles.

No quisiera yo atravesar las sombras secas
de los recintos que se dieron al juego.
Y es que el bosque se multiplica con la luz
y, con ella, en su amable trasiego,
las sombras se redactan.

¿Exijo mucho si pido la infinita lectura
de mi bosque, que sólo en ella,
la amable oscuridad nos descansa?


Ahora estos poemas continuarán por el cauce del descanso.

miércoles, 4 de febrero de 2009

De cómo un adjetivo se desmarca de su rostro




Otra palabra que me ronda. Hagámosla bajar para entregarnos a ella. Lugo es una ciudad en la que me siento cómodo y más desde que cambiaron el nombre de la calle de Carrero Blanco por el de Ronda das Fontiñas, toda ella llena de serbales que, llegado el otoño, nos dan la 'herida' acogedora de sus frutos encarnados. A Lugo, como a cualquier otra ciudad, desde la primera vez que la vi, la transité por todos sus costados, desde los más bellos hasta los menos gratos. De una ciudad se deben conocer éstos últimos. A Sergio, mi gran amigo se lo conté. Oye, Sergio he estado dando una vuelta por la muralla y hay muchas zonas derrumbadas, pero sobre una he tenido especial atención. Se trataba de la confluencia de las calles de Falcón, Tinería y Miño. Calles húmedas, donde nombres como 'Pulpería' veía por primera vez, para vender ultramarinos en su día. También había mujeres que entregaban su dosis desgastada de brillo y mundo a cambio de mil duros. No se te ocurra ir por allí que es un barrio muy demacrado, me dijo Sergio. Esta es la palabra, demacrado, que ahora entrego.

Pienso muchas veces en la circulación de los adjetivos y los adverbios. Salen henchidos de poética certidumbre. Cuando ocurre, me llenan como un buen texto, como un buen relato. El puzle de las palabras es tan inquieto como generoso. Para juntar palabras pienso que hay que ser atrevido y nada afectado. La buena literatura se nutre de dicho atrevimiento, pero lo asombroso es cuando ocurre de manera espontánea y a uno le parece la escucha un choque inmenso.

Pasan casi diez años desde ese barrio demacrado. Uno vuelve a pasear por la muralla y se encuentra una casa con una lámpara de rosas blancas. Casa bien nutrida. Y llega al barrio esperado. Ya no hay prostitutas, hay hoteles, bares y mucha rehabilitación.

Quiero pensar algunas veces en una prosa con carcoma, si es que pudiera existir, y de si admitiría restauración.

domingo, 1 de febrero de 2009

Pedro Delgado Gómez








Esta miscelánea de fotos que presento se explica con una palabra tremendamente acogedora para mí: encuentro. Tenía una ilusión este último sábado de enero. Perdón, teníamos. Pedro me había dado su teléfono, yo le había llamado el viernes por la noche. ¿Mañana a las 10? De acuerdo, en la Plaza de San Juan. Y allí estábamos los dos medio nerviosos, después de habernos correspondido en muchos correos, intercambiándonos canciones de flamenco en lo que hemos dado en llamar nuestra pequeña antología. Y allí estábamos conociéndonos ya medio conocidos, ante varios cafés. Que si mi profesión, que si los niños, que si la escuela, que si aquel gemelo tocaor murió, que si mis vídeos, que si Federico, que si la peña, que si el mundo de los blogs. Pues mira si nos ha servido, Pedro. Ya somos algo más que dos pantallas inquietas a trescientos kilómetros de distancia. Estuvimos recorriendo el silencio de ese Cáceres alto y bello. Me llevaste al aljibe. Luego te daré un poema por haberme llevado hasta allí, hasta el Palacio de las Veletas. Seguimos entre las voces de las piedras hasta dar con esa plaza de los Derechos Humanos, que vaya ironías contiene, prohibido (en bajito te dije el lema francés, 'Prohibido prohibir') y ese escudo que ni siquiera habías reparado hasta ahora, por suerte ya no vuela ese águila. Y allí, en pleno día de bullicio, donde niños y colegios daban alas a la paz en su día. Como tú eres, Pedro, libre, sencillo, acogedor, como un algibe. Gracias por haberte conocido. Te regalo esa bulería de nuestro gran Manolo Franco con título 'Aljibe'.




Algibe

No, no soy un agua encrespada.
Debí caer y quieta me hallo y
del reposo luego daré
una embestida a la boca sedienta,
a la boca que quiera detenerme.

jueves, 29 de enero de 2009

La abrupta sensación de ser empujado por la palabra

En la última parte de "Tu rostro mañana, 'Veneno, sombra y adiós'" de Javier Marías, dentro de su particular debate con el lenguaje, el protagonista, Jacobo Deza, hace mención al vocabulario utilizado por la joven Pérez Nuix, inglesa con ascendencia española:

"Hasta su vocabulario era escogido y preciso, de persona leída, no se me había escapado su utilización de vocablos no demasiado frecuentes, 'arrumbados', 'encomienda', 'rasos'. Tal vez era, pese a su ascendencia paterna, como esos ingleses que han aprendido mi lengua más en los libros que hablándola, y su español resulta libresco."

A parte de seguir disfrutando con la novela, fui guiado de inmediato a mi diccionario donde tengo apuntes a pie de palabras que han sido dichas a lo largo de todos estos años por personas y en situaciones diversas. Fue por la palabra 'arrumbados'. Hay palabras, a mí me sucede, que acaban pudiendo con todo el relato de una persona. Una de ellas es ésa. El dos de mayo de mil novecientos noventa y siete en un viaje hacia Cabeza del Buey, Badajoz, me paré en un pueblo chico llamado Galizuela. Razón: vi aun señor sentado en un pretil junto a una vaca.

-Buenos días.
-Buenos días, dijo.

Cesáreo entonces tenía ochenta años de miradas para desenredar con mucho gusto, dos colmillos sepultados de sarro, piel arada por el tiempo y ojos azules de gavilán.
Me han fascinado siempre esas miradas largas, repletas de serena soledad, esas miradas de horizonte que ocultan un enjambre de sentimientos. En el fondo son miradas tensas, repetidas y tristes. Miradas que han desgastado mucho terreno y donde la ilusión apenas coloca guijarros de colores y mantos aromados. Miradas silenciosas con mucho de qué hablar. Así es como miraba Cesáreo las aguas del Zújar cautivadas por el embalse de la Serena. O quizás dirigía sus ojos al terreno yermo que no había sido anegado: tierra pizarrosa e inmóvil.

Seguramente la base del pretil de la antigua carretera de Cabeza del Buey vio tanto como él. Y como Galizuela, su pueblo. Las casas delataban lo que él fue observando durante largos tiempos: esplendor, abandono y huida. Después de hablar del entorno, de las dedicaciones de la gente, del abandono del pueblo por mucha gente apareció la palabra. 'El pueblo está arrumbado. Las mejores tierras se han quedado dentro del pantano. Aquí ya no hay nada.' Le vi constantemente desconfiado. Dijo que ya lo tenía todo hecho y que firmaba 'la boba' al principio de los meses (la pensión). Su vaca 'Bruja' era quien le acompañaba.

He traido aquí esa palabra satélite como yo llamo a todas las que me rondan de manera definitiva en este presente.

martes, 27 de enero de 2009

Poesía




Papá, papá, tenemos que buscar una poesía para el día de la paz del colegio. Ellos no dicen poema, un poema. Vale Luis, dime algunas palabras relacionadas con la paz. Guerras, que se acaben, palomas, que tengan para comer, que tengan juguetes. Vale, Luis, suficiente. Vamos a dejar volar a las palomas por un rato. Y así surgió este poema, perdón, esta poesía a la que le puede sobrar alguna letra pero que se entiende.

domingo, 25 de enero de 2009

Cuaderno de Amado




Cuando veo esos cuadernos como el de Amado registro en mis ojos esa inmovilidad pueril que me hace precintarme a ellos. Me olvido de la hache, de que esté o no; es más, me hace ilusión que sea la ausente. La i cobra así un alto y peinado protagonismo. Miro la letra y percibo el temblor del que ha escrito poco, del que sólo precisa de la anotación justa, del esquema breve. El resto lo hará el trabajo. Amado trabajaba en un rincón lleno de herramientas, virutas y amor por las cosas sin prisa. Siempre tenía alguna visita. Quizás, para él, su cuaderno sea el lugar donde anotar los pedidos, para mí ese cuaderno es como una afrenta a la tecnología, como un resguardo en términos de alma y sinceridad.

miércoles, 21 de enero de 2009

Caligrafía



"Por eso tenemos que hablar de muchas cosas: del tiempo, de la imaginación , de las palabras, de la gente de las ciudades, del mar. Y por eso debemos aprender a mirar. Para ser poeta, sobre todo, hay que aprender a mirar." Lecciones de poesía para niños inquietos, Luis García Montero, Ed. COMARES.

Cosas así había estado leyendo Luis de un libro de poemas de Alberti para niños. ¡O para cualquiera! :

Me siento, mar a oírte.
¿Te sentarás, tú, mar, para escucharme?


Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.


De lejos tiene el mar conversación de bosque.
¿Tiene el bosque en su umbría conversación de mar?


Y cosas como las de la foto del cuaderno le estaba redactando hace tiempo a Luis para practicar caligrafía. Siempre le dicto frases que le hagan reír o pensar, o las dos cosas. Fue aquel día para mí un día especialmente bello por la lluvia. Muchas veces desde la privilegiada vista de mi casa me detengo a observar, a mirar como dice Luis Gª Montero. Y por mirar tanto, se puede acabar dictando esas cosas a los niños. "Luis, ¿has visto qué azul está el cerro?" Y Luis me miró mientras terminaba las frases, sonrió y me dijo: "Si ésto son como versos". Ahí es cuando me hizo pensar a mí, en su asociación con el libro de Alberti que había estado leyendo. Y en su sonrisa, llena de ingenuidad, picardía e imaginación.

Vuelve ahora a mí ese cuaderno, vuelvo a mi infancia, de cuando don Romualdo nos decía, escriban ustedes lo que yo les copie en el encerado y escríbanlo como si estuviesen acunando a las letras, despacito.



PLEAMAR (Arboleda perdida)

Quiero volver a aquellos dias de mi infancia junto al mar de Cádiz, aireandome la
frente con las ondas de los pinares ribereños, sintiendo cómo se me llenan de arena los zapatos, arena rubia de las dunas quemantes, sombreadas a trechos de retamas.

domingo, 18 de enero de 2009

Virutas





Virutas

Como traza quien vacía una madera
para hacer una figura, un objeto,
donde su uso cotidiano puede ser
síntoma de vivir, o al menos,
ser gesto de no quedarse parado.
Porque tiempo tendremos
de asemejarnos a esas virutas
de que se colma lo que sobra en la pieza.
Pues así, como quien lo perfila,
traza, elabora quiero sentirme:
un favor de su mano a la madera
y ya se inquieta el tiempo.


A Amado, hacedor de zuecas en su tiempo libre. Carmona, Cantabria.