Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
-Franchete, dígame algo de su campo. -Le digo, digo yo, ¿no le ve las espuelas al silencio? -¿Y éso es bueno? -Es lo que es. -¿Y qué tal se convive, así, tantos años como lleva? -No suelo hablar mucho de ésto. -¿Y le producen mucho estas viñas? -La viña antigua necesitaba mucha compañía, mucha charla, ¿sabe usted? De esta emparrada se encarga mi hijo. -Sí, ya sé, la mecanización. -Sí, un modo de campar el ruido.
Teresa es esa señora. Tiene acumulados junto a su mesa de cobrar muchos libros de la colección Austral. Ella es la dueña del Hostal-Restaurante 'Casa Tere', situado en la mitad del puerto de los Leones. Aún sigue en activo. Despacha cafés a primera hora. Sus uñas permanecen intactas, bien pintadas de rojo y largas.
En un bolsillo tengo mi poema. Es un trozo de papel por el que pasó una novela mientras esperaba el café.
Treinta y uno, campanadas y uvas. Pues no: aceitunas y palabras. Y, además, la grata sensación de traeros un par de palabras -una de ellas desconocida para mí- relacionadas con el buen hacer en la cura de las aceitunas. Porque comerlas así, tal y como están en las fotos, es un riesgo hacia lo amargo, un severo riesgo, corrijo. En la Alcarria le dicen al proceso de ablandado de aceitunas curarlas. Pero no es ésa la palabra que me proporcionó mi amigo Gabriel Pasero al paso de unos vinos junto al delicioso aperitivo de una aceitunas curadas por él. 'Un mes cambiándolas el agua, nada de sosa, quitándolas todos los días la sanguaza. Claro que antes tuve que sajarlas para que el agua las ablande. Y al final el aliño con romero, tomillo, ajo y laurel.' No sólo las palabras que no conocemos y que nos asaltan y que se están dejando de usar en esta época tan electrónica son las que me emocionan/asombran. Las actitudes y trabajos relacionadas con ellas también me producen igual satisfacción. Pero para las pérdidas, suficiente os dejo con el XLIII de Proverbios y cantares de Antonio Machado:
Dices que nada se pierde y acaso dices verdad; pero todo lo perdemos y todo nos perderá.
Que los años nos traigan todas las palabras posibles, remotas, escondidas, pero siempre llenas de fulgor.
Proverbios y cantares Antonio Machado
Dices que nada se pierde y acaso dices verdad, pero todos lo perdemos y todo nos perderá.
Es el mejor de los buenos quien sabe que en esta vida todo es cuestión de medida: un poco más, algo menos...
¿Dices que nada se crea? No te importe, con el barro de la tierra, haz una copa para que beba tu hermano.
¿Dices que nada se crea? Alfarero, a tus cacharros. Haz tu copa y no te importe si no puedes hacer barro.
Cuatro cosas tiene el hombre que no sirven en la mar: ancla, gobernalle y remos, y miedo de naufragar.
Entre esta misma ladera de olivos cercana a Almodóvar del Río han pasado más de cuatro años y dos estaciones. Verano donde todo queda agostado. Otoño donde la tímida hierba apenas consigue afirmarse. En la pequeña finca donde se halla el olivar hay ovejas que marcan sus senderos y comen dicha hierba. Olivar sostenible, desde luego. Olivar apenas productivo pero protector de la ladera.
Paisaje Poema de cante jondo, F.G.Lorca
El campo de olivos se abre y se cierra como un abanico. Sobre el olivar hay un cielo hundido y una lluvia oscura de luceros fríos. Tiembla junco y penumbra a la orilla del río. Se riza el aire gris. Los olivos, están cargados de gritos. Una bandada de pájaros cautivos, que mueven sus larguísimas colas en lo sombrío.
Otoño 2009
Tengan como asequible el sueño durante estos días.
El sol rompe la niebla centelleando, el sol rompe la niebla centelleando y el olivar se empina para elcanzarlo. Una noche serena, llena de estrellas, anuncia madrugadas más heladeras. Duérmete Joselito, no te desveles, que el manto de la noche guardar te quiere. Ea, la eaea, ea la nana, duérmete mi lucero de la mañana.
Uno, que es agricultor a tiempo parcial, ve estos campos de trigo que en su día vio y siente lo mismo: gente que se sabe en la tierra, que la cultiva con mimo, que lucha en ella. Uno se olvida de que existen las grandes producciones por unos instantes. Son producciones no ya sostenibles sino que se mantienen en un hilo y apenas dan de comer. Eso sí, se cuenta con la estética y el paisaje. A mí sí me interesa la estética y el paisaje; creo que a los pintores también.
A cambio, la agresión y la usura para con la tierra apenas existe. Es más, de haber un grave desabastecimiento a nivel mundial, serían de los últimos en perecer de hambre. Juan Echanove se atrevió el otro día en afirmar en El País que 'Dentro de 15 años, el que no lo cultive no lo va a comer'. Se refería a los productos que siempre han sido sabrosos y de temporada. A Él le ha dado por sembrar tomates en Madrigueras, un pueblo rojo en la sierra de Ayllón. Rojo por la piedra que caracteriza el lugar, sobre todo. Yo más bien añadiría que, el que pueda pagar bastante, comerá como es debido. Ójala que dentro de quince años se aprecien los alimentos más y se reflexione hacia donde vamos.
Y así concluyen en Nepal con la recogida del trigo. Con este inmenso color maduro y pleno uno no será rico pero será dichoso. Y no lo digo yo. Ya lo decía Horacio hace más de 2000 años en este precioso Epodo. (Que no se me asusten las mujeres con lo de 'púdica esposa'. Tampoco se me asusten con la mención a los esclavos. En lo demás creo que Horacio llevaba razón.)
El segundo Epodo de Horacio, en traducción de Enrique Badosa, dice:
"Dichoso aquel que lejos de negocios, como la primigenia raza de los mortales, ara el campo paterno con sus bueyes, libre de toda usura, y al cual, como a un soldado, no despiertan trompetas belicosas ni le asusta la mar embravecida, y se guarda del foro y del soberbio umbral del ciudadano poderoso. Así pues, o marida los crecidos vástagos delas vides con los álamos altos, o vigila en un valle retirado sus errantes rebaños mugidores, y con la podadera corta ramas inútiles e injerta otras que sean más fructíferas, o pone en limpias ánforas las mieles exprimidas, o esquila las ovejas de patas inseguras; o cuando Otoño eleva sobre el campo su cabeza adornada de frutos en sazón, cómo goza cogiendo las peras injertadas y uvas que rivalizan con la púrpura para obsequiarte, Príapo, y a ti, padre Silvano, protector de las lindes. Le complace yacer bajo una vieja encina, sobre el tupido césped; mientras tanto, las aguas se deslizan profundas por los cauces, en los bosques las aves se lamentan, y el murmullo del manar de las fuentes invita a un sueño leve. Pero cuando la estación invernal de Júpiter tonante junta nieves, ora acosa por todas partes con sus muchos perros al jabalí feroz hacia las trampas puestas en su camino, ora tiende con una larga vara redes de mallas finas, engaño para tordos comilones, y atrapa con el lazo la temerosa liebre y la grulla de paso, lo cual es un buen premio. ¿Quién con esto no olvida las amargas angustias que produce el amor? Y si, ademas, una púdica esposa participa en cuidar de la casa y a los queridos hijos, e igual que una sabina o la mujer de un diligente ápulo, quemada por los soles, pone leña seca en el sagrado hogar cuando llega el marido fatigado, y encerrando el ganado bien nutrido en el redil trenzado, deja secas sus ubres distendidas, y si extrae de la dulce tinaja un vino de este año, y prepara manjares no comprados, no me gustaría más que las ostras del Lucrino, tampoco el rodaballo o el escaro de Creta, si acaso una tormenta atronadora en los mares de Oriente los trajese a esta mar; ni el pájaro africano ni el francolín de Jonia irían a mi estómago más agradablemente que la oliva cogida del árbol cargadísimo, que la acedera amante de los prados, que las malvas benéficas para el cuerpo doliente o que la corderilla que se inmola cuando las Terminales, o un cabrito arrebatado al lobo. Durante estas comidas, qué agradable es ver que las ovejas regresan al redil, después de haber pastado; ver los bueyes, exhaustos, cómo arrastran con el lánguido cuello el arado invertido, y ver a los esclavos nacidos en la casa, enjambre que denota riqueza, colocados en torno a los brillantes Lares". Después de decir ésto, el usurero Alfio, casi pronto a volverse labrador, recupera en los Idus su dinero y en las Calendas busca colocarlo.
Otra ventaja del campo: la escucha de los pájaros.
Los pájaros son clarines y en medio los cañaverales que le dan los buenos días y al divino sol que sale.
"Un frío afilado quizá en los días precedentes. Un viento estancado de gato blanco que persigue su cola." Alicia (Su cuaderno, aquí)
Laicismo
Habrá de ser la nieve el primer templo de la mañana al que yo asista. Mi laicismo me lleva a creer en un dios blanco, mantenido a base de silencio y siendo sus formas las del dispendio absoluto de la luz. A ese dios sí le comulgo todo lo que nutre, Él sí deja espacios en blanco, ésos sobre los que miras con el afecto desbordado de la infancia. Y es por lo que afirmo de este dios su portento para prolongarnos. Cae la nieve y, tras el vaciado de sonido consigo, logramos ver lo elemental de la tierra, su efervescente igualdad, quietud. Luego habrá de recibirse la incógnita de cada huella, nuevo preludio de la imprescindible vida.
"Hago del silencio una cadencia sin rigor. Puedo sentirlo y apremiarme a hablar, a sonreír, a excitar la palabra. Quizás, por no sacudirme, me revelo en el silencio como un intento de fuga.
Así, alargado sobre la vía, me quedo. Así, silencioso. Sabía que me despedía de la ejecución de un sueño. El desconcierto de la ida, el posible retorno, la nada, la eternidad, el todo, la obsesión, el silencio, la cadencia.
La niebla, su fascinación para silenciar. Y yo en claro desmonte dispuesto a repoblarme. Un irse, mientras yo, anclado a la tierra, comienzo a desvelar las palabras que, de momento, acumulo en un saco."
El mar presume de hondura y el tiempo de su saber el mar presume de hondura el viento, de su poder la tierra de su estatura y el hombre, no sé de qué
Prepárate para morir me dice la voz del tiempo y es el martirio más lento que se puede recibir ¿por qué no existe el remedio?