Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
Antes de seguir con ese tren me apecece bajarme a mi sierra madre, la sierra de Valsaín, donde sus pinos con una corteza finísima escogen al cielo como aliado. Los pinos de allí permiten a uno respirar cuanto quiera, ellos provocan silencio. Ellos son los dueños de la enorme costura vegetal de ese valle que a tinta fresca protegida por la nieve labra el Eresma. Eres más, siempre le digo yo por lo bajini, parece un juego de palabras, pero no, eres más, un río, unos senderos, un alimento, un recorrido, un acercarte a mi boca en el sentido más puro de mi sed, cuando no hay grifos, cuando no hay fuentes, cuando soy animal en ti, tantas veces como te he recorrido sólo, entrenando, ahora andando, subiéndote a la Fuenfría, mirando arriba el montón de Trigo, ese cónico cerro granítico, esos siete picos que ya podrían ser veinte. Respiro, sí, quizás lo necesite.
Antes de tomar el tren que nos llevaría Arenales tomamos unos cafés en la cantina. Buenos días, ¿qué va a ser?/Dos cafés/¿No son de aquí? Claro que no éramos, claro que se veía, claro que lo sabía. Siempre pensé que los taberneros de estaciones son el gesto del tiempo, nada mejor que verlos la cara para pensar 'aquí se resume este jodido pueblo' o 'aquí merece la pena retenerse' o '¿qué hacemos aquí?' Y nuestros cafés fueron servidos en vasos metálicos y vaciados con una pregunta: ¿van Ustedes a Arenales?/Sí/Tendrán muchas paradas, hoy hay movimiento. Al tren parecía no subir nada más que trabajadores de mina. Morrales atestados y una pala. Pero Arenales era como un oasís excesivo, monumental. Era el centro de comercio de toda la región, separado a cien millas de Fauces. Ningún pueblo intermedio, todo desierto. El tren arrancó con el mismo agotamiento con que llegó, con el mismo humo y con la misma forma de respirar. A unas diez millas hizo su primera parada. Confirmación: ninguna estación demandaba la parada. ¿Entonces? Un grupo de trabajadores se bajaba e iba desenredando la arena acumulada sobre la vía durante la noche de viento. Hicimos trenta y cinco paradas. Todas de arena. Observamos una cosa rara: nadie miraba por las ventanas. El paisaje era ondulado con mucha mata reseca y lo más perseverante: sombras como de águila, multitud de sombras durante todo el camino. Rodeando, bordeando la silueta del tren. Al vernos nos dijeron: dan mal augurio, no vive nadie por éso./Si lograsen ver el techo lo verían lleno de zopilotes reposados. Llegamos a Arenales y una gran manta negra partió desde lo alto del tren hacia Fauces por el cielo. Todo el mundo miraba al suelo.
Mientras oscurecía el tren seguía su pista perfectamente calibrada. Viajábamos en un tren de esos de traqueteo permeable, de los de humo abundante, de los de tiempo almacenado. Dijimos a modo de broma: viajaremos en un tren donde podamos contar las traviesas si nos aburrimos. Podíamos contarlas desde las ventanas laterales o desde el balcón trasero. Pero no hubo necesidad, como de dormir, que sólo a ojo abatido por el cansancio decidíamos recostarnos el uno junto al otro. Treinta y dos horas llevábamos desde nuestra salida en Ocal. El gesto del paisaje, más allá de parecernos anodino nos resultaba tan silencioso como efervescente: las hostiles estridencias de los descomunales cáctus predominaban. El interior del tren era como una aspersión de personajes, animales, cajas, sed y sueños. ¡Claro que éramos unos gringos para ellos! Pero nos veían tan descalzos que para nada ocultaban el riesgo de vaciarse. ¿Y adónde va Usted?/Sólo trato de llegar y nadita lo pise ire al arroyo a afeitarme estos caños que llevo de dos días. Pediré labor. Llevaba las uñas abatidas. ¿Y Ustedes, adónde van?/Sólo seguimos a este tren. Nos miraba las manos también, las teníamos agarradas. Ustedes trenzan felicidad, dijo./(Una leve sonrisa le apuntamos.) En Fauces se bajaría ese hombre, y nosotros. El río amplio se reinventaba todo el día allí, las nuevas empresas demandaban cada día más y más trabajadores. Todo se renovaba con velocidad exclusiva, excepto el tren, que seguía a carbón.
Detalle del brote de una rama del castaño caído. (Última foto)
Uno se incorpora a la carrera, la de correr a diario, como un azor que siempre sustrae imágenes, palabras, voces, singularidades, momentos exclusivos. Hace días corría por los montes de Elizondo, Navarra, cuando en una ladera ví caído ese castaño imponente. A partir de ese momento dije: tenemos que venir a fotografiarlo, es como un símbolo. En la zona de Elizondo apenas quedan castaños y los pocos que quedan ya están acosados por las llamas que provocan los ganaderos que desean conquistar más terreno para pastos, o por las múltiples enfermedades, o por la desidia, o por su vejez palmaria. Pero antes de fotografiarlo, seguí el curso de mi carrera no sin respirar unos versos. Suelo hacerlo sobre las cosas que me surgen. Evidentemente los voy repitiendo como una letanía y muchos no puedo albergar. Pero me centro en los escasos que paro y llegado el momento de un lápiz los transcribo, y los dejo como están. Luego, por supuesto, trato de continuar el poema. Pero lo que sí tengo claro son los poemas iniciales, pues bien sudados sí están.
Así fui con estos versos mientras corría, dedicados a ese castaño:
Te has caído ya, viejo arquitecto, del suelo, del que eras su máximo partícipe.
Así vengo a completarlos ahora:
Castaño y viento acumulado, tránsito final de quien tenía la ladera como propia. No era pedir tu potestad, era dar para los días de fuego, para los días devotos de frío. Era sombra viviente tu verano, era insistir en tu vida, en la suya, en la nuestra.
Un árbol caído, tendidos tantos años, y aún, una antorcha verde insiste.
Ayer, mientras atravesaba la calle para acercarme al colegio a recoger a mis hijos vi como un alumno, ya mayorcito, cruzaba la misma calle por donde yo, por donde no era debido, según las normas de circulación, de ciudadanía o del buen caminar. Llegado el mayorcito junto al maletero del coche de su madre para dejar la mochila recibe una pregunta: '¿Oye, Alberto, para que están los pasos de cebra?' El mayorcito, instantáneo y aún cercano a mis oídos le contestó a su madre: 'Para cruzarlos sin cebra'.
Lo que digo, el buen humor no está ni en la tele ni en los teatros. Está en la calle, en el saber escuchar a tiempo lo que cae a tiempo. Nada más por hoy.
Hilario, tendrás que esperar a que haga la entrada tuya sobre aquella hermosa palabra que me dijiste 'Brujones' y que años mas tarde atravesaría el Atlántico para brotar de nuevo en Pinar del Río, Cuba. Ahora, si me lo permites, vamos a carear en ese hermoso pastizal de las palabras en el que revolcarse es un lujo, y también lo vamos a hacer sobre nuestro interior, sobre la música. Hilario, haré un cocktail de entrada, un popurrí mejor que es palabra, aunque francesa, que más se acerca a la mezcla de la suculenta olla podrida. Cocktail suena a pijo y a pajarita. Y careo:
Cuando ya las huertas tienen la temperatura y el buen tempero para plantar todo lo semillado dulcemente es cuando se acude a los viveros y tiendas a por la plantitas menudas. Ni que decir tiene que son muy sensibles al frío, no digamos a la helada. Pero mejor acudir a un hortelano, más sabio y más astuto que los abastecedores de los viveros. A mediados de Abril del año pasado y en el mismo mercado de los bolsos de limitación de piel (sic, auditiva) es cuando escuché la palabra por la que enhebro esta entrada. Quizás de las plantas más sensibles esté la del pepino. La mañana de mediados de Abril era fresca, siete u ocho grados. '¿Oye?, dirigiéndose un señor a un hortelano, ¿has traído plantas de pepino?' 'No, porque las tengo que tener aquí toda la mañana y con el viento y el frío que hace se me estremecen.' O se le echan a perder o se resienten, o se le fastidian. Señor, se quedó usted sin plantas de pepino ese día y yo me quedé con la copla de una palabra ululante de significado. ¡Lo que conlleva la palabra 'estremecer', lo que significó en ese momento, el fervor con que la acune/acuñe a mi vicio nada oculto del paladeo del idioma espontáneo que poco a poco se degrada!
Este es el careo sobre la avena loca y el vallico que es el sabio idioma y como la coctelera está reventona es por lo que le meto ahora esa taranta que ya apareció con calma en este cuaderno ( http://tempero-koroneiki.blogspot.com/2008/09/la-calma.html) y que ahora incorporo por las circunstancias que me atraviesan y que no dejan de estremecerme. La música nos es dada y con ella nos saturamos como nos convenga. La música que aquí traigo siempre me agranda, me satura de alegría, de emoción, rara vez se conjuga lo anterior con el estremecimiento. Ahora sí.
Cavarse
Cavarse es libre, que nadie me mida por ello, ajusto el piano a mi área y con ello invierto mi descanso, me digo tenue, me relajo armado de oquedades, me finjo laberinto, hilvano emociones, desencuentros, deseos, amor, suturas.
Cavarse es libre, sí, tú, piano acordado por esas manos que ni tan siquiera conozco pero que tan livianas me vienen en sus martillos. Hondura, lógica de mi discurso, esclusa por donde salir, gimiendo mis retamas por yo haber dado fuego y ellas haberlo desecho.
Cavarse es libre, piano, estremecerse es libre, piano.
Todo lo que se puede leer está sacado de la página oficial de Kepa Junkera tras la publicación de su disco 'Etxea'. Lo único propio son estas escasas palabras que son de agradecimiento a todos los que volamos y a todos los que se van.
Urzo Xuria (Paloma blanca)
Es lo de menos que esta melodía sea de Mozart o importada de algún lugar. Lo importante es que sea traída y llevada por una paloma blanca. Simplemente le pedimos que tome alojamiento en nuestra casa, por una sóla noche, a fin de que no pierda encanto. Quese marche luego en su belleza voladora, en la esperanza de que volverá de nuevo.
URZO XURIA
Izar batek zerutik klaritatez beterik gauaz ere argitzen dizu beste ororen gainetik dudatzen dut baduienez mundu huntan parerik. (Bis)
Izar haren begia hain da xarmagarria koloriak xuri-gorri perfekzionez betia eria ere senda liro haren begitartiak. (Bis)
Urzo xuria errazu norat juaiten ziren zu. Espainiako bortiak oro elur dituzu gaurko zure ostatu gure etxian baduzu. (Bis)
Ez nau lotsatzen elurrak gutiago gau ilunak. Zurekilan pasa nitzake gauak eta egunak gauak eta egunak desertu eta oihanak. (Bis)
Urzoa eder airian ederrago mahainian. Zure parerik ez da Espainia guzian ez eta ere Frantzian iguzkiaren azpian. (Bis)
URZO XURIA
Una estrella resplandece en el firmamento y destaca en la noche entre todas las demás; dudo que haya otra en el mundo que se le pueda equiparar.
Es tan encantadora su mirada, su color sonrosado, plena de perfección, su rostro podría hasta curar a un enfermo.
Dime a dónde vas, blanca paloma. Todos los puertos de España están cubiertos de nieve; hospédate esta noche en nuestra casa.
No me asustan ni la nieve ni la noche cerrada, contigo podría pasar noches y días. Noches y días y desiertos y selvas.
La paloma es hermosa volando y más hermosa en la mesa. No he visto otra como tú en toda España, ni en Francia, ni bajo el sol.
Entra esponjado por la guitarra. Seguro de respirar lento, exclamando la virtud serena de una cintura, sintiendo sus piernas habilitadas. ¿Será por quien se ajusta su arco, por quien nutre su lenta andadura? ¿Será por Ella?
¡Tango!, si no es de Ella no me muevo, si no creces en su gesto, no me muevo, si no aplazas tu veloz no me muevo. ¡Tango!, ciérrame en ella, hazme hermético, íntimo, soberano, si no es de Ella, ya sabés.
Violonchelo, te involucran el fuelle y el violín, te ocultan. Toca bailar, toca trenzarse, toca sentir. Toca el piano entretanto, nos viene la agudeza del roce. Apuesta el violín más, el roce, el gozo, los rostros, el ímpetú, estar calcinados.
Y sentao junto al jogón a esperar que venga el día, al cimarrón le prendía hasta ponerse rechoncho, mientras su china dormía tapadita con su poncho.
Martin Fierro (José Hernández)
Guarda todavía mucho mar Ella. Guarda mucha tierra llana. Guarda una palmera mugiente. Guarda un reinado sutil. Guarda la filosofía de la inquietud y el sosiego. Guarda a muchos, se guarda Ella. Guarda la espera enfilando al tiempo, a las olas que transitan. Guarda la luz, la lluvia. Guarda la hierba, los acantilados. Guarda los ríos, los molinos. Guarda de todo y a tiempo, a gota nos lo muestra. Guarda Guada.
Luciana empezó a estornudar, así, con ese ton que conlleva al son de la moquera. Las salvas estornutorias le venían siempre que Inés limpiaba el polvo de la casa. Ahhhhchisttt. Ines se planteó momificar al polvo y no elevarlo a los altares de la atmósfera, pero no iba con ella. En su profesión de grabadora reinaba la asepsia, el polvo era el mayor enemigo para un buen grabador. Ahhhhchisst. Luciana, deberíamos hacerte las pruebas de la alergia a ver qué dan.
Buenas tardes. Buenas tardes, ustedes dirán. Mire, creo que la niña tiene alergia al polvo, o a los ácaros o a qué sé yo. El caso es que estornuda siempre que limpio el polvo en casa y es que mi relación con el polvo es de una hostilidad absoluta, no puedo con él, no lo soporto. El doctor le hace una línea de siete picaduras con una ligereza indolora. En una de ellas marca una cruz, justo en la que vierte la gota del alergeno del polvo. En el resto de picaduras va el olivo, las gramíneas, el pelo, los ácaros, las arizónicas y la saliva de perro. No pasó ni un minuto cuando la única picadura que aventajó al resto en una proporción volcánica fue la de la cruz. Un volcancito que subía es lo que estaba viendo Luciana brotar, crecer sin cesar. Esperaba una erupción en cualquier momento.
Luciana en seco y en caliente brasa dijo a ambos: ¡Pero si soy alérgica a Dios!
A partir de ese momento el alergólogo, para no alborotarse en sus creencias, decidió cambiar la cruz por el punto en la señal.
Este relato se lo agradezco a Inés González y a su hija Luciana, la niña que está en la tira de fotos.