sábado, 18 de abril de 2009

Verde, verde o su afonía


Río Baztán, a su paso por Elizondo


Siempre he vivido con la obsesión del agua. Nunca me ha parecido excesiva su caída. Quizás la desproporción de un agua torrencial me hiciese repensar por un momento este amor por el agua. Pero sólo por un momento, mientras me llevase la corriente. Fue agricultor mi padre y, ahora, también yo lo soy y sé que nuestra relación con el agua es caótica, extrema, abusiva, interesada. Pero deliciosa, sin duda. Sólo recuerdo un año en el que el cereal se tuvo que volver a arar en febrero. Fue en el año 92, un invierno seco, caluroso. Ni siquiera ahijaron las plantas. Entonces imaginé una expresión más para mis gamas de verde: un verde afónico. Ahora, siempre que voy por el campo pienso que no quiero que se repita ese verde que en primavera sería cuando menos triste. Días como hoy miro cualquier rincón inculto de mi ciudad y expulsa verde, trina verde. Y sobre el campo no digamos. Es una como una forma de entender lo sublime cada año. Vendrá el verano y se cerrará ese ciclo del verde para el cereal: para entonces espero haberme calado de color.



miércoles, 15 de abril de 2009

El extraño caso de doña Adelfa y el Vino Baladre



Se que por mi casa R.L. Stevenson tiene mucha aceptación. Ya a Sofía le salió el diablo con José, en aquella magnífica entrada suya titulada 'Microscópica'. Ahora me toca a mí dicho escritor y no porque se me aparezca el diablo en la botella sino porque me aparece el veneno en toda su sutileza. Y me aparece por la raíz de una palabra que escuché el otro día en un pueblo manchego donde mantenía una conversación sobre vinos. Hablaba con el dueño de una bodega sobre los avances en la calidad de los vinos conseguidos en los últimos años en la Mancha y del problema de la comercialización. Alfredo, dueño de la bodega, me reconoció lo difícil de abordar una bodega con productos de calidad, superables en muchos casos a los afamados vino de Rioja y Ribera, por citar sólo dos denominaciones de origen. Y me dio su razón: el problema radica en la gente, aquí, de siempre, a la gente, lo único que le gusta es el baladre. Ya apareció la palabra: BALADRE. Yo le pregunté, ¿qué has dicho?, no porque no lo hubiera entendido sino por la repetición de la palabra que me había dicho. Baladre, vino malo. Inmediatamente busqué en diccionario. Baladre: adelfa, sobre todo en el arco mediterráneo de Murcia, Alicante, Castellón, Valencia. Pero volví a insistir con un señor mayor del pueblo, ya fuera de contexto, preguntándole directamente sobre el significado de baladre. No sólo no me confirmó su uso para el vino de batalla sino su utilización para fijar la maldad de las personas. Así, si se refieren a uno como que es más malo que el baladre, ya nos podemos hacer cuenta de lo intenso de su maldad.

Y busqué en el libro de botánica de Sofía, una guía de Incafo donde la información es muy exhaustiva. Y....tachán....encuentro que Teofrasto le atribuye a la adelfa una raíz roja y grande que cuando está seca despide olor de vino, produce una exhalación que posee la energía del vino y administrada con vino haría el carácter más dulce y jovial. Pero sólo lo haría y posiblemente sería un remedio para individuos de carácter desagradable pues la jovialidad prometida más se parecería a la frialdad de la muerte. La culpa: un silencioso veneno, un heterósido carditónico, vamos que traducido nos llevaría a taquicardias, arritmias y a palmarla seguro.

Y por éso aludí al comienzo a Stevenson, al veneno, al diablo. La palabra surgida en una conversación normal me lleva a pensar que existe una dulce mirada, una flor, una atracción conmovedora en la palabra adelfa. Hasta una profesora de Historia tuve llamada así. Adelfa sería el doctor Jekyll. Y baladre más me lleva, por su sonoridad, a pensar en esa poción del doctor derivándolo en mister Hyde. Baladre sería Hyde.

Despues de todo, la adelfas o baladres, son unas plantas muy generosas en nuestros campos, aportan luminosidad y fijan muy bien el terreno, aprovechando hasta la última gota de agua.

lunes, 13 de abril de 2009

Querencias: Con el permiso de su descaro




Decir a estas alturas que palidezco por un olivo sobra. Ya mi correo electrónico corresponde con una de las variedades de aceituna de la isla de Creta: Koroneiki, que, por cierto, ofrece un aceite entre dulce y afrutado sensacional. Y si retrocedo a mi pasado bien diré que mi correo comenzaba con ELAYON, en griego Olivo. Por eso, si tengo que hacer un buen regalo lo hago de aceite o, en su defecto, de alguno de mis árboles singulares con que me ido sorprendiendo.

Dos olivos regalo a esa niña de las tapias tan pizpireta: SHANDY.
http://sinpermisodetucaranilicenciadeustedes.blogspot.com/

El primer olivo está localizado en el término municipal de Chinchón. Es un olivo al que amo mucho porque junto a él amé un día a una de las personas que más quiero en esta vida, un amor henchido, de ahí su relación de intimidad conmigo.
El segundo olivo lo encontramos en Arganda, casi entre polígonos y pegado a la autovía. No es un olivo rojo, pero como si lo fuera. Encarna la solicitud de la sangre y del color. Por éso sólo ya me invade.

Rectifico, del primer olivo le hago un préstamo, el segundo es el regalo propio.

Y como música, no puedo sustraerme a Mayte Martín en una siguiriya con un compás ligeramente acelerado de letra justa y conmovedora donde renegar de Dios es una opción. Que te guste, que os guste.

martes, 7 de abril de 2009

Arcadio



Hervían las calles de Arenales. Los que entraban desde Fauces, por un costado del pueblo; por el otro, los que venían en barco desde el otro lado de la bahía. De Hundual, el resto. Herramientas y comida era la usual compra. Y las tabernas, para poder hacer el viaje de regreso que algunos retardaban por haberse anclado en exceso en las maderas somnolientas de los relatos de la noche. En cada mesa de cada taberna siempre había una historia, te sentabas un rato y siempre alguien acababa a tu lado diciéndote: 'Hermanos, dejé en Fauces, siete hijos doblando su suerte'. Y claro, dicho así, tú no puedes callar. Y eso es lo que nos dijo un señor que se sentó a nuestro lado mientras tomábamos una cerveza. Vine a comprar este saco de sogas/¿Y para qué las quiere Usted?/Para tener bien amarrada la suerte. Ya tenía unas cuantas copas el señor. Aun así, dimos plática durante dos horas. Bien nos dijo: 'El alcohol da humanidad y le da al día un perfume de noche fiera.'

Sabíamos que el tren continuaba a lo largo de toda la costa hacia Hundual, pueblo de pescadores. Cuando tomábamos el tren hacia allí, en sentido contrario partía otro hacia Fauces. Nuestro tren era resplandeciente, bajo el de Fauces gobernaba la sombra. Coincidimos en la mañana con Arcadio, justo antes de montar. Estuve allí toda la noche, ¿dormieron Ustedes?/ Sí, en una pensión cercana a la taberna./Les deseo buen viaje a Hundual, pueblo de redes, yo me voy con las maromas. Arcadio era pocero en Fauces, nos contó que el agua solo salía si la buscabas, que era pocero de profundidad porque no había otra, que el agua se sumía constantemente. 'No dejen de ver la Isla de los Albatros', nos dijo.

El tren arrancó hacia Hundual y ya el mar estaba lleno de siluetas aladas. Todo el mundo iba pegado a las ventanas. Ella, enfundada a mi oído me dijo:

Le Poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l'archer;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l'empêchent de marcher.

Yo, acordándome de Arcadio, le devolví:

Car j'éprouve une joie immense quand je tombe
Dans le gosier d'un homme usé par ses travaux,
Et sa chaude poitrine est une douce tombe
Où je me plais bien mieux que dans mes froids caveaux.

El tren ya era mar. Nosotros sueños dentro de un poeta en el aire y Arcadio sueño del vino.

domingo, 5 de abril de 2009

Costuras vegetales



Antes de seguir con ese tren me apecece bajarme a mi sierra madre, la sierra de Valsaín, donde sus pinos con una corteza finísima escogen al cielo como aliado. Los pinos de allí permiten a uno respirar cuanto quiera, ellos provocan silencio. Ellos son los dueños de la enorme costura vegetal de ese valle que a tinta fresca protegida por la nieve labra el Eresma. Eres más, siempre le digo yo por lo bajini, parece un juego de palabras, pero no, eres más, un río, unos senderos, un alimento, un recorrido, un acercarte a mi boca en el sentido más puro de mi sed, cuando no hay grifos, cuando no hay fuentes, cuando soy animal en ti, tantas veces como te he recorrido sólo, entrenando, ahora andando, subiéndote a la Fuenfría, mirando arriba el montón de Trigo, ese cónico cerro granítico, esos siete picos que ya podrían ser veinte. Respiro, sí, quizás lo necesite.

viernes, 3 de abril de 2009

Todo el mundo miraba al suelo



Antes de tomar el tren que nos llevaría Arenales tomamos unos cafés en la cantina. Buenos días, ¿qué va a ser?/Dos cafés/¿No son de aquí? Claro que no éramos, claro que se veía, claro que lo sabía. Siempre pensé que los taberneros de estaciones son el gesto del tiempo, nada mejor que verlos la cara para pensar 'aquí se resume este jodido pueblo' o 'aquí merece la pena retenerse' o '¿qué hacemos aquí?' Y nuestros cafés fueron servidos en vasos metálicos y vaciados con una pregunta: ¿van Ustedes a Arenales?/Sí/Tendrán muchas paradas, hoy hay movimiento. Al tren parecía no subir nada más que trabajadores de mina. Morrales atestados y una pala. Pero Arenales era como un oasís excesivo, monumental. Era el centro de comercio de toda la región, separado a cien millas de Fauces. Ningún pueblo intermedio, todo desierto. El tren arrancó con el mismo agotamiento con que llegó, con el mismo humo y con la misma forma de respirar. A unas diez millas hizo su primera parada. Confirmación: ninguna estación demandaba la parada. ¿Entonces? Un grupo de trabajadores se bajaba e iba desenredando la arena acumulada sobre la vía durante la noche de viento. Hicimos trenta y cinco paradas. Todas de arena. Observamos una cosa rara: nadie miraba por las ventanas. El paisaje era ondulado con mucha mata reseca y lo más perseverante: sombras como de águila, multitud de sombras durante todo el camino. Rodeando, bordeando la silueta del tren. Al vernos nos dijeron: dan mal augurio, no vive nadie por éso./Si lograsen ver el techo lo verían lleno de zopilotes reposados. Llegamos a Arenales y una gran manta negra partió desde lo alto del tren hacia Fauces por el cielo. Todo el mundo miraba al suelo.

miércoles, 1 de abril de 2009

Excepto el tren





Oscurecía


Mientras oscurecía el tren seguía su pista perfectamente calibrada. Viajábamos en un tren de esos de traqueteo permeable, de los de humo abundante, de los de tiempo almacenado. Dijimos a modo de broma: viajaremos en un tren donde podamos contar las traviesas si nos aburrimos. Podíamos contarlas desde las ventanas laterales o desde el balcón trasero. Pero no hubo necesidad, como de dormir, que sólo a ojo abatido por el cansancio decidíamos recostarnos el uno junto al otro. Treinta y dos horas llevábamos desde nuestra salida en Ocal. El gesto del paisaje, más allá de parecernos anodino nos resultaba tan silencioso como efervescente: las hostiles estridencias de los descomunales cáctus predominaban. El interior del tren era como una aspersión de personajes, animales, cajas, sed y sueños. ¡Claro que éramos unos gringos para ellos! Pero nos veían tan descalzos que para nada ocultaban el riesgo de vaciarse. ¿Y adónde va Usted?/Sólo trato de llegar y nadita lo pise ire al arroyo a afeitarme estos caños que llevo de dos días. Pediré labor. Llevaba las uñas abatidas. ¿Y Ustedes, adónde van?/Sólo seguimos a este tren. Nos miraba las manos también, las teníamos agarradas. Ustedes trenzan felicidad, dijo./(Una leve sonrisa le apuntamos.) En Fauces se bajaría ese hombre, y nosotros. El río amplio se reinventaba todo el día allí, las nuevas empresas demandaban cada día más y más trabajadores. Todo se renovaba con velocidad exclusiva, excepto el tren, que seguía a carbón.

domingo, 29 de marzo de 2009

Letanía de versos




Detalle del brote de una rama del castaño caído. (Última foto)

Uno se incorpora a la carrera, la de correr a diario, como un azor que siempre sustrae imágenes, palabras, voces, singularidades, momentos exclusivos. Hace días corría por los montes de Elizondo, Navarra, cuando en una ladera ví caído ese castaño imponente. A partir de ese momento dije: tenemos que venir a fotografiarlo, es como un símbolo. En la zona de Elizondo apenas quedan castaños y los pocos que quedan ya están acosados por las llamas que provocan los ganaderos que desean conquistar más terreno para pastos, o por las múltiples enfermedades, o por la desidia, o por su vejez palmaria. Pero antes de fotografiarlo, seguí el curso de mi carrera no sin respirar unos versos. Suelo hacerlo sobre las cosas que me surgen. Evidentemente los voy repitiendo como una letanía y muchos no puedo albergar. Pero me centro en los escasos que paro y llegado el momento de un lápiz los transcribo, y los dejo como están. Luego, por supuesto, trato de continuar el poema. Pero lo que sí tengo claro son los poemas iniciales, pues bien sudados sí están.

Así fui con estos versos mientras corría, dedicados a ese castaño:

Te has caído ya,
viejo arquitecto,
del suelo,
del que eras
su máximo partícipe.

Así vengo a completarlos ahora:

Castaño y viento acumulado,
tránsito final
de quien tenía
la ladera como propia.
No era pedir tu potestad,
era dar para los días
de fuego,
para los días devotos
de frío.
Era sombra viviente
tu verano,
era insistir en tu vida,
en la suya,
en la nuestra.

Un árbol caído,
tendidos tantos años,
y aún, una antorcha verde
insiste.

sábado, 28 de marzo de 2009

Algo breve

Ayer, mientras atravesaba la calle para acercarme al colegio a recoger a mis hijos vi como un alumno, ya mayorcito, cruzaba la misma calle por donde yo, por donde no era debido, según las normas de circulación, de ciudadanía o del buen caminar. Llegado el mayorcito junto al maletero del coche de su madre para dejar la mochila recibe una pregunta: '¿Oye, Alberto, para que están los pasos de cebra?' El mayorcito, instantáneo y aún cercano a mis oídos le contestó a su madre: 'Para cruzarlos sin cebra'.

Lo que digo, el buen humor no está ni en la tele ni en los teatros. Está en la calle, en el saber escuchar a tiempo lo que cae a tiempo. Nada más por hoy.

Abrazos a tod@s y buen fin de semana.

jueves, 26 de marzo de 2009

Ululante música, ululantes palabras

Hilario, tendrás que esperar a que haga la entrada tuya sobre aquella hermosa palabra que me dijiste 'Brujones' y que años mas tarde atravesaría el Atlántico para brotar de nuevo en Pinar del Río, Cuba. Ahora, si me lo permites, vamos a carear en ese hermoso pastizal de las palabras en el que revolcarse es un lujo, y también lo vamos a hacer sobre nuestro interior, sobre la música. Hilario, haré un cocktail de entrada, un popurrí mejor que es palabra, aunque francesa, que más se acerca a la mezcla de la suculenta olla podrida. Cocktail suena a pijo y a pajarita. Y careo:

Cuando ya las huertas tienen la temperatura y el buen tempero para plantar todo lo semillado dulcemente es cuando se acude a los viveros y tiendas a por la plantitas menudas. Ni que decir tiene que son muy sensibles al frío, no digamos a la helada. Pero mejor acudir a un hortelano, más sabio y más astuto que los abastecedores de los viveros. A mediados de Abril del año pasado y en el mismo mercado de los bolsos de limitación de piel (sic, auditiva) es cuando escuché la palabra por la que enhebro esta entrada. Quizás de las plantas más sensibles esté la del pepino. La mañana de mediados de Abril era fresca, siete u ocho grados. '¿Oye?, dirigiéndose un señor a un hortelano, ¿has traído plantas de pepino?' 'No, porque las tengo que tener aquí toda la mañana y con el viento y el frío que hace se me estremecen.' O se le echan a perder o se resienten, o se le fastidian. Señor, se quedó usted sin plantas de pepino ese día y yo me quedé con la copla de una palabra ululante de significado. ¡Lo que conlleva la palabra 'estremecer', lo que significó en ese momento, el fervor con que la acune/acuñe a mi vicio nada oculto del paladeo del idioma espontáneo que poco a poco se degrada!

Este es el careo sobre la avena loca y el vallico que es el sabio idioma y como la coctelera está reventona es por lo que le meto ahora esa taranta que ya apareció con calma en este cuaderno ( http://tempero-koroneiki.blogspot.com/2008/09/la-calma.html) y que ahora incorporo por las circunstancias que me atraviesan y que no dejan de estremecerme. La música nos es dada y con ella nos saturamos como nos convenga. La música que aquí traigo siempre me agranda, me satura de alegría, de emoción, rara vez se conjuga lo anterior con el estremecimiento. Ahora sí.

Cavarse

Cavarse es libre,
que nadie me mida por ello,
ajusto el piano a mi área
y con ello invierto
mi descanso, me digo tenue,
me relajo armado de oquedades,
me finjo laberinto,
hilvano emociones, desencuentros,
deseos, amor, suturas.

Cavarse es libre,
sí, tú, piano acordado
por esas manos
que ni tan siquiera conozco
pero que tan livianas
me vienen en sus martillos.
Hondura, lógica de mi discurso,
esclusa por donde salir,
gimiendo mis retamas
por yo haber dado fuego
y ellas haberlo desecho.

Cavarse es libre, piano,
estremecerse es libre, piano.