jueves, 21 de mayo de 2009

Sacudida

Me sacude una frase y de sobra
sé que no debo pasarla por alto,
hacerlo sería desperdiciar,
llamémoslo, sin riesgo,
un poema: turbulencia tuya
querenciada de palabras.

'¿En qué forma de respirar
debo detenerme?' Y te ha surgido
mientras dabas vueltas al azúcar
de un sencillo café en vaso.
Y en el primer trozo de papel
a mano lo escribes,
tal y como te vino,
para leerlo de nuevo y avanzar
el tramo necesario, concretar
tu adecuada respiración a cada
una de las cosas que te rodean
o te asfixian
y decidir los márgenes
de cada inspiración.


sábado, 16 de mayo de 2009

Teresa

Se me apareció la muerte
cuando pensé de olvidarte.
Se me apareció la muerte.
Como la vida es tan amable
yo volví de nuevo a quererte.


Malagueña de Gayarrito




Federico Zurita Escalona siempre tuvo en el palomar de los Algoores su espacio de vuelo reservado.


-¿Por quién tocan a clamor?
-Murió Fede, se lo encontraron tirado en el camino de los Algoores con los bolsillos llenos de trigo.
-Se le acabaron los mensajes a Teresa.
-Eso también pensé yo al enterarme de su muerte.
-¿Y fue de muerte normal?
-Debió parársele el corazón.


Alrededor de la puerta de la casa de Federico se congregaba la gente del pueblo que quería echarle un último vistazo. Hablaban. Un pasillo en 'ele' llevaba a las flores, al cirio, a la caja y al silencioso hablar.


De una bandada de palomas se desprendió una para ir a dar junto a aquella puerta. Llevaba una anilla, o algo.
-Trae un mensaje dorado, dijo el primo de Fede.
-No, es un anillo dorado, lo conozco a la legua.


No pasó desapercibida la paloma a nadie. Ni su mensaje o su anillo. Se le dejó pasó. Quería entrar en la casa. La conversación paró mientras los ojos seguían hablando en reposo. La vieron entrar, encarar la 'ele'. Quien salía en esos momentos de la habitación se apartaba y se la quedaba mirando. No giraba la cabeza, andaba suelta, estirada, sin proteger su retaguardia. Sabía adonde iba, se sabía protagonista. Al llegar a la habitación, el almacén de susurros y recuerdos paró en seco. Se acercó a la caja haciendo unos gestos como de querer pasarla revista no fuese que del brillo de la madera se hubiera gestado alguna mácula.

Por un momento se dobló el silencio, pero sólo por ése momento porque al subirse la paloma al féretro la gente empezó a destilar con rigor lo que se intuía: la íntima relación de Federico con cada una de las palomas. Sabían que Federico acudía con trigo en los bolsillos al palomar, que las entrenaba para hacer llegar mensajes, que las seducía para, en su presencia y nada más llegar, le flambeasen un vuelo. Ahora lo confirmaban por la manera de acudir aquella paloma, por la forma de rodearle el rostro tras el cristal, por el sensual afilado de su pico que habría de hacer frente a él.

Tras esas manifestaciones tan luminosas, la paloma se quedó traspuesta, justo en la vertical de la cara del más presente. La dejaron, no la interrumpieron. Intuían de nuevo que la paloma sobrevolaba un momento de paz y respeto y que, es como si viniera a dar el pésame calando un gran sentimiento, si cabe, aún mayor que el de los allí aún vivos y conocidos del difunto presente.

Entre lo que se hablaba en voz baja empezó a destacar el asunto del anillo. Alguien dijo que era el anillo de Teresa.
-Es el anillo de Teresa.
-¿Qué?
-Que dicen que lo que lleva en la pata es el anillo de Teresa.
-¿Qué?

Y de la voz encogida alguien pasó a resaltar, a restallar:
-¡El anillo de Teresa!

En ese momento la semidormida paloma tomó vuelo, como si saliese despedida de la casa. La gente se apartó del pasillo, en la salida.


martes, 12 de mayo de 2009

Sementera




Por éso. Por éso conservo en mis bolsillos semillas de palabras que sólo germinarán bajo la única condición de que la sombra no les aturda. Luego ellas ya la proporcionarán, pero éso es otra cuestión. Siembro la palabra 'tierra' y lo que empieza a salir es un bulto mullido y jugoso que tenderá hacia una escultura donde las hojas serán de una finísima loza donde comer acompañado. Ahí quedará para cuando la guillotina desbroce la soledad. Siembro la palabra 'amor', para por si acaso, por eso de contrarrestar la penumbra. Y ojo, al principio la planta denota cierta carnivorosidad, ejecuta sombras como soles, no requiere riego, tan sólo la postura de un beso y el cebar unas palabras que, a poder ser, no se las lleve el humo. Reunidas esas condiciones, nos garantizamos el aroma de sus hojas que son flecos de piel y que te pueden hasta anudar los orgasmos para no desperdiciar de ellos un gramo. Siembro la palabra 'escarbar' y gozo por los perros que vendrán a limar sus uñas sólo por ejecutar entre sus dientes los frágiles huesos de cristal antes de que nazcan. Y si alguno logra medrar mucho, se que en árbol de ventanas derivará: subirme a él y abrirlas.

Y más semillas tengo, pero no doy pistas de momento de su fecundidad, de sus riesgos. Ahora voy a ponerlas en remojo pues la soledad es tan incauta que rápido te lleva a actuar y a prepararte adecuadamente.
Ahora, espectador de mi actor, figurante de espera soy.



Dos canciones para mi sementera


Oímos las campanillas de las mulillas.
Alguien canta mientras ara.
Se cantaba en las labores del campo, en la trilla, en la siembra.
Víctor Monge, Serranito, abre la guitarra en esta breve temporera como quien siembra notas a delicado voleo.




Oímos las ventanas al alma.
Vicente cuando quiere escarba, medra hacia el interior de la guitarra.
Y nos hace partícipes de brotes llenos de hondura en esta minera.

sábado, 9 de mayo de 2009

El vuelo que Lucinia y Simón dejaron.




Lucinia y Simón hace años que abandonaron esa casa yendo a una residencia. No tuvieron hijos. Él murió hace...no sé. Ella hace dos. La casa tiene una pequeño porche muy soleado. Aún conserva la cortina de entrada. Algo hay en los pueblos que delata el abandono de un hogar, la muerte de sus moradores. Hace unas semanas hablaba con José Manuel y Antonino en la plaza donde está la casa a la que aludo. Vi cómo una golondrina se metía en el porche. Me asome: ahí estaba el nido. Me lo fotografié. Me interesaba el detalle fresco del nido, la línea húmeda de su labor, el ir y venir del barro; también señalar que se trataba de un nido en el porche de una casa con su cortina.

Lo que delata el abandono es la presencia de los pájaros, las palomas y las golondrinas. También la vegetación que acaba circundando una casa. Un amigo entrañable me dijo un día a propósito de un mimado jardín que su dueña había ido cuidando y acicalando y que cuando ella murió se convirtió en una maraña de vegetación:

 Manuel, cuando abandonamos, cuando nos vamos, las plantas nos pasan las escrituras de la tierra y nos dicen, eh, que ahí estábamos nosotras antes.

Pues eso mismo observé también en unas puertas traseras grandes de una casa: las zarzas atravesaban los huecos de sus tablas.

Los pueblos, las huidas, la muerte, los vuelos.




miércoles, 6 de mayo de 2009

Pintar en blanco




Casi estabas a oscuras cuando me trazaste por primera vez en ese papel. Sabías de mi manía de tocar, sentir el tipo de papel que elegías para los retratos. Te enseñé mi colección de rostros el largo día que nos conocimos. Recuerdo lo que te dije, que cada rostro necesitaba un papel diferente, que a un rostro surcado le iba mejor un papel lleno de vida. Me miraste, te llevé a mi estudio, repartí unos cuantos papeles en blanco sobre las mesas, tiéntalos, sí, es como si ya sintiese un dibujo concreto, fue tu comentario. También te dije que la luz no era lo más importante, que en los rostros pinta más la mano que se acerca a la cara que la que sostiene el pincel, el lápiz. Toqué el papel en el que me ibas a sujetar, te dije que brincaba demasiado, pero sólo tú lo amansarías sobre tus piernas al acercar el carboncillo. Venías hacía mí y, reduciendo la luz del quinqué que nos acompañaba, mi oído ya iba a intuir el rasgo que habías iniciado en el papel: te escojo oscuro para pintarte claro, pegada a mi oreja lo decías, con tus labios llenos de rincones. Con la luz del quinqué disminuida y el papel amarrado a tus rodillas volvía el trazo. Ni siquiera una voz mandándome el estar quieto, mi güisqui era mi parcela, mi modo de mover lo brazos, mi modo de tocar en ese momento. Ya está, me lo tendiste. Le pasé la mano casi sin rozar para no extender el carboncillo. Te recuerdo a oscuras, como allí estábamos, recuerdo que te dije, este rostro está dormido. Y tú echaste una carcajada como un lienzo y yo sabía porqué. El papel que elegí ya te tenía dibujado, bombeaste a mi oído.





LLÁMALE AMOR (Rumba)

Amores que provocan mi locura
amor es cuando mueves tu cintura
es la poesía y la pintura
amor es el toreo de ternura

Llámale amor
llámale llama
fuego que nace con esta gitana

Lagrimas las de mi mare
que reflejan su alegría y sus pesares
Noche clara entre dos mares
y la luna se mecía con el aire
Fuente de padecimiento
son los apegos que siento
yo recordaba a mi mare
y hasta la luna lloraba amor al aire

Llámale amor, llámale amor
llámale llama, llámale llama,
ay amor, llámale llama
fuego que nace con esta gitana

Por mas que yo imagine que me quieres
la realidad es pura como el duende
el duende tan puro como los sueños
mis sueños siempre tu mi amada muerte

Llámale amor…


Pele, Vicente Amigo - LLÁMALE AMOR

jueves, 30 de abril de 2009

Nictálope : fondo oscuro





Puedo decir que el título de esta entrada no es mío, es de Sofía, de ella. Ahí estábamos los tres ante la seducción del pozo. Reconozco que siempre me gustaron dos cosas con respecto a los pozos: mirar al fondo y tirar una piedra para oír el sonar del agua. Recuerdo también ese pozo que colocaron en el campo de mi pueblo: era en el año 1973, yo con 8 años, cuando Víctor Erice y Elías Querejeta decidieron rodar la película 'El espíritu de la colmena' en mi pueblo. El pozo aludido era de cartón piedra; lo sabríamos después cuando, por arte de magia, dejó de estar. 'No os acerquéis allí que es peligroso.' Y lo peligroso era que descuajeringásemos aquella ficción. Pero tan pintadito daba el pego, junto a aquellas ruinas en las que se escondía el maqui. Y si digo que el título es de mi 'ajustada compañera' es porque ella quiso esta foto para reflexionar sobre la profundidad. 'No, Sofía, este pozo es para mí, pero sobre todo por lo que ha dicho Luis.' Y es que Luis, que sofoca con curiosidad todo lo que ve, miraba y miraba tras la verja del pozo. Mientras Sofía hacía las pertinentes fotos (alguna que otra impertinente) se me ocurrió decirle a Luis que si veía el fondo, o que qué veía: 'Papá, cada vez veo más pozo'. Ya, dije, otra vez que no te escapas como exposición en el cuaderno. No sé si es que me asombro con una expresión normal y corriente o quizás nuestro leguaje de adulto no sería capaz de llegar a esa expresión. Lo cierto es que ahora la expongo como alivio placentero de mi memoria. Cada vez veo más pozo. Sacada de contexto, esa expresión entraría dentro del campo de una persona profundamente deprimida o angustiada. En ese contexto fue, una vez más, la confirmación del rango literario que tienen lo niños a la hora de expresarse y asombrar. Una y otra vez me la repito. Cada vez veo más p...


En la película aludida una niña lee en voz alta este poema de Rosalía de Castro:

Ya ni rencor ni desprecio;
ya ni temor de mudanza;
tan sólo sed..., una sed
de un no sé qué que me mata.
Ríos de vida, ¿do vais?
¡Aire!, que el aire me falta.

-¿Qué ves en el fondo oscuro?
¿Qué ves, que tiemblas y callas?
-¿No veo! Miro cual mira
un ciego al sol cara a cara.
¡Yo voy a caer en donde
nunca el que cae se levanta!

Este poema pertenece a una sección de Follas Novas titulada 'Vaguedás' que en original:

Xa nin rencor, nin desprezo,
Xa nin temor de mudanzas;
Tan só unha sede…, un-ha sede,
Dun non sei qué, que me mata.
Ríos da vida, ¿onde estades?
¡Aire! que o aire me falta.

-¿Que ves nese fondo escuro?
¿Que ves que tembras e calas?
-¿Non vexo! Miro, cal mira
Un cego á luz do sol crara.
E vou caer alí en donde
Nunca o que cai se levanta.




Estoy de acuerdo -a parte de habernos puesto de acuerdo- con que esta taranta que ya acudió a este cuaderno es honda, limpia y despejada. Y añado algo más: cautivadora y de una intimidad subyugante. Disfrutadla.

lunes, 27 de abril de 2009

Tierra huracanada




Salgo de mi hura huracanado.
Salgo con la compañía de ella, salgo con su mimbre, con todas sus trenzas abrazando mi cuello.
En las galerías oscuras uno piensa que no hay nada más que rocas.


Pronto te topas con la arcilla más sutil y exclusiva. No comes tierra, comes lo que entreverado es en ella.
Ahora no. Comes arcilla, te moldeas a su moldeo, tu pétrea moldura estalla, se invierte en polvo detallado.
La arcilla ha deseado aullar por tú estar cerca. Bien, le dices. ¿Sol u horno?
Y es que ella quisiera quemarse. Tu, tanto tiempo dentro, prefieres el sol, prefieres que os rastree, os difunda como pieza de autor.
Por eso sales de la hura huracanado. Salías de la oculta noche de la galería. Había entrado ella desde la luna solar del día.
Era un relevo, una necesidad. Prescindes ya de alimento, inquietas a las formas, propulsas en ella virtuosismo. También fragilidad.


Salgo de mi hura huracanado. Salgo con el resorte de la incertidumbre más severa: que las nubes se antepongan al sol.






El mundo que yo no viva

El mundo que yo no viva
lo pensé como cosa extraña,
como arca de maravilla.
Ay de mi vida

Allí ¿sonará la lluvia
junto al fuego las noches frías?
¿Tendrá Agosto en el río barcas?
Y tú ¿la gentil sonrisa?

¿Brillará en el papel que siembro
la negra flor de la tinta?
Ay de mi vida

¿Será posible que vengan
los amigos y que "Era" digan
"un hombre, y te quiso mucho"
y "Mucho" llorando digas?

Es el mundo que no conozco,
Atlántida sumergida.
Ay de mi vida.

Allí las palmeras echan
esmeraldas. Allí las crías
del delfín esmeraldas pacen.
Allí no hay noche ni día:
cuando ordeñan a los rebaños,
de púrpura el mar se agría,
Ay de mi vida.

Más limpio que agua de oro
es el mundo que yo no viva:
no hay naves de arar espumas
ni arado para las viñas;
el gran árbol le da su fruto
al que el nombre del fruto diga.
Ay de mi vida.

Ese mundo no es el mío:
es el tuyo: el que en tus pupilas
hundido está desde siempre
y no lo alcanza mi vista.
A ese mundo quisiera entrar,
antes que suene la hora
- ay - de mi vida.

Agustín García Calvo

jueves, 23 de abril de 2009

Brujones






Se que el tren va lento, aún no ha llegado a Hundual. Puede que este demasiado mecido entre los albatros. Pero continua, traviesa a traviesa.

La escultura que presento tiene un autor: Gerardo Estévez. Lo conocí en el año 2001, en Viñales, Cuba. Pero esta entrada tampoco es sobre dicha escultura, simplemente la coloco como excusa. Esta es la entrada de Gregorio, la de brujones. Dejé dicho que me regaló esa palabra cuando me habló del careo de las piedras. Y el mulo tiene la culpa. De haber tenido un burro no sé si hubiera hecho la misma manifestación. Pero en el caso del mulo, sí. Mientras estaba arando se paró y, orgulloso, acarició con leve palmada al músculo más prominente y atrevido de la pata trasera del animal diciendo: '¡Vaya brujones que tiene, tira como una caballería!' Me quedé con la copla, vamos con la palabreja, como dirían por la zona de Cuenca. Nada dije porque entendí que se refería al músculo del mulo. Heraclio, un amigo, me acompañaba en ese momento y cuando nos fuimos le pregunte por 'brujones'. No la había oído pero medio la pista de 'burujos'. Y ahí ya me cuadraba pues había visto de pequeño esas pellas de lana cuando vareaban los colchones en los corrales: tenían la forma de un pequeño músculo desarrollado. ¿Brujones como distorsión de burujos? No sé, pero sigo. Cuatro años más tarde, en Cuba fui a dar con Gerardo, un negro alto, estilizado y con un elevado desarrollo en la musculatura de los brazos. Yo le ví que estaba trabajando sobre esa escultura en una madera casi inencontrable ya: roble caimán. Te la compro, si aún no está terminada, es igual, me la llevo así, vale. Acordamos el precio y no pude resistirme en manifestarle lo fuerte que estaba, igual que admiro una escultura de Miguel Ángel me gusta admirar un cuerpo bello. Ojo, los de gimnasio no me gustan. Gerardo, ya entrado en conversación me dijo: porque no conoces a mi padre, es mucho más fuerte que yo, tiene unos múculos de hierro, le llaman 'brujones'. Click, conexión instantánea: Gregorio, mulo, padre de Gerardo y palabreja. Ya no decidí indagar más: para mí brujones es una palabra que tiene músculo, que arrea mucho, que me provoca sonrisa, que me trae recuerdos y que es capaz de cruzar el Atlántico a nado.

Esto es todo. Ahora, refrescaros con la aguadora y su perfilada figura vista en sus trescientos sesenta grados. La tengo un inmenso cariño, aunque su base esté sin terminar. Algunas veces la miro y digo por lo bajini: brujones. Entonces me parece que del brazo que tiene la mano en la falda le sale un pequeño bultito.

martes, 21 de abril de 2009

Al lado vs. Alado



Peter Matthiessen recorrió la Montaña de Cristal del Tibet para estudiar los hábitos del cordero azul himalayo. Pero lo que realmente deseaba admirar era el más escurridizo, hermoso y raro de los felinos: el leopardo de las nieves. Reflejada en el libro con título homónimo de dicho felino, su expedición naturalista se convertiría en una constante reflexión de la vida, un despojarse de las ventajas y ataduras de la civilización, un convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza. Bien lo diría con esta frase: "Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa".

Reproduzco un tramo de su libro:

La senda sigue descendiendo entre los robles. Trescientos metros más abajo hay un prado de montaña y, aquí, junto al cobertizo de piedra de un pastor, esperamos a Jang-bu. Me siento sobre paja y tibio estiercol contra las piedras soleadas. Aparecen un brillante escarabajo negro y rojo y un fornido saltamontes que se frota las briosas patas. Un grajo se deja caer sobre un cedro junto al río y también sus alas recogen la dura luz plateada del Himalaya. "Donde quiera que vayas, antes o después, aparece algún córvido", señala George Schaller, "y de todos los córvidos el que más me gusta es el cuervo. En Alaska, a 40º bajo cero, no hay señales de vida, ¡si exceptuamos al cuervo!"

Y ahora me toca a mí:

Aunque viva en esta ciudad, en esta capital del asfalto, aunque tenga la posibilidad de un campo al lado, prefiero un campo alado, el campo de al lado te lanza una correa muy visible y te dice, vuelve, que ya has terminado de visitarme, soy escaso, te entretengo, ves en mí tramos con ocasión de sueño, padeces hasta cierta nostalgia, pero tiene razón, tienes que volver a la ciudad, a la categoría de los pisos, de las vallas publicitarias, al excremento del dióxido de carbono, por éso, si tengo ocasión escojo el campo alado, que te lanza una correa invisible, que te fluye, te engloba, te planea, te fascina, te colorea, te sienta, te sientes que a él perteneces, que redundas en su idea, en su concepto, en su ser, ser en el campo alado es ser uno más, no eres exclusivo, es más, respecto a su entorno serías el de menos, porque sabes que todo lo que te rodea, circunda, absorbe, es parido para allí, y tú, al final, con todos tus libros en la cabeza, con toda tu poética, frenarás en un momento toda la tierra que te entra para sentarte cómodamente y pedir una cerveza, un café, o para hacer el amor en una cama, que aquí no, que sólo tendrías el agua, si es que hay, que comer sería sobre lo que conozcas, si es que conoces, que al principio tendrías que arriesgarte, que hacer el amor tendría un sentido animal, todo por tu campo alado, ése que está enfrente, alrededor de la mano que apenas destruye.

sábado, 18 de abril de 2009

Verde, verde o su afonía


Río Baztán, a su paso por Elizondo


Siempre he vivido con la obsesión del agua. Nunca me ha parecido excesiva su caída. Quizás la desproporción de un agua torrencial me hiciese repensar por un momento este amor por el agua. Pero sólo por un momento, mientras me llevase la corriente. Fue agricultor mi padre y, ahora, también yo lo soy y sé que nuestra relación con el agua es caótica, extrema, abusiva, interesada. Pero deliciosa, sin duda. Sólo recuerdo un año en el que el cereal se tuvo que volver a arar en febrero. Fue en el año 92, un invierno seco, caluroso. Ni siquiera ahijaron las plantas. Entonces imaginé una expresión más para mis gamas de verde: un verde afónico. Ahora, siempre que voy por el campo pienso que no quiero que se repita ese verde que en primavera sería cuando menos triste. Días como hoy miro cualquier rincón inculto de mi ciudad y expulsa verde, trina verde. Y sobre el campo no digamos. Es una como una forma de entender lo sublime cada año. Vendrá el verano y se cerrará ese ciclo del verde para el cereal: para entonces espero haberme calado de color.