Siempre hay algo que cruje, algo que empuja, algo que precisa ser observado. La sensación de que alguien alberga algo, o de que algo siempre alberga alguna cosa.
Dos años tenía cuando Jimi Hendrix compuso 'Little wing' para su disco 'Axis: bold as love', en el año 1967. En el 1965, cuando nací, todavía se hablaba de arbitrios sobre rodaje. Ahora se dice I.T.V. Ahora se toca pop y, por la época de los arbitrios, el rock psicodélico y sinfónico era lo que se rasgaba. Ahora se va más rápido; antes, en sitios como Navia de Suarna, con respecto a los carros, se decía cuando bajaban lentamente con heno: 'Cómo canta el amineiro' -por el roce del eje, no de hierro, sino de aliso. Madera contra madera. Antes del hierro, los ejes por allí se hacían de aliso, por su dureza. Un refrán decía: 'El aliso, que ni el demonio lo quiso'. 'Amieiro' en gallego es aliso. En Castilla siempre conocí los ejes de hierro.
Las imágenes que intencionadamente he propuesto pertenecen al lateral de un carro de mulas/bueyes donde la muestra de fauna es más amplia. Muestro la mariposa y la cebra, como en la canción de Jimi, pero iré dando cuenta de todo el lateral, incluídos los radios y ejes del carro.
Y también hay un eje en el disco que editó Jimi Hendrix en 1967 en el que estaba incluída la canción propuesta hoy: 'Axis: bold as love'.
P.D. ¿Alguien tiene una traducción para ese título del disco?
Well she's walking through the clouds With a circus mind that's running round Butterflies and zebras And moonbeams and fairy tales That's all she ever thinks about Riding with the wind.
When I'm sad, she comes to me With a thousand smiles, she gives to me free It's alright she says it's alright Take anything you want from me, Anything.
Fly on little wing, Yeah yeah, yeah, little wing
(Versión en castellano)
Ella camina entre las nubes con una mentalidad circense errática. Mariposas y cebras y rayos de luna y cuentos de hadas; eso es todo en lo que ella piensa. Cabalgando con el viento.
Cuando estoy triste, ella viene a mi lado y me regala un millar de sonrisas. Todo va bien, dice ella, todo va bien. Toma lo que quieras de mí. Lo que quieras.
Estaba entre ti. Mi invento de ser leve supuso estar, rodearte y tú no verme. Estaba entre ti. Estábamos en el suelo, amantes sin serlo, asomados al festín del calor, estaba entre ti, oyéndote tu no verme, estaba varado, inquieto a un soplo, intención si distinguirme o salvar lo cromático si es que en ello me distingo.
Soleá/Bulería sobre el poema Ausencia Manuel Machado
No tienes quien te bese tus labios de grana, Ni quien tu cintura elástica estreche, dice tu mirada.
No tienes quien hunda Las manos amantes en tu pelo hermoso, y a tus ojos negros no se asoma nadie.
Dice tu mirada que de noche, a solas, suspiras y dices en la sombra tibia las terribles cosas...
Las cosas de amores que nadie ha escuchado, esas que se dicen los que bien se quieren a eso de las cuatro.
A eso de las cuatro de la madrugada, cuando invade un poco de frío la alcoba y clarea el alba.
Cuando yo me acuesto, fatigado y solo, pensando en tus labios de grana, en tu pelo y en tus ojos negros....
Según pasaba hacia el kilómetro 8 de la última Maratón de Madrid observé ese cedro desmochado que veis en la imagen. La hiedra lo cubría ampliamente en una de sus caras. Quise ser terco como la hiedra y decidí fotografiarlo al anochecer. Mis preguntas pasaron a la vez que corría por la parte final del Paseo de la Habana. ¿Qué es lo que había llevado a los dueños de aquella lujosa finca a cercenar de aquella manera a aquel cedro. Sólo me cabe una respuesta dada la fortaleza de tal especie: estaba sembrado tan cerca de la pared de protección de la finca que el único medio de evitar el salto sería acabar con él. Seguro, me juego la palabra. Los cedros son tan bellos que lanzan sus largos brazos paralelos al suelo. Preferir un cedro manco es como dar talento a la muerte.
SONETO DE LA DULCE QUEJA (Sonetos del amor oscuro, F.G.Lorca)
Tengo miedo a perder la maravilla de tus ojos de estatua y el acento que de noche me pone en la mejilla la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo pena de ser en esta orilla tronco sin ramas; y lo que más siento es no tener la flor, pulpa o arcilla, para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío, si eres mi cruz y mi dolor mojado, si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado y decora las aguas de tu río con hojas de mi otoño enajenado.
Antonino Llorente, el feo, fue una persona muy querida en mi pueblo. Fue. Fumador, bebedor y observador. Hacía últimamente llaveros con forma de bellota como modo de entretenimiento. También le dío por cultivar un pequeño trozo de huerta. Sesenta y ocho años. Al año que viene te cuido los tomates en tu tierra, me dijo. Le asombró que sembrase tomates en una tierra muy fresca y a secano y que se dieran de maravilla. Él los sembraba en un pequeño corralillo y estaba todos los días encima de ellos. Vale, Antonino, le dije, con que me los eches un vistazo y quites alguna hierba... Cayó enfermo y murió hace cuatro días. No quiso ingresar y murió, como allí se suele decir, como una pavesa. Vivía en esa pequeña casita sólo. Soltero y aficionado a las putas vivió sin complejos y feliz.
Me acerqué ayer hasta su puerta. Te paras y por un instante breve parece que todo reverbera: conversaciones y encuentros. Miré a ese contador que con toda seguridad tardará en avanzar si es que no se estanca en ese número. La doble lectura de un contador: la oficial, la de la cartilla de ahorros y la personal, la de un número al que llegó calentándose, escuchando la tele, cocinando. Los hogares se difuminan.
Hace ya que los clavos no salen de las fraguas. Aún asoman su cornada en la madera de las puertas. Detalles del ayer.
Aquella ceremonia del fuelle, estallante tú de doma por el rojo vivo, clavo, fragua, carbón de propicia voz, grito y golpe, yunque, memoria de la forma, clavo largo nacido para acuñar aquéllas puertas, recuerdo que va a más mientras te abres, mientras te desangras de tiempo, clavo, parte clave de unión, botón por afuera y por afuera lo que sobra, lo que se dobla y lo que entra, clavo.
Taranta de Antonio Rey: 'RECUERDOS' de su álbum 'A través de ti'
'Cauce', martinete, cantado por Miguel Poveda
Y en mi fragua ya no hay ruido y el yunque está arrinconado; los martillos se han perdido ay, cuando mi padre ha faltado.
'Apreciemos el instante' titula Arianna Savall su tema musical con poemas de Omar Jayyam y Robaiyyat. Apreciemos esas caléndulas-claveles.
Antonino 'el puerro' es este señor que presento en la foto. 'El puerro' no es un mote sino un apodo cultivado. Toda su vida se ha dedicado a la huerta. Hablábamos el otro día en un pequeño parque del pueblo de la bondad de estos días casi veraniegos. Le comentaba sobre la posibilidad de plantar los tomates ya. Me dijo que por mucho invento de plásticos allí, en la Castilla fresca, como mucho, la recogida, se adelantaría diez días. Y tiene razón. Y además no quiere trabajar de balde. Quiere poner sus tomates como siempre y al raso, y a partir de san Isidro. A lo seguro.
Pero lo que me sedujo de su conversación fue su interpretación particular sobre las caléndulas que tiene en su huerta. Para él, son claveles. El dijo: 'Ay que ver cómo conservan la raza esos claveles (los teníamos al lado del banco donde nos sentamos). 'Los tengo yo en un rincón en la huerta y son los mismos que plantó mi abuelo y ahí siguen, que no se pierden nada.' Ya ven que habla de raza Antonino y no es para nada ario. Es una forma de hablar hermosa la que tienen la gente de los pueblos. Yo hago mi traducción simultánea y callada. Entiendo que por raza podría decir especie. Y también sé que sería absurdo hablar de la genética de las plantas. Lo cierto es que sus caléndulas se sostienen en el tiempo.
A aún hay más. Me comentó que puso años atrás un árbol de neftarinas. 'Casi todos los años se me hiela. Se ve que es un árbol que madruga mucho.'(Este año se le volvió a helar el 29 de marzo.) Volví a traducir simultaneamente: los neftarinos arrojan demasiado pronto la flor para aquel clima castellano. Pero ese 'madrugar' del árbol me satisface más literaria y humanamente en una conversación.
Por una tortilla. Es de agradecer que por una tortilla mal hecha nos venga una palabra. Un señor a mi lado pide un pincho de tortilla en un bar de barrio. No sé si lo conocían al señor pero éste se expresó con naturalidad ante una tortilla que, a la vista, saltaba con dureza y sequedad.
Háblame para dejarme un cerco. Allí estábamos cuando sobre el cuello nos urgía el suelo. Querías palabras ejecutadas más allá de las manos. Las caricias las siento, las palabras me ahondan. Me agaché y con las manos toqué esa raíz que nos temblaba. Te señale lo que no se veía de ella. No sé si me dijiste te quiero. Fue la tuya una voz leve. Aún quiero preservarte, regirme por lo que nos dimos tras aquella raíz. Hondura. Sí, éso fue lo último que me indicaste.
A esa hora que nadie había no pude figurarte. Un talud de tierra y tú. Y el agua sirviendo una aspersión de calma. Y tú sobre mí dejaste madurar el tiempo justo para hacer click, y así desengañarme por un instante de tu astucia, y yo sobre ti, atareado en no dar un paso en falso, en pensar, incluso, en el intercambio de papeles, yo zorro expectante y tú en mi yo encajado en la emoción, trancurriendo así el escaso tiempo que todo animal libre te otorga. Y en este caso, como si de una predicción suya de normalidad le hubiese llegado, decidió que podía sostener su rostro metros más allá con la sóla condición de no deliberar nada, simplemente sentirme afortunado.
Más o menos el tiempo que dura esta bella pincelada de guitarra es lo que estuve frente a ese zorro. La memoria acapara ahora su figura.